Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre, acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos contra una población que únicamente se entregaba después de consumir sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y rematando á los heridos.
Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil...
¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.
Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue, una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.
Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó reconocer el jinete á la luz del incendio.
Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una furia infernal que venía por su alma.
Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos sacrificados.
Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces.
El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.
Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo, miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante, como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él: