Mas como la privacion puede tanto con las mujeres, por el mismo caso que yo rehusaba, mi ama procuraba más que lo dijese, que como tenia pecho noble, y le parecia que la tenia obligada en alguna manera, sacaba fuerzas de flaqueza, y buscaba modos cómo darme á entender que estaba de mí agradecidísima. Que esta diferencia hace un pecho liso y sencillo, á uno de mala raza y cosecha, que el bueno aun el bien imaginado agradece, mas el bronco y desabrido, no solamente no agradece, pero busca modos cómo desagradecer el bien recibido: pero cuanto más mi ama se esforzaba por dar á entender su agradecimiento, tanto más me ofendia yo en que pensase en que habia hecho algo en servirla, que el saber flaquezas ajenas, que ó todos las cometemos, ó estamos naturalmente dispuestos á ello, no ha de ser parte para estimar en menos á aquellos de quien las sabemos: saber el secreto ajeno ó es acaso, ó por confianza que hacen de nosotros: si es acaso, la misma naturaleza nos enseña que puede suceder lo mismo por nosotros; y si es por confianza, ya entra en guardarle la reputacion del que lo sabe. Encubrir faltas ajenas es de ángeles, y descubrirlas es de perros que ladran cuando más dañan. Querer saber secretos ajenos, nace de pechos sin merecimientos, que lo que no pueden merecer por sí, quieren merecerlo á costa ajena: quien quiere saber faltas ajenas, quiere estar mal con todo el mundo, y que se publiquen las suyas. ¡Dichosos aquellos á cuya noticia no han llegado las faltas ajenas, que ni ofenderán, ni serán ofendidos! Hay algunos ánimos tan fuera del órden natural, que les parece que han alcanzado una gran joya, cuando saben alguna falta de su prógimo: pues no se persuada á entender quien tiene tan abominable costumbre, que no hay contratretas para semejantes desafueros, que todos traen el castigo por sombra; y no hay mala intencion que no tenga su semejante, ó peor. Un fraile, aunque no muy docto, bien intencionado, preguntando en un escrutinio si sabia faltas, ó descuido de sus compañeros, respondió que nó, porque si las habia oido, ó no habia reparado en ellas, ó las habia dejado olvidar, y si venian por relacion, no las habia oido, ó no las habia creido. Y otro, habiendo desacreditado á todos los compañeros, por acreditarse á sí en el escrutinio, salió más culpado que todos. Este almacen de palabras he traido, para decir el recelo que mi ama debia tener, pareciéndole que podia revelar su secreto, ó que á lo menos lo queria tener, como dicen, el pié sobre el pescuezo, y así, prosiguiendo en su intento, dijo, que por buen término y trato, quisiera perpetuarme en su casa, para tenerme en lugar de padre, queriéndome casar con una parienta suya, doncella, y de muy buena gracia, y de poca edad; y declarándose con su marido y conmigo, encareciendo la bondad y virtud de la moza, y cuán bien me estaria para el regalo de mi vejez casarme con ella, yo le dije: Señora, no haré eso por todas las cosas del mundo, porque quien se casa viejo, presto da el pellejo: y riéndose ella, proseguí diciendo, que en Italia traen un refrancete á este modo, que el que casa viejo tiene el mal del cabrito, ó que se muere presto, ó viene á ser cabron. ¡Jesus! dijo mi ama, ¿pues eso ha de imaginar un hombre tan honrado como vos? Señora, dije yo, lo que veo, y he visto siempre es, que al viejo que se casa con moza, todos los miembros del cuerpo se le van consumiendo, sino es la frente, que le crece más. Las mozas son alegres de corazon, y regocijadas en compañía, andan siempre jugando y saltando como ciervas, y los maridos como ciervos, siendo viejos. No es tan perseguida la liebre de los galgos, como la mujer del viejo de los paseantes: no hay mozo en todo el lugar que no sea su pariente, ni vieja rezadera que no sea su conocida: en todas las iglesias tiene devociones, ó por huir del marido, ó por visitar las comadres: si es pobre el marido, se anda quejando de él: si es rico, á pocas vueltas le deja como el invierno á la cornicabra, con solo el fruto en la frente. He rehusado en mi mocedad tomar esa carga sobre mis hombros, ¿y la habia de tomar ahora sobre mi cabeza? Dios me guarde mi juicio, bien me estoy solo; ya me sé gobernar con la soledad, no quiero entrar en nuevos cuidados, afuera consejos vanos. Á todo esto el doctor estaba pereciendo de risa, y su mujer pensando en la