La época más brillante de la vida de Espinel, es la que corre por todo este tiempo hasta el término de sus dias. Cervantes le llamaba amigo; Lope de Vega maestro, como en nuestro siglo Espronceda, Ventura de la Vega, Pezuela, Pardo, Escosura daban este mismo nombre al venerable Lista. Apenas habia solemnidad literaria que Espinel no graduara con su presencia, ni produccion de ingenio de aquella edad que no se ufanara con su censura. Cuando al estilo de Italia se importaron á España las Academias poéticas bajo la proteccion de los Príncipes y Grandes, la de Madrid y su protector D. Félix Arias Giron, de la casa condal de Puñonrostro, segun Lope de Vega en su Laurel de Apolo, laurearon con grande aplauso de señores é ingenios á Vicente Espinel, único poeta latino y castellano de estos tiempos. Fundóse en 1608 bajo la proteccion del duque de Lerma, el poderoso favorito de Felipe III, la Esclavonía del Santísimo Sacramento, que no era sino una gran comunidad de grandes y gentes de letras, parecida á lo que ahora es un partido político, y en la que Lerma se apoyaba para sostenerse en el poder, y á ella fué la autoridad del nombre de Vicente Espinel, entre los de la flor de la aristocracia de la sangre y de las letras por aquel tiempo. Se canonizó san Isidro, patron de Madrid, cuyo suceso fué un gran acto de la política de aquel tiempo, y á sus justas y certámenes llevó Espinel el óbolo de sus versos, no por la codicia del premio, sino por tributo de altos respetos. Toda Sevilla leyó en 1609 en manos de Rodrigo Caro una carta de Juan Melio de Sandoval en que le decia:—«El discurso de vuesa merced sobre la definicion de la poesía tiene el señor conde de Lemos con noticia de su dueño, y ha parecido muy bien; como al maestro Vicente Espinel la Cancion á las ruinas de Itálica, que yo se la mostré en la calle Mayor de Madrid, y leyéndola dijo, antes que le dijéramos cuya era:—Este es ingenio andaluz.—Díjele que sí y el nombre. ¡Bien puede vuesa merced creer es buena, pues ha sido graduada por tan gran censurante!»

No prodigó Espinel entonces, ni nunca, los elogios de su pluma, para las precedencias de libros, aunque tampoco por esto debe creerse fué tacaño de su ingenio en las aras de la amistad. El primer libro que en 1586 se autorizó con sus versos laudatorios, fué el Cancionero de Lopez Maldonado. Despues escribió en 1599 un epígrama latino para la primera edicion del Guzman de Alfarache, de Mateo Aleman. En 1599 tambien, habiendo hallado en Madrid un antiguo camarada de las mocedades de Sevilla, D. Antonio de Saavedra Guzman, que á la sazon imprimia su Peregrino Indiano, dióle unos sonetos de alabanza. Con otra poesía para las precedencias del Modo de pelear á la gineta, obsequió en 1605 á D. Simon de Villalobos y Benavides, su amigo en Bélgica, y con otra, en 1610, al capitan Gaspar de Villagrá, que entonces publicó su Historia de Nueva Méjico. Favores idénticos hizo en 1616, 1619 y 1622 respectivamente, á Céspedes y Meneses para su Español Gerardo, al padre Fray Hernando Camargo, fraile agustino, para su Muerte de Dios por vida del hombre y á Gabriel Perez de Barrio Angulo para el Secretario de Señores. Gabriel Laso de la Vega, cuando publicó en 1601 en Zaragoza los Elogios en loor de los tres famosos varones D. Jaime de Aragon, D. Fernando Cortés y D. Álvaro de Bazan, no pidió nuevas obras al númen de Espinel, pero tomó de su poema titulado Casa de la Memoria los elogios que el poeta habia hecho de Bazan y Cortés. Si el antequerano Pedro de Espinosa proyectaba sus Flores de poetas ilustres de España, tributario hacia á su casi paisano de su interesante Antología: del mismo modo que Fray Diego de san José cuando en 1615 describió las fiestas á la beatificacion de santa Teresa de Jesus, y el licenciado D. Pedro de Herrera al celebrar la reedificacion del santo Sagrario de Toledo por el cardenal arzobispo Sandoval y Rojas, cuyas fiestas y regocijos se celebraron con tan espléndido aparato.

