DESCANSO VIII.
T
Toda esta plática ó conversacion pasó estando este hidalgo y yo echados de pechos sobre el guardalado de la puente Segoviana, mirando hácia la Casa de Campo, por donde vimos asomar un buen atajo de vacas que nos interrumpió la conversacion, y viéndolas, le dije: Aquellas vacas han de pasar por esta puente más apiñadas y más apriesa que vienen por aquella parte, por eso no aguardemos aquí el ímpetu con que han de pasar. No temais, dijo el hidalgo, que os guardaré á vos, y á mí. Guárdese á sí, le dije yo, que á mí aquella pared que baja de la puente al rio me guardará, porque yo no me entiendo con gente que no habla, ni sé reñir con quien trae armas dobles en la frente. Fuera de lo que dicen: Dios me libre de bellacos en cuadrilla. Háse de reñir con uno que si le digo teneos allá me entienda; reñir con un animal bruto es dar ocasion que se ria quien lo mira, y cuando salga bien de ello, no he hecho nada. No se ha de poner un hombre en peligro que no le importa mucho; defenderse del peligro, es de hombres, y ponerse en él es de brutos. El temor es guarda de la vida, y la temeridad es correo de la muerte. ¿Qué honra ó provecho se puede sacar de matar un buey, cuando se haga por ventura, sino tener que pagar á su dueño? Si yo puedo estar seguro, ¿por qué tengo de poner mi seguridad en peligro? Con todo esto que yo dije, él se quedó haciendo piernas, y yo con las mias me puse lo más presto que pude detrás de la esquina. Venia por la puente delante una mula con dos cueros de vino de San Martin, y un negro atasajado en medio de ellos, y aunque venia un poco apriesa delante de los bueyes, con el ímpetu que venian, por la priesa que los vaqueros le dieron, cogieron á la mula en medio al tiempo que llegaron á emparejar con mi negro hidalgo; la mula era maliciosa, y como se vió cercada de cuernos, comenzó á tirar puñadas y coces, de manera que arrojó al negro y á los dos cueros encima de la herramienta de un novillejo harto alegre, y que comenzando á usar de sus armas, arrojó el un cuero por la puente al rio en medio de muchas lavanderas. El hidalgo, por librar al negro, y defenderse á sí, puso mano á su espada, y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada uñas abajo, con que hizo al otro cuero dos claraboyas que alegraron harto á la gente lacayuna; pero no fué tan de valde, que no le trujese por delante, asido por las cuchilladas de las calzas, que de puro manidas, no pudiendo resistir á la violencia de los cuernos, se rindieron, y él quedó arrimado al guardalado de la puente, con algunos chichoncillos en la cabeza, diciendo: Si trujera las nuevas, buen lance habia hecho. En pasando la manada, que fué en un instante, acudieron los gentiles hombres guiones de la gente de á caballo, y acometiendo por los orificios de los ijares al cuerpo sin aliento, en un instante le dejaron sin gota de sangre.
... y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada uñas abajo con que hizo al otro cuero dos claraboyas.