réplica que habia de hacer; y así con muy gran donaire y desenvoltura, dijo á su marido, y á mí: Cada dia vemos cosas nuevas, bien es vivir para experimentar condiciones: el primer viejo sois que he visto y oido decir, que haya rehusado casamiento de niña; todos apetecen la compañía de sangre nueva, para conservacion de la suya: los árboles viejos, con un enjerto nuevo los remozan: á las plantas, porque no se hielen, les ponen abrigo: la palma, si no tiene junto á sí su compañera, no lleva fruta: la soledad ¿qué bien puede traer sino melancolía, y aun desesperacion? Todos los animales racionales y brutos apetecen la compañía. No seais como aquel bestial filósofo, que habiéndole preguntado cuál era buena edad para casarse, respondió, que cuando era mozo, era temprano, y cuando viejo, tarde. Mirad, que fuera de ser para mí grande gusto, para vuestra comodidad es bien vivir con abrigo. Yo confieso, le dije, que tan elegantes razones, dichas con tanta gracia y estilo, persuadirán á cualquiera que no estuviera con tanta experiencia de las cosas del mundo, y tan hecho á la soledad como yo; pero verdades tan apuradas, no admiten persuasiones retóricas, porque casarse un viejo con una muchacha, si ella es como debe ser, es dejar hijos huérfanos y pobres, y en pocos años venir á ser entrambos de una misma edad, porque naturaleza va siempre tras su conservacion, y el viejo conserva la suya, consumiendo la juventud de la pobre muchacha; y si no es de esta suerte, tiene puestos los ojos en lo que ha de heredar, y la voluntad é intencion en el marido que ha de escoger. Mas, ¿qué tal pareciera yo con mis blancas canas junto á una niña rubia y blanca, bien puesta y hermosa, que cuando alzara los ojos á mirarme el copete lo viera más liso que el carcañal, las entradas como el colodrillo de la ocasion, la barba más crespa y cana que la del Cid? Eso no os dé pena, dijo ella, que Juan de Vergara tiene una tinta tan negra y fina, que á cuantos hombres y mujeres entran en su casa con canas los pone de manera que á la salida no los conocen. Ni aun ellos propios se conocen á sí mismos, dije yo, con un engaño como ese, y creo cierto, que nace esta flaqueza de no conocer nuestra hechura, porque disfrazar y entretener las canas, no sé de qué sirve, sino de una ocupacion de zurradores, que no rehusan traer las manos como ébano de Portugal. Y realmente los que lo hacen tienen tanta ventura que á nadie engañan sino á sí solos, porque todos lo saben; de modo, que les añaden muchos más años de los que tienen; y ellos no se desengañan, hasta que por alguna enfermedad dejan de teñirse, y se hallan cuando se miran la barba, como Urraca ahorcada. Pues si la tinta no acierta á ser del color de la barba, que es muy ordinario, en dándoles el sol, hace visos como el arco del cielo. Si con el teñir se reparara la flaqueza de la vista, se supliera la falta de los dientes, se cobrara la fuerza de piernas y brazos, ó se entretuvieran los años para engañar la muerte, todos lo hiciéramos; pero hace la muerte con los teñidos, como la zorra con el asno de Cumas, que se vistió una piel de leon para espantar á los animales y pacer con seguridad: mas la zorra, viéndole andar tan despacio, miróle las patas, y dijo: asno sois vos. Así la muerte mira los teñidos, y les dice: viejo sois vos. Tíñase quien quisiere, que yo tengo por mejor lo claro que lo obscuro, el dia que la noche, lo blanco que lo negro. Más quiero parecer paloma que no cuervo, más hermoso es el marfil que el ébano. Si como las barbas que pasan de negras á blancas, pasaran de blancas á negras, ¿cuánto mas odiosas fueran por el color tapetado? En fin, la plata es más alegre que el ébano: ¿no bastaba casado, sino tiznado? Andad, dijo mi ama, que con eso se disimulan algunos años, y sin eso no se pueden negar. Aunque los hombres de bien, dije yo, jamás han de mentir, en todas las cosas del mundo puede aprovechar una mentira, si no es en los años y en el juego; porque ni los años pueden ser menos por negarlos, ni la ganancia se ha de quitar por confesarla. Pero volviendo á nuestro propósito, que el matrimonio es cosa santísima no se puede negar, ni yo lo niego, que el no apetecerlo yo nace de la incapacidad mia, y no de la excelencia suya; apetézcalo quien está en edad y disposicion para ello con la igualdad que la misma naturaleza