Fuése el mozuelo con su trabajo, sintiéndolo la señora Doña Mergelina, tan llena de cólera como de piedad, y con harta más demostracion de lo que yo quisiera, loando la paciencia del mozuelo, y agravando la culpa de quien le habia salpicado con tanto estremo, que me obligó á preguntarle por qué lo sentia tanto, siendo sucedido inadvertidamente y sin malicia. Á que me respondió: ¿No quereis que sienta ofensa hecha á un corderillo como este? ¿Á una paloma sin hiel, á un mocito tan humilde y apacible, que aun quejarse no sabe de una cosa tan mal hecha? Cierto que quisiera ser hombre en este punto para vengarle, y luego mujer para regalarle y acariciarle. Señora, le dije yo, ¿qué novedad es esta? ¿Qué mudanza de rigor en blandura? ¿De cuándo acá piadosa? ¿De cuándo acá sensible? ¿De cuándo acá blanda y amorosa? Desde que vos, respondió ella, vinisteis á mi casa, que trujisteis este veneno envuelto en una guitarra, desde que me reprehendisteis mis desdenes, desde que viendo mi bronca y áspera condicion, quise ver si podia quedar en un medio lícito y honesto, y he venido de un estremo á otro: de áspera y desdeñosa, á mansa y amorosa: de desamorada y tibia, á tierna de corazon: de sacudida y soberbia, á humilde y apacible: de altiva y desvanecida, á rendida y sujeta. ¡Oh pobre de mí, dije yo, que ahora me quedaba por llevar una carga tan pesada como esta! ¿Qué culpa puedo yo tener en sus accidentes de vuesa merced, ó qué parte en sus inclinaciones? ¿Hay quien sea superior en voluntades agenas? ¿Hay quien pueda ser profeta en las cosas que han de suceder á los gustos y apetitos? Pero pues por mí comenzó la culpa, por mí se atajará el daño, porque no venga á ser mayor con hacer que él no vuelva más á esta casa, ó irme yo á otra: que si con la ocasion creció lo que yo no pude pensar, con atajarla tornarán las cosas á su principio. No lo digo, dijo ella, por tanto, padre de mi alma, que la culpa yo la tengo, si hay culpa en los actos de voluntad: no os enojeis por mis inadvertencias, que estoy en tiempo de hacer y decir muchas: antes os admirad de las pocas que verédes y oyéredes en mí; ni hagais lo que habeis dicho, si quereis mi vida, como quereis mi honra: porque estoy en tiempo, que con poca más contradicion, haré algun borron que tizne mi reputacion, y la deje más negra que mi ventura; no estoy para que me desampareis, ni para admitir reprehension, sino para pedir socorro y ayuda. Bien me decíades vos que mi presuncion y vanidad habian de caer de su trono; cuanto me podeis repetir y traer á la memoria, yo lo doy por dicho, y lo confieso; favorecedme, y no me desampareis en esta ocasion; y no me mateis con decir que os ireis desta casa. Y con esto y otras cosas que dijo, lloró tan tiernamente, cubriendo el rostro con un lienzo, que por poco fuera menester quien nos consolára á entrambos; y si fué grande la reprehension que le dí por soberbia, mayor fué el consuelo que le dí por afligida: mas animándome en lo que era más razon, acudiendo á mi obligacion, á su consuelo y honra de su casa, le dije, con la mayor demostracion que pude: ¿Es posible que en tan estraordinaria condicion ha podido caber tanta mudanza, y que por ojos tan llenos de hermosura y desdenes hayan salido tan piadosas lágrimas, y que por mejillas tan recatadas haya corrido un licor tan precioso, que siendo bastante á enternecer las entrañas de Dios, se haya derramado y echado á mal por un miserable hombre? ¿Y ya que se habia de precipitar y arrojarse, y desdecir de sí propia, no hiciera eleccion de una persona de muchas partes y merecimientos? Ya que se rinda quien no podia ser rendida, ¿habia de ser una sabandija tan desventurada? Que se rinda la hermosura á la fealdad, la limpieza á la inmundicia y asquerosidad, no sé qué me diga de tal eleccion, y tan abominable gusto. ¡Oh cuán engañados, dijo ella, están los hombres en pensar que las mujeres se enamoran por eleccion, ni por gentileza de cuerpo, ó hermosura de rostro, ni por más ó menos partes, grandeza de linage, soberbia de estado, abundancia de riqueza! (trato de lo que verdaderamente es amor); pues para que se desengañen, sepan, que en las mujeres el amor es una voluntad continuada, que de la vista crece, y