Lo mismo se solicitaban sus censuras y aprobaciones. El primero en reclamarlas era el mismo Lope de Vega. En 1615 apareció la Sexta parte de sus Comedias, y Espinel en su aprobacion un año antes, decia solamente que aquel libro era muy digno de imprimirse, para que todos gozaran de sus excelentísimos versos y conceptos. Vino en 1617 la parte séptima, y aquí fué ya más expresivo, contestando puntualmente á los tres extremos que la censura debia abrazar.—«Cuanto á lo primero, decia, no hallo mal sonante, ni cosa que ofenda á la religion y buenas costumbres. Cuanto á lo segundo tienen lenguaje muy cortesano, puro y honesto: las personas guardan la propiedad del arte; de manera que ni el señor se humilla al modo inferior del criado, ni la matrona á la condicion de la sierva, y todo con pensamientos y conceptos ajustados á la materia de que se trata. Cuanto á lo tercero, si pueden imprimirse, digo, que si hay permision y es lícito representarse con los adornos, palabras y talle de una mujer hermosa y de un galan bien puesto y mejor hablado; ¿por qué no lo será que cada uno en su rincon pueda leerlas, donde solo el pensamiento es el juez, sin los movimientos y acciones que alegran á los oyentes? ¿Dónde es más poderosa la vista que el oido? Signia irritant animos demissa per aures: quam quae sunt oculis subjecta fidelibus.» Otra vez en 1617 volvió el Consejo Real á encomendarle el exámen de la Docena parte de las Comedias de Lope, y otra vez él las elogiaba, en lugar de censurarlas, y escribia:—«y porque en esta obra campea la elocuencia española y el vuelo grande de la retórica y poesía de su insigne autor, la cual va acompañada con mucha erudicion de lectura y varia, es bien que se imprima, para que los venideros escritores tengan que imitar y los presentes que aprender.» Para poner cima á la opinion que Espinel tenia de Lope, hay que leer todavía la censura del primero á la Décima quinta parte de las Comedias del segundo, en 1620. Hé aquí las palabras de Espinel:—«Deleita y suspende, dice, con la elegancia, suavidad y pureza del verso; enseña y regala con la abundancia de sentencias morales; edifica con la honestidad y admira con la multitud nunca vista. Es mi parecer, y de toda la república, que será bien recibido que se imprima esto y cuanto de sus manos saliere.» De 1620 á 1622 todavía Espinel tuvo del Consejo la comision de examinar cuatro partes más de estas comedias, desde la décima sexta á la décima nona inclusive. Y por si esto no fuera bastante, tambien en 1622 se le encargaron las de don Juan Ruiz de Alarcon, de las que aplaudió el gentil estilo y los conceptos honestos y agudos.