pide, que ni sean ambos niños ni ambos viejos, ni él viejo y ella niña, ni ella vieja ni él niño. Sobre lo cual hay diversas opiniones entre filósofos, y la más cierta es que el varon sea mayor que la mujer diez ó doce años; pero que tenga yo cincuenta años, y mi señora mujer quince ó diez y seis, es como querer que un contrabajo y un tiple canten una misma voz, que por fuerza han de ir apartados ocho puntos el uno del otro. ¿Pues nunca habeis sido enamorado? dijo mi ama. Y tanto, dije yo, que he compuesto coplas y tenido pendencias, que la mocedad está llena de mil inconsideraciones y disparates. No lo serán, dijo ella, que los hombres de buen discurso sazonan las cosas diferentemente, que los demás. Reniego, dije yo, de ejercicio que ha de traer á un hombre hecho lechuza, guardando cimenterios, sufriendo frios y serenos, incomodidades y peligros tan ordinarios como suceden de noche, y aun cosas dignas de callar. El que anda de noche ve los daños ajenos, y no conoce los suyos, consume presto la mocedad, y se desacredita para la vejez: vénse de noche cosas que se juzgan por malas, no siéndolo; ¡qué de temores y espantos cuentan los que pasean de noche, que vistos de dia nos provocarian á risa! Acuérdome, que teniendo cierto requiebro al barrio de San Ginés, con otro juicio tal como el mio era entonces, mártes de carnestolendas por la tarde me envió á decir la señora que le llevase algo bueno para despedirse de la carne, que en estos dias hay libertad para pedirlo, y aun para negarlo; pero por usar de fineza, por ser la primera cosa que hacia en su servicio, vendí ciertas cosillas, que me hicieron harta falta, y en acabándose la grita de jeringas y naranjazos, y el martirio perruno, causado de las mazas (de quien sin saber por qué, huyen hasta reventar) dí conmigo en un tabernáculo de la gula, donde henchí un paño de manos de una empanada, un par de perdices, un conejo y frutillas de sarten, y atándolo muy bien, caminé á darlo por una ventana á más de las once de la noche; y como el dia siguiente, por ser miércoles de ceniza, era dia de mucha recoleccion, aunque todo el pasado habia sido alegría para los muchachos y trabajos para los perros, habia silencio general; de suerte, que aunque yo iba bien cargado, no me podia ver nadie: llegando á la plazuela de San Ginés sentí que venia la ronda, y retiréme debajo de aquel cobertizo, donde suele haber una tumba para los aniversarios y exequias, y antes que pudiesen llegar á mí los de la ronda, metí el paño de manos, atado como estaba, por un agujero grande que tenia la tumba por la parte de abajo, y sacando un rosario, que siempre traigo conmigo, comencé á fingir que rezaba. Llegó la ronda y pensando que fuese algun retraido asieron de mí, preguntando qué hacia allí. Llegó el alcalde, y visto el rosario y poca turbacion, que importa mucho en cualquier ocasion no perturbarse el ánimo, dijo que me dejasen, y me recogiese: hice que me iba, y trasponiendo la ronda torné por mi paño de manos y cena á la negra tumba, donde lo habia dejado, y aunque con un poco de temor por la hora y la soledad, alargué la mano y brazo todo lo que pude alcanzar, y no topé con el paño ni con lo que estaba en él: de lo cual quedé temblando y helado; y es de creer que me causaria horrible miedo una cosa tan espantosa en un cimenterio, debajo de una tumba, á más de las once de la noche, y con tan gran silencio, que parecia se habia acabado el mundo; pues junto con esto, sentí dentro en la tumba tan gran ruido de hierro, que se me representaron mil cadenas, y otras tantas ánimas, padeciendo su purgatorio en aquel mismo lugar. Fué tanta mi turbacion y desatiento, que se me olvidó el amor y la cena, y quisiera hallarme mil leguas de allí; pero lo mejor que pude, ó lo menos mal que acerté, volví las espaldas, y fuíme poco á poco, arrimándome á la pared, pareciéndome que iba tras mí un ejército de difuntos; pues yendo con esta turbacion me sentí por detrás tirar de la capa, desanimándome de manera que dí un golpazo con mi persona en el suelo, y con los hocicos en la guarnicion de la espada; volví á mirar si era algun cadáver descarnado, y no ví otra cosa sino mi capa asida al calvario que está en aquella pared; con esto respiré un poco, y fuí cobrando aliento, y descansando el temor del clavo y de la capa; pero no el de la tumba.