con la comunicacion se cria y conserva, sin hacer eleccion de este ni de aquel, y la que no se guardáre de esto, caerá sin duda: de esta continuacion ha nacido mi llama, y con ella se ha criado, hasta ser tan grande, que me tiene ciegos los ojos para ver otra cosa, y las orejas cerradas para admitir reprehension, y la voluntad incapaz de recibir otro sello. Y cuanto más lo deshaceis y aniquilais, tanto más se enciende la voluntad y el deseo. ¿Por ventura los barberos son de diferente metal que los demás hombres, para que aniquileis un oficio que tanta merced hace á los hombres en tornarlos de viejos á mozos? ¿Llamaisle sarnoso por unas rascadurillas que tiene en las muñecas, que parecen hojas de clavel? ¿No echais de ver aquella honestidad de rostro? ¿La humildad de sus ojos? ¿La gracia con que mueve aquella voz y garganta? No me le deshagais, ni reprehendais mi gusto, que no está para contradecirlo ni rechazarlo. ¡Ojalá, dije yo, fuera pelota, que yo la echara y rechazara! Pero pues ha llegado á tan estrecho paso, haré con vuesa merced lo que con mis amigos, que es, en la eleccion aconsejarles lo mejor que sé, y en la determinacion ayudarles lo mejor que puedo. Díjele esto por no desconsolarla, hasta que poco á poco fuese perdiendo el cariño, que pudiera traer la ofensa de Dios y de su marido, y con esto me aparté aquella noche de ella, espantándome de ver cuán poderosa es la comunicacion, y considerando cuán mal hacen los hombres que donde tienen prendas que les duela, consienten visitas ordinarias, ó comunicaciones que duren: y cuánto peor hacen los padres que dan á sus hijas maestros de danzar, ó tañer, cantar ó bailar; si han de faltar un punto de su presencia, y aun es menos daño que no lo sepan: que si han de ser casadas, bástales dar gusto á sus maridos, criar sus hijos y gobernar su casa: y si han de ser monjas, apréndanlo en el monasterio; que la razon de estar algunas disgustadas, quizás es por haber ya tenido fuera comunicaciones de devociones, que por honestas que sean, son de hombres y mujeres, sujetos al comun órden de naturaleza.
DESCANSO III.
E
El dia siguiente vino el mozuelo más temprano de lo que solia, puesto un cuello al uso, como hombre que se veia favorecido de tan gallarda mujer. Sucedió que dentro de tres ó cuatro dias vinieron á llamar al doctor Sagredo, su marido y mi amo, para ir á curar un caballero estranjero que estaba enfermo en Carabanchel, ofreciéndole mucho interés por la cura de que él recibió mucho contento por el provecho, y ella mucho más por el gusto. Cogió su mula y lacayo, y un braco, que siempre le acompañaba, y á las cuatro de la tarde dió con su persona en Carabanchel. Ella, visto la buena ocasion, hízome aderezar de cenar lo mejor que fué posible, regalándome con palabras, y prometiéndome obras, no entendiendo que yo le estorbaria la ejecucion de su mal intento: vino el mozuelo al anochecer, y comenzando á cantar como solia, ella le dijo que no era lícito, ni parecia bien á la vecindad, estando su marido ausente, cantar á la puerta, y así mandó que entrase más adentro. Mandó sentar al mozuelo á la mesa, deseando que la cena fuese breve, porque la noche fuese larga; pero apenas se comenzó la cena cuando entró el braco haciendo mil fiestas á su ama con las narices y la cola. El doctor viene, dijo ella, desdichada de mí, ¿qué haremos, que no puede estar lejos, pues ha llegado el perro? Yo cogí al mozuelo, y púsele en un rincon de la sala, cubriéndolo con una tabla, que habia de ser estante para los libros, de suerte que no se podia parecer cuando entró el doctor por la puerta, diciendo: ¿Hay bellaquería semejante, que envien á llamar á un hombre como yo, y por otra parte llamen á otro médico? Vive Dios, si en años atrás me cogieran, que no se habian de burlar conmigo. ¿Pues de eso teneis pena, dijo ella, marido mio? ¿No vale más dormir en vuestra cama y en vuestra quietud, que desvelaros en velar un enfermo? ¿Qué hijos teneis que os pidan pan? Vengais muy en hora buena, que aunque pensé tener diferente noche, con todo eso me dió el espíritu que habia de suceder esto, y así os tuve, por sí ó por no, aderezada la cena. ¡Hay tal mujer en el mundo! dijo el doctor; ya me habeis quitado