Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de las que tanto se había burlado.
—¡Morir! —dijo—. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?
—Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven conmigo.
—No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza que embelleció mi vida.
Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.
En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato, y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas. Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.
De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con todas sus fuerzas.
—¡Á mí! ¡á mí! —gritaba Sónnica con su voz ronca—. Ésta es nuestra última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo sangre!
Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un desconocido.
Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el Foro; ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos, adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel, apergaminada y seca por el hambre.