Sentéme, y miré alrededor á ver si habia cosa que pudiese acompañar, y descansé, porque estaba tan cansado que lo hube menester, que no lo estuviera más si hubiera andado cien leguas por los altos y bajos de Sierra-Morena. Hice reflexion sobre lo pasado, considerando qué cuenta daria yo de mí el dia siguiente, contando lo que habia sucedido, sin haber visto cosa que fuese de momento; porque decir un terror tan horrible sin haber averiguado el fundamento, era desacreditarme y quedar en fama de cobarde ó mentiroso: dejar de contarlo era quedar en opinion de miserable con la señora Daifa, habiendo gastado lo que no tenia sin decir el fin que tuvo. Por otra parte veia que si fuera algun difunto no tenia necesidad de mi pobre cena, pues hombre no podia estar tan abreviado que no topara con él cuando extendí el brazo. Al fin hice mi cuenta de esta manera: Si es demonio, mostrándole la señal de la cruz huirá; si es ánima, sabré si pide algunos sufragios; y si es hombre, tan buenas manos y espada tengo como él, y con esta resolucion fuíme animosamente á la tumba, desenvainé la espada y rodeando la capa al brazo, dije con muy gentil determinacion: yo te conjuro, y mando de parte del cura de esta iglesia, que si eres cosa mala te salgas de este lugar sagrado, y si eres ánima que andas en pena, que me reveles qué quieres, ó qué has menester (y el ruido del hierro con mi conjuro andaba más agudo): una y dos, y tres veces te lo digo y torno á decir; pero cuanto más le decia, tantos más golpes de hierro sonaban en la tumba que me hacian temblar. Visto que mi conjuro no era válido, y que si dejaba enfriar la determinacion que tenia, tornaria el temor á desanimarme, púseme la espada entre los dientes, y con ambas manos así de la tumba por el agujero de abajo, y en alzándola salió corriendo por entre mis piernas un perrazo negro, con un cencerro atado á la cola, que huyendo de los muchachos se habia recogido á descansar á sagrado; y como despues de haber reposado olió la comida, retiróla para sí, y sacó el vientre de mal año; pero con el grande y no pensado ruido que hizo saliendo, fué tanto mi espanto, que como él fué huyendo por una parte, yo fuera por otra, sino por un espinillazo que al salir me dió con el cencerro, de que no me pude menear tan presto; pero fué tanta la pasion de risa que despues de quitado el dolor me dió, que siempre que me acuerdo de ello, aunque sea á solas y por la calle, no puedo dejar de dar alguna demostracion de ello. Fué menester que el Doctor y su mujer acabasen de reir, para proseguir el intento para que truje el cuento; y habiéndolo solemnizado, les dije: No se podrá creer lo que yo me holgué de averiguar aquella duda que en tanta confusion me habia de poner, para contar lo que habia visto, por donde pusiera mal nombre á aquel lugar, como lo han hecho otros muchos, que por no averiguar los temores ó las causas de ellos, desacreditan mil lugares, y quedan desacreditados por temerosos y espantables sin haber causa para ello, más de haber visto alguna extraordinaria cosa, y sin averiguarla van á contar mil deslumbramientos y disparates. Uno dijo, que habia visto un caballo lleno de cadenas y descabezado, y era una bestia que venia del prado á su casa, con las trabas de hierro.