Las lavanderas acudieron al que habia caido en el rio, cada una con su jarrillo, que llevando uno en las tripas y otro en la mano, le dejaron la boca al aire, y el señor cuero callar; al negro medio deslomado le pusieron sobre la mula, no sé lo que fué de él. Yo acudí á mi hidalgo, no á darle en cara el no haber seguido mi consejo, sino á limpiarle y consolarle, diciendo, que lo habia hecho muy como valiente hidalgo: que es yerro al afligido y corrido reprehenderle lo que no tiene remedio: con la reciente pesadumbre á nadie se ha de decir: bien os decia yo; que en el daño hecho es mala la correccion temprana: al que está compungido de su daño, no se ha de dar en cara lo que dejó de hacer, que él se tiene consigo la penitencia de su yerro; y en semejantes sucesos el empacho y vergüenza son castigos de la confianza. Él se puso muy hueco del consuelo que yo le dí en alabarle de su disparate, aunque se le echó de ver la confusion que tenia en el rostro. Con todo eso me agradeció lo que le dije, y para alegrarlo le mostré el estrago que los lacayos hacian en el cuero, y la alegría de las lavanderas, que le echaban mil bendiciones al novillo, rogando á Dios que cada dia sucediese lo mismo. Y en habiendo ellos y ellas concluido con dejar los pellejos sin alma, se tornaron á su costumbre antigua. Los lacayos á decir mal de sus amos y del gobierno de la República, y las lavanderas á murmurar de doncellas y religiosos. ¡Lastimosa cosa, que pasando toda la vida en pobreza, trabajo y miseria, con que pueden ganar á Dios la voluntad, vengan á hallar alivio y descanso en los brazos de la murmuracion! Que es tan poco humilde nuestra naturaleza, que ordinariamente la pobreza se rinde á la envidia, como si el arrepentimiento de las partes suspendiese de sola la diligencia humana, sin órden de la voluntad divina, y que se aborrezca por cosa infame, lo que tanto amó el Autor de la vida. Los pobres son piadosos para otros pobres; pero no para los ricos, y si considerasen con los ojos del alma, cuánto más cargados de obligaciones y cuidados están los ricos que los pobres, sin duda no trocarian su suerte por la del rico; que al rico todos procuran derribarle, y al pobre nadie le tiene envidia: y con todo eso su mayor consuelo es murmurar del que ven acrecentado ó en mejor estado que el suyo; pero dejemos ahora á los lacayos gobernar el mundo, y á las lavanderas aniquilar y deshacer lo mejor que hay en él. El hidalgo, aunque algo desabrido del suceso, con grandes veras me comenzó á persuadir que fuese con él, yo á considerar si me estaba bien; porque cuanto á lo primero yo echaba de ver que el andar vagamundo y ocioso era cosa perniciosa para conservar la reputacion y sustentar la vida, que aunque es así que la ocupacion cansa el cuerpo, y la ociosidad fatiga el espíritu, y el que trabaja piensa en lo que hace de bien, y el ocioso en lo que puede hacer de mal; gracia del cielo es menester para que el ocioso se ocupe en cosas de virtud, y mucha fuerza de mala inclinacion, para que el ocupado se ejercite en el vicio. Muchas veces oí decir al Doctor Cetina, gran juez, que aborrecia las ocupaciones de su oficio, por no saber faltas agenas, y por otra parte las deseaba por no estar ocioso. Cuanto á lo segundo, consideraba que no era cordura salir de Madrid, á donde todo sobra, por ir á una aldea, donde todo falta; que en las grandes Repúblicas el que es conocido, aunque anochezca sin dineros, sabe que el dia siguiente no ha de morir de hambre. En los pueblos pequeños en faltando lo propio, no hay esperanza de lo ageno: el perro que no es de muchas bodas siempre anda flaco. Si el conejo tiene dos puertas en su vivar, puede salvarse; pero si no tiene más de una, luego es cazado. El hombre que no sabe nadar, en un charco se ahoga; pero el que sabe entrar y salir en la mar, no se anega. Lo tercero, veia tan inclinado al buen hidalgo á llevarme consigo; y á mí tan agradecido á quien me quiere bien, que no sabia negárselo, que el agradecer el amor y las buenas obras es de pechos nobles, y la ingratitud de tiranos: el que no agradece no merece tener amigos: nada tienen los hombres que no sea recibido, y así desde nuestro nacimiento habemos de comenzar á agradecer. Tras de todo esto consideré mi estado, y la obligacion natural