Don Fernando de Toledo, el tio (que por discretísimas travesuras que hizo le llamaron el pícaro), viniendo de Flandes, donde habia sido valeroso soldado y Maestro de campo, desembarcándose de una salva en Barcelona, muy cercado de Capitanes, dijo uno de dos pícaros que estaban en la playa, en voz que él lo pudiese oir: Este es D. Fernando el pícaro. Dijo don Fernando, volviendo á él: ¿En qué lo echaste de ver? Respondió el pícaro: Hasta aquí en lo que oía decir, y ahora en que no os habeis corrido de ello. Dijo don Fernando muerto de risa: Harta honra me haces, pues me tienes por cabeza de tan honrada profesion como la tuya. Así que aun de aquellas injurias que derechamente vienen á ofendernos, habemos de procurar por los mismos filos hacer triaca del veneno, gusto del disgusto, donaire de la pesadumbre, y risa de la ofensa. Que pues procura un hombre entender por donde camina una espada, los círculos y medios, la fortaleza y flaqueza, la ofensa y la defensa, y lo ejercita con grandísima perseverancia hasta hacerse muy diestro para que no le maten ó hieran, ¿por qué no se ejercitará en lo que estorba á venir á tan miserable estado, que es la paciencia? Que puesta la cólera en su punto, y vistas dos espadas desnudas, una con otra han de herir, ó huir; cosa que por tan infame se ha tenido siempre en todas las naciones del mundo; y si con mucho menos trabajo y ejercicio se puede hacer un hombre diestro en la paciencia, que es quien refrena los ímpetus bestiales de la cólera, la potencia de los poderosos, la braveza de los valientes, la descortesía de los soberbios ignorantes, y ataja otros mil inconvenientes, ¿por qué no se procurará esto por no llegar á lo otro? En Italia dicen que la paciencia es manjar de poltrones. Mas esto se entiende de una paciencia viciosa, que el que la profesa por comer, beber y holgar, sufre cosas indignas de imaginar entre hombres. Aquí se trata de la paciencia que acicala y afina las virtudes, y la que asegura la vida, la quietud del ánimo, y la paz del cuerpo; y la que enseña á que no se tenga por injuria la que no lo es ni lleva modo de poderse estimar por tal: que en solo el uso de esta divina virtud se aprende cómo se han de rechazar los agravios paliados, cómo se han de resistir los descubiertos, qué caso se debe hacer de los que se dicen en ausencia, que es otro yerro notable que anda derramado entre la gente que ni sabe sufrir, ni lo quiere aprender, que así se ofenden de un agravio encañado por arcaduces, como de una cuchillada en el rostro, como si hubiese alguno en el mundo (por justo que sea) que tenga las ausencias sin alguna calumnia. Y porque la materia de suyo es algo pesada, quiero aligerarla con decir lo que me pasó sirviendo al más desazonado colérico del mundo: porque tras de muchos infortunios que toda mi vida he sufrido, me vine á hallar desacomodado al cabo de mi vejez; de manera, que porque no me prendiesen por vagamundo, hube de encomendarme á un amigo mio, Cantor de la Capilla del Obispo (que estos todo lo conocen, sino es á sí propios) y él me acomodó por escudero y ayo de un médico y su mujer, tan semejante el uno al otro en la vanidad de valentía y hermosura, que no les quedó que repartir en los vecinos, con los cuales me pasaron lances harto dignos de saberse.
DESCANSO II.
L
Llamábase el Doctor Sagredo, hombre mozo, de muy gentil disposicion, algo locuaz, y aun loco, más colérico y fácil de enojarse que gozque de panadero, presuntuoso y estimador de su persona, y (para que no se echasen á perder dos casas, sino una) casado con una mujer de su misma condicion, moza, y muy hermosa, alta de cuerpo, cogida de cintura, delgada y no flaca, derecha de espaldas, el movimiento con mucho donaire, ojos negros y grandes, pestaña larga, cabello castaño, que tiraba un poco á rubio, briosa, y no muy poco soberbia, vana y presuntuosa.
Llevóme á su casa el buen Doctor, y lo primero que encontré fué una mula muy flaca en una caballeriza, tan ajustada con ella, que si tuviera alas no pudiera caber dentro. Subimos una escalerilla, y representóseme luego la sala donde estaba la señora Doña Mergelina de Aybar, que así se llamaba, á quien yo miré de muy buena gana, que aunque viejo incapaz de semejantes apetitos, por razon y por edad, la miré como á hermosa, que á todos ojos es la hermosura agradable. Dijo el Doctor: Veis aquí á quien habeis de servir, que es mi mujer. Yo le dije: Por cierto bien merece tan gentil dama á tal galan. Ella respondió, como mujer hermosa ignorante, ó por mejor decir, preguntó: ¿Quién os mete á vos en eso? Señora, dije yo, advierta vuesa merced que cuando la llamé gentil no quise decir que no era cristiana, sino que tenia muy gentil talle y cuerpo. Que bien os entendí, dijo ella, sino que no quiero que nadie se me atreva á decirme requiebros. Es la honra del mundo, dijo el Doctor, servidla con gusto y cuidado, que yo os lo pagaré muy bien. Miré la casa muy de espacio, aunque se podia ver muy de presto, porque no ví en toda ella sino es un espejo muy grande en un poyo muy pequeño de una ventana, y unas redomillas que lo acompañaban, con un cofrecillo pequeñuelo: y mirando á un rincon, ví á un montante, con ciertas espadas de esgrima, dagas, y espadas blancas, una rodela, y broquel. Díjome el Doctor: ¿Qué os parece de mi recámara? Miradla bien, que en Alcalá era temida aquella espada. No miraba, dije yo, sino á donde estaban los libros, que soy aficionado á ellos. Estos son, dijo, mis Galenos y mis Avicenas, que por la negra y la blanca nadie me igualó en Alcalá; y que no se meneó contra mí hombre de noche que no fuese lastimado de mis manos. Luego vuesa merced, dije yo, más aprendió á matar que á sanar. Yo aprendí, respondió él, lo que los demás médicos; y por haber poco que vine de mis estudios no me he reparado de libros, que bien parece en los profesores de las facultades tener cada uno los de la suya. Pero dejemos eso, y llevad á vuestra ama á Misa, que es ya tarde. Púsose su manto mi señora Doña Mergelina, y llevéla, ó acompañéla hasta S. Andrés, que vivian en la Morería vieja, y en el camino (como es costumbre) muchos de los que la topaban le decian alguna cosa de su buen talle y rostro: á lo cual ella respondia tan aceleradamente que todos iban disgustados de sus respuestas. Yo le decia: Mire, señora, que ya que no responda bien, á lo menos tiene obligacion de callar como mujer principal, que en el silencio no puede haber que notar.
No soy yo mujer, decia ella, á quien nadie ha de perder el respeto. Si alguno le decia que era muy hermosa, ella le decia: Y él hermoso majadero. Díjole un dia un mozalvillo, no de mal talle: Así se me tornen las pulgas en la cama; al cual muy de propósito respondió: Debe dormir en alguna zahurda de lechon. Era tan descortés y sacudida, que todos lo iban de sus respuestas, y ella lo quedaba de mis reprehensiones. Á cierto clérigo de San Andrés, pequeño de cuerpo y grande de ánimo, conocido mio, que yendo muy pulido con una sobrepelliz muy blanca, porque le dijo que no se saliese de casa á hacer el oficio de la muerte, le replicó: Tambien habla el escarabajo hinchado, que con aquel sacudimiento tenia mucho donaire y gusto en cualquiera materia. Yo, entre muchas veces que la reprendí su vanidad, me arrojé una á decirle todo lo que me pareció, que aunque ella estaba confiada en su buen parecer, quise ver si podia enmendarla con el mio, y le dije: Vuesa merced usa de su hermosura lo peor del mundo; porque pudiendo ser querida y loada de cuantos andan en él, quiere ser aborrecida de todos: quien dice hermosura, dice apacibilidad, dulzura, suavidad de condicion y trato, y mezclándola con soberbia y desapacibilidad, se viene á convertir en ódio lo que habia de ser amor: que don tan excelente como la hermosura, concedido por merced de Dios, es razon que tenga alguna correspondencia con el ánimo, que si no parece lo uno á lo otro, arguye mal entendimiento, ó poco agradecimiento á la merced que Dios hace á quien lo da. Hermosura con mala condicion, es una fuente clarísima que tiene por guarda una víbora, y es sobrescrito y carta de recomendacion, que en abriéndola tiene un demonio dentro. ¿Hay en el mundo quien quiera ser aborrecido? ¿Hay quien quiera ser estimado en poco? No por cierto. Pues quien tiene consigo porque le amen y estimen, ¿por qué quiere que le aborrezcan y