Son infinitos los disparates que en esto se dicen; de manera, que no hay poblacion, donde no haya un lugar desacreditado por temeroso, y ninguno, si no es burlando ó haciendo donaire, dice la verdad. En Ronda hay un paso temeroso despues que se subió de noche una mona en un tejado, que con la maza y cadena atoró, ó encalló en una canal, y desde allí echaba tejas á cuantos pasaban, y todo es de esta manera. Solas dos cosas hallo yo que pueden hacer mal de noche, que son los hombres y los serenos, que los unos pueden quitar la vida y los otros la vista.


DESCANSO VI.

A

Al tiempo que me iba hallando mejor con el Doctor Sagredo, y mi señora Doña Mergelina de Aybar, por el amor que me tenian, como mi suerte ha sido siempre variable, hecha y acostumbrada á mudanzas de fortuna, y ejercitada en ellas toda mi vida, vinieron á llamar de un pueblo de Castilla la Vieja al doctor Sagredo con un gran salario, el cual no pudo rehusar por haberlo menester, y para ejercitar lo que habia estudiado, que ni la grandeza del ingenio, ni el contínuo estudio hacen á un hombre docto, si le falta experiencia, que es la que sazona los documentos de las escuelas, sosiega las bachillerías que hacen al ingenio confiado por las filoterias de la dialéctica, que realmente no podemos decir que tenemos entero conocimiento de la ciencia hasta que conocemos los efectos de las causas que enseña la experiencia, que con ella se comienza á saber la verdad. Más sabe un experimentado sin letras, que un letrado sin experiencia, la cual faltaba al Doctor Sagredo, y así le estuvo bien aceptar aquel partido por esto, y por repararse de las cosas necesarias para la conservacion de la vida humana. Aceptado el partido, pidiéronme con toda la fuerza posible que me fuese con ellos, lo cual yo hiciera, si no fuera que no me atreví á los frios de Castilla la Vieja, que estando un hombre en los postreros tercios de la vida, no se ha de atrever á hacer lo que hace en la mocedad. El frio es enemigo de la naturaleza, y aunque uno muera de ardentísimas fiebres, al fin queda frio. Las acciones del viejo son tardas por la falta de calor; como la mocedad es cálida y húmeda, la vejez es fria y seca; por falta de calor viene la vejez, y por esto han de huir los viejos de regiones frias, como yo lo hice, que me quedé desacomodado por no ir á donde me acabase el frio en breve tiempo. Fuéronse, y quedéme solo y sin arrimo que me pudiese valer; que los que dejan pasar los verdes años sin acordarse de la vejez, han de sufrir estos y otros mayores daños y trabajos. Nadie se prometa esperanzas de vida, ni piense que sin diligencia puede asegurarla, que hay tan poco de la mocedad á la vejez, como de la vejez á la muerte; no puede creerlo sino quien ha entregado sus años á la dilacion de las esperanzas. Cada dia que se pasa en ociosidad, es uno menos en la vida, y muchos en la costumbre que se va haciendo. Siendo estudiante en Salamanca el Licenciado Alonso Rodriguez Navarro, varon de singular prudencia é ingenio, le hallé una noche durmiendo sobre un libro, y diciéndole que mirase lo que hacia, que se quemaba las pestañas, respondió, que apelaria para el tiempo que le diese otras; pero que si perdia el tiempo, no tenia para quien apelar sino para el arrepentimiento. Al mismo, preguntándole por qué camino habia venido á ser tan bien quisto en su ciudad, que es Murcia, respondió, que haciendo placer, y disimulando desagradecimientos, pero que nunca llegaron á engendrar en su pecho arrepentimientos de haber hecho el bien: que los hombres de bien no han de hacer cosas de que se deban arrepentir; y si el arrepentimiento viene tarde, y es bien recibido, aprovecha para el reparo de la vida, que como el arrepentimiento sigue á los daños sucedidos por propia culpa, viene acompañado con asomos de virtud, nacida del escarmiento y ayudado de la prudencia. Mas no hay arrepentimiento que venga tarde como sea bien recibido.

