Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.

Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una lucha cuerpo á cuerpo.

Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia; y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres enfermos, de mujeres y niños.

Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema contracción antes de caer.

—¡Acteón! ¡Acteón! —gritó en aquel momento olvidando su odio, sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo amor.

Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de llegar nunca.

El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí.

Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche densa y misteriosa.

Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas, contraídos por las últimas convulsiones.

En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto hacían temblar los muros de la Acrópolis.