todo el enojo que traia. Váyanse con el diablo ellos y sus dineros, que más aprecio veros contenta, que cuanto interés hay en la tierra. ¿Cuántos engaños, dije yo entre mí, hay de estos en el mundo, y cuántas á fuerza de artificios y bondad fingida se hacen cabezas de sus casas, que merecen tenerlas quitadas de los hombros? Apeóse de la rucia el doctor, y el lacayo púsola en razon, y fuese á su posada con su mujer, que le daban racion y quitacion. Sentóse el doctor á cenar muy sin enojo, loando mucho el cuidado de su mujer. El diablo del braco, que por la fuerza que estos animalejos tienen en el olfato, no hacia sino oler la tabla que encubria al mozuelo, rascando y gruñendo de manera que el doctor lo echó de ver, y preguntó ¿qué habia detrás de la tabla? Yo de presto respondí: Creo que está allí un cuarto de carne. Tornó el braco á gruñir, y aun ladrar algo más alto: mi amo lo miró con más cuidado que hasta allí; yo eché de ver el daño que habia de suceder si no se remediaba, y conociendo la condicion del doctor dí en una buena advertencia, que fué decir que iba por unas aceitunas sevillanas, de que eran muy amigos, y estúveme al pié de la escalerilla esperando su determinacion: el braco no dejaba de rascar y ladrar, tanto que mi amo dijo que queria ver por qué perseveraba tanto el perro en ladrar. Entonces yo púseme en la puerta, y comencé á dar voces diciendo: Señor, que me quitan la capa; señor doctor Sagredo, que me capean ladrones. Él con su acostumbrada cólera y natural presteza se levantó corriendo, y de camino arrebató una espada, poniéndose de dos saltos en la puerta, y preguntando por los ladrones; yo le respondí, que como oyeron nombrar al doctor Sagredo echaron á huir por la calle arriba como un rayo. Él fué luego en seguimiento suyo, y ella echó al mozuelo de casa sin capa y sin sombrero, poniendo el cuarto de carne detrás de la tabla, como ya le habia dado la advertencia. Hasta aquí habia caminado el negocio; mas el mozuelo iba turbado, lleno de miedo y temblor, que no pudo llegar á la puerta de la calle tan presto que no topase mi amo con él á la vuelta. Aquí fué menester valernos de la presteza en remediar este segundo daño, que tenia más evidencia que el primero, y así antes que él preguntase cosa, le dije: Tambien han capeado y querido matar á este pobre mocito, y por esto se coló aquí dentro huyendo, que de temor no osa ir á su casa: mire vuesa merced qué lástima tan grande; y como es muy de coléricos la piedad, túvola mi amo del mozuelo, y dijo: No tengais miedo, que en casa del doctor Sagredo estais, donde nadie os osará ofender. Ofender, dije yo; en oyendo nombrar al doctor Sagredo les nacieron alas en los piés. Yo os aseguro, dijo el doctor, que si los alcanzára, que os habia de vengar á vos y á mi escudero de manera que para siempre no capearan más. Mi ama, que estaba hasta allí turbada y temblando en el corredor, como vió tan presto reparado el daño, y vuelta en piedad la que habia de ser sangrienta cólera, ayudó á la compasion del marido de muy buena gana, diciendo: ¿Hay lástima como esta? No dejeis ir á ese pobre mozo, bástenle los tragos en que se ha visto, no le maten esos ladrones. No le dejaré, dijo el doctor, hasta que le acompañe. ¿Y cómo sucedió esto, gentil hombre? Iba, señor, respondió el mozo, á hacer una sangría por Juan de Vergara, mi amo, á cierta señora del tobillo, y con harto gusto; pero como no duerme este ángel de los piés aguileños, sucedió lo que vuesa merced ha visto. Que no faltará ocasion para hacerla, dijo la señora, sosiéguese ahora, hermano, que en casa del doctor Sagredo está. Subíos acá, dijo el doctor, que en cenando yo os llevaré á vuestra casa. El braco, aunque salió á los ladrones imaginados, no por el ruido dejó de tornar á la tema de su tabla, y si antes la habia rascado por el mozuelo, entonces lo hacia por la tentacion de sus narices contra la carne: mi amo, como vió perseverar al braco, fué á la tabla, y halló el cuarto de carne detrás de la tabla, con que se sosegó, loando mucho el aliento de su perro. Ella, aunque se habia librado de esos trances, todavía, durando en su intento, me dió á entender que no dejase ir al mozuelo, que era lo que yo más aborrecia.
Cenaron, y el que primero habia sido cabecera de mesa, despues comió en la mano como gavilan, y no como galan en la mesa, que la fuerza puede más que el gusto. En cenando quiso el doctor llevarlo á su casa, y aunque yo le ayudé, mi ama dijo que no queria que fuese á ponerse en riesgo de topar con los capeadores, especialmente habiendo de pasar por el pasadizo de San Andrés, donde suele haber tantos capeadores retraidos. Y aunque esto, dijo, para vuestro ánimo es poco, será para mí de mucho daño, porque estoy en sospecha de preñada, y podria sucederme algun accidente ó susto que pusiese mi vida en cuidado; que ese mocito podrá dormir con el escudero, que es conocido suyo, y por la mañana irse á su casa. Alto, dijo el doctor, pues vos gustais de eso, sea en hora buena, yo me quiero acostar, que estoy un poco cansado. Fuéronse á la cama juntos (que siempre llevaba la mujer por delante), aunque como ella vivia con diferentes pensamientos, no dió lugar al sueño hasta que dió en una traza endiablada, que le costó pesadumbre y le pudiera costar la vida. La sala era tan pequeña que desde mi cama á la suya no habia cuatro pasos, y cualquiera movimiento que se hacia en la una se sentia en la otra; y así no le pareció bien lo que por aquí podia intentar. La mula era de manera inquieta que en viéndose suelta alborotaba toda la vecindad antes que pudiesen cogerla. Parecióle á la señora doña Mergelina que desatándola podria volver á la cama antes que su marido despertase para ir á ponerla en razon, y en el espacio que se habia de gastar en cogerla y trabarla, le tendria ella para destrabar su persona. Y como las mujeres son fáciles en sus determinaciones, en sintiendo al marido dormido, levantóse paso á paso de la cama, y yendo á la caballeriza desató la mula, entendiendo que pudiera volver á la cama antes que la mula hiciese ruido y el marido despertase, con que tendria lugar para ejecutar su intento. Pero parece que la mula y él se concertaron; la mula en salir presto de la caballeriza haciendo ruido con los piés, y él sentirlo tan presto que se levantó en un instante de la cama, dando al diablo á la mula y á quien se la habia vendido; y si no se entrara la mujer en la caballeriza, topara con ella el marido. Él cogió una muy gentil vara de membrillo, y pególe á la mula, que huyendo á su estrecha caballeriza, apenas cupiera, por la huéspeda que halló dentro. Ella no tuvo donde encubrirse por la estrecheza sino con la misma mula, de suerte que alcanzó, como la vara era cimbreña, gran parte de los muchos varazos que le dió con los tercios postreros en aquellas blancas y regaladas carnes. Yo estaba en la escalera como si aguardara al verdugo que me echara de ella, turbado y sin consejo, porque veia lo que pasaba y sin poder remediarlo. El braco, sintiendo el ruido, y oliendo carne nueva en mi cama, comenzó á darle buenos mordiscones al mozuelo y á ladrarle, de suerte que la mujer en manos del marido, y el mozuelo en los dientes del braco, pagaron lo que aun no habian cometido. Yo viendo la ejecucion de su cólera, sin saber lo que hacia, le dije: Mire vuesa merced lo que hace, que cuantos palos da en la mula los da en el rostro de mi señora, que la quiere de manera por andar vuesa merced en ella, que no consiente que la toque el sol. Agradeced, señora mula, lo que me han dicho de vuestra ama, que hasta la mañana os estuviera pegando. ¿Hay con qué trabar esta mula? Yo respondí: En ese corralillo hallará vuesa merced una soguilla, que yo estoy con un dolorcillo de ijada, y no me atrevo á salir. Así como fué por ella, púseme á la puerta, haciendo pala á la señora, y subióse á su cama callando, aunque lastimada. Yo como siempre procuré que no llegase la ofensa á ejecucion, aunque no iba con mucho gusto para ello; en saliendo el doctor le tomé la soguilla, y enviélo á la cama. Trabé la mula, y subíme á reposar á la mia, donde hallé al mozuelo quejándose del braco, y á ella en la suya llorando tiernamente; y preguntándole el marido la causa, respondió muy enojada: Vuestras cóleras y arrebatamientos, que como tan de repente os alborotastes, y yo estaba en lo mejor del sueño, sobresaltada y despavorida, caí detrás de la cama, y dí con el rostro en mil baratijas que estaban aquí, con que me he lastimado muy bien. Sosególa el marido lo mejor que pudo, y pudo muy bien, porque las mujeres honradas cuando tropiezan y no caen en el yerro, caen en la cuenta, que habiendo de ser muy estrecha, es de perdones, y como vió que á tres va la vencida, y ella lo quedó saliendo mal de ellas, no quiso probar la cuarta. Al mozuelo con los peligros y los dientes del braco se le quitó el poco amor y desvanecimiento como con la mano.