Cuatro efectos suelen resultar del tiempo mal gastado y peor pasado; dejamiento de sí propio, desesperacion de cobrar lo perdido, confusion vergonzosa, y arrepentimiento voluntario; estos dos postreros arguyen buen ánimo, y estar cercanos á la enmienda; pero entiéndese, que como el yerro fué con tiempo, el arrepentimiento no ha de ser sin tiempo: que si el mucho tiempo se pasó presto, el poco se pasará volando, y llegará tarde el arrepentimiento, como el tiempo que se pasa al descuido con gusto no se cuenta por horas, como el que se pasa trabajando, no se echa de ver hasta que es pasado. Yo quedé solo y pobre, y para reparo de mis necesidades, me topó mi suerte con cierto hidalgo que se habia retirado á vivir á una aldea, y habia venido á buscar un maestro ó ayo para dos niños que tenia de poca edad, y preguntándome si queria criárselos, le respondí, que criar niños era oficio de amas, y no de escuderos; rióse, y dijo: Buen gusto teneis, á fé de caballero que habeis de ir conmigo: ¿no os hallareis bien en mi casa? Yo respondí: Ahora sí, pero despues no sé. ¿Por qué? preguntó el hidalgo. Porque hasta tomar el tiento á las cosas, dije yo, no se puede responder afirmativamente; y no se ha de preguntar á los criados si quieren servir, sino, si saben servir, que el querer servir arguye necesidad, y saber servir, habilidad y experiencia en el ministerio que los quieren; y de aquí nace, que muchos criados, á pocos dias de servicio, ó se despiden, ó los despiden, porque entraron á servir por necesidad, y no por habilidad, como tambien en algunos estudiantes perdidos, que en viéndose rematados, entran en religion tan llenos de necedad como de necesidad, y á pocos lances, ó desamparan el hábito, ó el hábito los desampara. Primero se ha de inquirir y escudriñar si es bueno y suficiente el criado para el cargo que le quieren dar, que no si tienen voluntad de servir: porque de tener criados ociosos, y que no saben acudir al oficio para que fueron recibidos, fuera del gasto impertinente, se siguen otros mayores inconvenientes. Aunque cierto Príncipe de estos reinos, diciéndole un mayordomo suyo que reformase su casa, porque tenia muchos criados impertinentes, respondió: El impertinente sois vos, que los valdíos me agradecen y honran; y esotros, pagándoles, les parece que me hacen mucha merced en servirme, y el que no obliga con buenas obras, ni es amado, ni ama, y en las buenas se parece un hombre á Dios. Paréceme, dijo el hidalgo, que quien sabe eso, sabrá tambien servir en lo que le mandaren, especialmente que mi hijo el mayor os podrá hacer bien en algun tiempo, que tiene accion, y espectativa á un mayorazgo de parte de su madre, que ahora posee su abuela; y del hijo mayor, á quien le viene, no tiene sino dos nietecillos enfermizos; y muriendo ellos y su padre, queda mi hijo por heredero. Eso es, dije yo, como el que deseando hartarse de dátiles, fué á Berbería por una planta de palma y compró un pedazo de tierra en que la plantó, y está esperando todavía que dé el fruto; así yo tengo de esperar á tres vidas, estando la mia en los últimos tercios, para la poca merced que se aguarda de quien aún no tiene esperanza, que como ella vive entre la seguridad y el temor, es necesario que tenga larga vida quien se sustenta de ella; que no hay cosa que más la vaya consumiendo que una esperanza muy dilatada; y es de creer, que el que se va á pasar la suya entre robles y jarales, ni la tiene muy cerca, ni muy cierta, que por no martirizarme con ellos ni verme en los tragos en que ponen á quien los sigue, he tenido por mejor y más seguro abrazarme con la pobreza que abrazarme con la esperanza. Esa, dijo el hidalgo, es la cuenta de los perdidos, que por no esperar ni sufrir, quieren ser pobres toda la vida. ¿Y qué mayor pobreza, dije yo, que andar bebiendo los vientos, echando trazas, acortando la vida y apresurando la muerte, viviendo sin gusto, con aquella insaciable hambre y perpétua sed de buscar hacienda y honra? Que la riqueza, ó viene por diligencia buscada, ó por herencia poseida, ó por antojo de la fortuna prestada: si por diligencia, no da lugar á otra cosa de virtud; y si por herencia, ordinariamente se posee acompañada de vicios y envidiada de parientes; si por antojo ó arrojamiento de la fortuna, hace al hombre olvidarse de lo que antes era, y de cualquier manera que sea, todos en la muerte se despiden de mala gana de la hacienda y de las honras que por ella les hacian. Una diferencia hallo en la muerte del rico y la del pobre, que el rico á todos los deja quejosos, y el pobre piadosos.