que tengo á mí propio. El buen hidalgo era no muy rico, y de sus acciones descubria estrecheza de corazon; no parecia liberal; pobreza y miseria en un sugeto, aunque son para en uno, no quiero que sean para mí; yo naturalmente soy enemigo de la escasez, y aun creo que la misma naturaleza le aborrece, siendo como es pródiga en dar; y á este hidalgo se le echaba de ver, que no era escaso por pobre, sino por inclinacion: pero con todo eso me aventuré á no negarle lo que me pedia. Fuíme con él á casa de cierto título, con quien profesaba parentesco ó amistad; porque él tenia necesidad de algun regalo, por las burlas que le habian pasado con el novillo, y en entrando dijo á un despensero de la casa que me regalase: él entendió sin duda que no me regalase, y así lo hizo; de manera, que de pura dieta casi se me vino á juntar el pecho con el espinazo. Era ya tarde, y mostróme el dicho despensero un tinelo donde comian los criados más importantes de la casa, como son gentiles-hombres y pajes. Llegóse la hora de cenar, y el tinelo estaba más escuro que la última cubierta del navío. Entró cierto galancete, aunque no alto de cuerpo, de razonable talle, trigueño de rostro, ceja arqueada, casi de hechura de mariposa de seda, buena espedicion de lengua, pocos conceptos y muchas palabras, más lleno de hambre que de hidalguía: y como vió tan lóbrego el aposento, dijo: Ola, trae aquí velas. Vino un pícaro, con más andrajos que un molino de papel, con un cabo de vela portuguesa, é hincóla en un agujero de la misma mesa tinelar, que si no tuviera nudo la madera, la hincara en la pared. Pusieron en ella unos manteles desvirados, que parecian delantal de zurrador. Sacó aquel galan una servilleta de la faltriquera, no más limpia, pero más agujereada que cubierta de salvadera, y por gran cosa dijo: Más há de veinte años que la tengo conmigo, lo uno por no ensuciarme con estos manteles; lo otro, porque me la dió cierta señora, que no quiero decir más. Pusiéronles á cada uno un rábano, cuyas hojas fueron la ensalada, y el rábano el sello estomatical. Yo les dije que estaban seguros de la fatigosa pasion de orina, así por el uso de las hojas, como por la templanza en la comida, que no les dieron á cenar, sino unos bofes salpimentados con hollin y salpimiento. Respondió aquel entonadillo: Siempre en casa de mis padres oí alabar esta virtud de la templanza, y por haberme criado con ella, soy templado en todas mis acciones. Si no es en hablar, dijo otro gentil-hombre. Prosiguió, que los hidalgos tan honrados y bien nacidos como yo, no se han de enseñar á ser glotones, que no saben en lo que se han de ver, en paz ó en guerra.
No se halla que mi padre comiese más de una vez al dia, y con mucha templanza, (si no era cuando le convidaba el Duque de Alva, grande amigo suyo, que entonces comia más que cuantos habia en la mesa), era muy gran cortesano, tan discreto y decidor, que entretenia solo á una sala de gente, pero con todo eso nos dejó muy pobres. No me espanto de esto, dije yo, que el caudal eran palabras y la resulta sería viento: que cuando el hablar no se acompaña con el hacer, como se queda en la primera parte, nunca se ve el fruto de la segunda. La dulzura y gracia de la lengua satisface tanto á su dueño, que todo se va en vanagloria para sí, y detraccion para los demás. Y en resolucion, la lengua es la más cierta señal de lo interior del alma, que la mucha locuacidad no deja cosa en ella que no eche fuera. Á todo esto, yo esperaba mi cena, que segun se tardaba, me parecia que servia ya en palacio. Asomó mi despensero con un platillo de mondongo, más frio que las gracias de Mari Ángela. Tomélo y despedacélo, que no habia con qué cortarlo; y al olor que subió de tripa mal lavada, dijo aquel hablador: En viendo este género de comida, siento un olor ambarino que me consuela el alma, porque lo comíamos siempre en mi aldea hecho con las manos de una hermana mia, que si no fuera por unos cabellos más rubios que el oro, que se le caian encima, lo podia comer un ermitaño. Á mí me olió de manera, que deseaba que el pícaro me lo quitára de delante, y convidéle á aquel hidalgo con él, diciendo que habia cenado; él lo probó y aprobó, y alabando el picante de la pimienta y cebolla, y la limpieza de las manos que lo habian hecho, se