menosprecien? ¿Es por fuerza que la hermosura ha de estar acompañada con vanidad, desdorada con ignorancia, y conservada con locura? ¿Por qué cuando se mira vuesa merced al espejo no procura que lo interior se parezca al exterior? Pues adviértole que suele el tiempo, y aun Dios, castigar de manera las vanidades, que los montes se allanan, y las torres vienen al suelo. ¿Cuántas hermosuras se han visto y ven cada dia en esta máquina ó ejemplo del mundo rendidas á mil desdichas y calamidades, por faltarles el gobierno y cordura? Que aunque la hermosura, el tiempo que dura, es querida y estimada, en marchitándose no le queda otra prenda sino las que grangeó, y el crédito y amistades que á fuerza de buen término conquistó, cuando estaba en su fuerza y vigor. Y es el mundo de tan baja condicion, que á nadie acaricia por lo que tuvo, sino por lo que tiene. ¿Qué hermosura se ha visto que no se estrague con el tiempo? ¿Qué vanidad que no venga á dar en mil bajíos? ¿Qué estimacion propia que no padezca mil azares? Cierto, que fuera bien que como hay para las mujeres maestros de danzar y bailar, los hubiese tambien de desengaño, y que como se enseña el movimiento del cuerpo, se enseñase la constancia del ánimo. Yo digo, y aun aconsejo á vuesa merced, lo que como hombre de experiencia me parece que es razon, y lleva camino. Mire no la castigue su presuncion y demasiada estimacion de su persona. Estas y otras muchas cosas le dije, y decia cada dia; pero ella se estuvo siempre en sus trece, y quien no admite consejo para escarmentar en cabeza ajena, serále forzoso escarmentar en la suya, por seguir las inclinaciones propias, como sucedió á la señora Doña Mergelina, teniendo las suyas por ley, y al tiempo por verdugo de ellas, desta manera.
Venia casi todas las noches á visitarme un mocito barbero, conocido mio, que tenia bonita voz y garganta: traia consigo una guitarra con que sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas, á que yo llevaba un mal contrabajo; pero bien concertada (que no hay dos voces que si entonan y cantan verdad, no parezcan bien), de manera, que con el concierto y la voz del mozo, que era razonable, juntábamos la vecindad á oir nuestra armonía. El mozuelo tañia siempre la guitarra, no tanto para mostrar que lo sabia, como por rascarse con el movimiento las muñecas de las manos, que tenia llenas de una sarna perruna. Mi ama se ponia siempre á escuchar la música en el corredorcillo, y el Doctor, como venia cansado de hacer sus visitas (aunque tenia pocas), no reparaba en la música, ni en el cuidado con que su mujer se ponia á oirla. Como el mozuelo era contínuo todas las noches en venir á cantar, si alguna faltaba, mi ama lo echaba de menos, y preguntaba por él, con alguna demostracion de gustar de su voz. Vino á parecerle tan bien el cantar, que cuando el mozuelo subia un punto de voz, ella bajaba otro de gravedad, hasta llegar á los umbrales de la puerta para oirle más cerca las consonancias; que la música instrumental de sala, tanto más tiene de dulzura y suavidad, cuanto menos de vocería y ruido, que como el juez que es el oido, está muy cerca, percibe mejor y más atentamente las especies que envia al alma, formadas con el plauso de la media voz. El mozuelo dejó de venir cinco ó seis noches, por no sé qué remedio que tomaba para curarse, y en las cosas que son muy ordinarias, en faltando, hacen mucha falta: y así mi ama cada noche preguntaba por él. Yo le respondí, más por cortesía que por falta que le hiciese: Señora, este mozuelo es oficial de un barbero, y como sirve no puede siempre estar desocupado: fuera de que ahora se está curando un poquillo de sarna que tiene. ¿Qué haceis, dijo ella, de aniquilarle y disminuirle, mozuelo barbero? sarna, pues á fé que no falta quien con todas esas que vos le poneis, le quiera bien. Bien puede ser, dije yo, que el pobrecillo es humilde y fácil para lo que le quieren mandar; y cierto que muchas veces le guardo yo de mi racion un bocadillo que cene, porque no todas veces ha cenado. En verdad, dijo ella, que á tan buena obra os ayude yo: y de allí adelante siempre le tenia guardado un regalillo todas las noches que venia: una de las cuales entró quejándose, porque de una ventana le habian arrojado no sé qué desapacible á las narices: á las quejas suyas salió mi ama al corredor; y bajó al patio, estándose limpiando el mozuelo, y con grande piedad le ayudó á limpiar, y sahumó con una pastilla, echando mil maldiciones á quien tal le habia parado.