Otras obras de diversa índole antes y áun despues, hasta 1623, vinieron con este objeto á sus manos; mas por no parecer cansado, solamente citaré la Patrona de Madrid restituida, poema de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, impreso en 1609; la misma Historia de la Nueva Méjico del capitan Gaspar de Villagrá, en 1610; La Filomena de Lope de Vega, de 1621; las Prosas y versos del pastor de Cleonarda, de Miguel Botello de Carvalho, y El mejor príncipe Trajano Augusto del licenciado don Francisco de Barreda, de 1622, y finalmente las Novelas amorosas, de José de Camerino, y las Divinas y humanas flores, de Faria y Sousa, de 1623. Ni es probable que sus dolencias, cada vez más agudas, por la gota que padecia, le dejaran ya en lo corto que le quedó de vida volver á emplearse en ningun género de tareas del ingenio, del juicio ó de la erudicion. Céspedes y Meneses en la introduccion á la Fortuna vária del soldado Píndaro, dice: «era el rigor del más airado y proceloso invierno que vió nuestro siglo en España, últimos y primeros dias de los años de 1623 y 1624: memorias prodigiosas á la posteridad, pues nunca rodearon nuestra península tan contínuas y perdurables nieves.» Si la edad y los padecimientos no vencieran ya por esta época á Espinel, ellas bastaran para agotar la salud, en una naturaleza, toda fogosa, á quien dañaban extremadamente las humedades y los frios. Espinel no pudo resistir la crudeza de aquel invierno. Rodeado en su lecho de muerte por perennes amigos, el primero de febrero de 1624, otorgó su testamento ante Juan Serrano, hallándose presente el padre Fray Felipe de Madrigal, de la órden de Santo Domingo, Juan Ruiz Aragonés, Francisco Sotomayor, Custodio Sohotes y Martin Lopez. Dejó por albaceas y testamentarios al maestro Franco Alonso, cura de San Andrés y al licenciado Jerónimo Martinez, capellan de la capilla del obispo de Plasencia, de que Espinel era presidente. Instituyó su heredero á su sobrino Jacinto Espinel Adorno, que residia en Ronda. Entregóse despues á los cuidados del alma, y el dia 4 del mismo mes de febrero de 1624 entregó al Criador su espíritu, en su habitacion de la mencionada capilla, siendo enterrado el cuerpo en la bóveda de San Andrés, para cuya fábrica de sepultura consignó en el testamento cuatro ducados.

VIII.

¿Termina verdaderamente con la muerte la biografía de Vicente Espinel? No hay escritor español sobre cuyas obras más se haya discutido. Todo el siglo XVII permaneció Espinel en el más profundo olvido, sobre todo desde que con la muerte de Lope de Vega Carpio y de don Francisco Gomez de Quevedo desaparecieron tambien sus dos últimos amigos. Desde el primer tercio del siglo XVIII volvió á estar otra vez Espinel en moda; pero de la manera más desagradable que pueden ponerse á la polémica del dia las obras y el ingenio de un autor. Ademas de la invencion de la quinta cuerda de la guitarra, debíase á nuestro poeta la de una nueva combinacion métrica y rítmica en nuestra poesía, combinacion de tal llaneza y flexibilidad de estructura, que muy luego fué aceptada por todos nuestros poetas, inundando el Parnaso con las composiciones escritas en el nuevo metro. Llamóse este, décima ó Espinela, de su inventor Espinel, como los versos sáficos de Safo[19]. Aunque esta verdad no admitia réplica y todo el mundo la sabia, la erudicion pedante, esa que no se entretiene sino en fátuas fruslerías y que no se para en deslustrar glorias, con tal de hacer entender que el que hace de ella su profesion posee la quinta esencia de la más sutil sabiduría, trató de arrebatar este parco honor á la memoria del poeta, pretendiendo sostener que las estrofas de diez versos octosílabos eran conocidas y usadas desde mucho antes que Espinel viniese al mundo. No era así enteramente: antes de Espinel se componian estas estrofas con la reunion de dos quintillas, completamente distintas entre sí, en la segunda de las cuales se pareaban indeclinablemente los consonantes de los dos primeros versos. Cualquiera de los poetas de casi todo el siglo XVI nos ofrece abundantes ejemplos de este género de composicion. El mismo Miguel de Cervantes Saavedra coetáneo de Espinel, las prodigó bastante, antes de conocer la invencion de su docto amigo; y hé aquí cómo las construia, segun se encuentran entre los versos laudatorios que preceden al antes referido Cancionero de Lopez Maldonado.

Bien donado sale al mundo

Este libro, dó se encierra

La paz de amor y la guerra

Y aquel fruto sin segundo