acabó junto con el cabo de vela. Comenzó este á decir: Pícaro, trae aquí velas. ¿Cuáles velas? preguntó el pícaro, váyase á pasear, y deje las velas. Á fé de hidalgo, dijo aquel gentil-hombre, que os tengo de hacer quitar la racion. Eso fuera, dijo el pícaro, si me la hubieran dado, pero la que no se ha dado, mal se puede quitar; que como sabe, há más de cuatro meses que no se da racion en esta casa. Oh villano, dijo el otro, deshonra buenos; ¿y tal has de decir? Los mal nacidos como éste infaman las casas de los señores, que no saben tener paciencia ni sufrir un mal dia; luego echan las faltas en la cara; no se contentan con el respeto que les tienen por servir á quien sirven; mal calláredes vos lo que yo he callado, y sufriérades lo que yo he sufrido, y hubiérades hecho lo que yo he hecho, supliendo sus faltas, gastando mi hacienda, prestando mi dinero, y diciendo muchas mentiras por disculpar sus descuidos. Los bien nacidos tienen consideracion á las muchas obligaciones de los señores: si hoy no tienen, mañana les sobra y pagan junto lo que no dan por menudo. Señor, dijo el pícaro, yo no tengo las inteligencias que vuesa merced que se va á las casas de juego. Atajóle de presto el gentil-hombre, diciendo: Es verdad que yo juego de ordinario, que aún no há más de esta tarde, que gané dinero y ciertas joyuelas y una cadenilla de oro. ¿Pues cómo no tiene para velas? dijo el pícaro. Porque dí, respondió, todo el dinero de barato. No es mucho, dijo el pícaro, si es verdad esto, que de cuantas veces lo recibe le dé una. ¿Yo, pícaro? dijo el mozalvillo. Como su padre, respondió el pícaro. Mi padre, dijo el galan, tomábalo, porque se lo daban y lo merecia. Y vuesa merced, dijo el pícaro, porque lo pide y no lo merece. Á toda esta pendencia, y otra que se habia trabado entre dos pajes, sobre la antigüedad del asiento, estaba á oscuras el lóbrego tinelo, y yo espantado dije al mozuelo que callase y tuviese respeto, que á los que tienen oficio superior en casa de los señores, no se les habian de atrever de aquella manera. Déjelo vuesa merced, dijo otro gentil-hombre, que si el pícaro habla, por todos habla: que si jugando sentencia una causa que no sea en su favor, luego dice que lo hace porque le den barato. Fuera de ser el que nos ponga á todos en mal con el señor, congraciador general, y celebrador y reidor de lo que el señor dice, arcaduz de la oreja, manantial de chismes, estafeta de lo que no pasa en todo el mundo. Si dice algo, él lo celebra y quiere que se lo celebren todos: si otro dice ó hace algo bueno, lo procura derribar y deshacer; si malo, á pura risa lo persigue, y si alguno le parece que se le va entrando al señor en la voluntad, por mil caminos le descompone. Estas y otras muchas cosas le dije yo de mi persona á la suya con cinco palmos de espada. Cuando yo esperaba una grande pendencia, el habladorcillo dió una carcajada de risa, con que el otro se indignó mucho más, y dijo: ¿Luego no es verdad lo que digo? Y el otro con una risa falsa le dijo: Eso y mucho más es verdad: y vuesa merced sabe poco de palacio, que aquí el doblez y la ficcion están en su lugar: no hay verdad, sino lisonja y mentira, y el que no la trata no puede valer en palacio. Desde que nací me crié en él, y aunque mi padre me avisaba de esto mismo, nunca le ví medrar, sino cuando decia mal de algun ausente, que como sea dicho con donaire, como él lo decia, alegra el ánimo, endulza el oido, atrae la voluntad, y saca risa de los pechos melancólicos. Y llevárase el diablo, dije yo, á quien lo dice, y á quien escucha, y á quien incita á que se diga, y á quien tiene tan ruin opinion, y á quien lo consiente, pudiéndolo estorbar que no se diga. Y querer nadie hacer ley de su mala condicion y costumbre en las cosas de palacio, es yerro notable y digno de castigo, que todos estos son actos que tienen su principal descendencia y orígen de la antiquísima casa de la envidia. Pasion infame, engendrada en pechos que piensan que el bien ajeno ha de redundar en daño suyo, desnudos de partes y merecimientos, la cual envidia es la más perniciosa de todas; porque como tiene su fundamento en un pesar del bien ajeno, todo el tiempo que dura en aquel la prosperidad, dura en este la malicia, y sin tasa ni eleccion, porque el mismo en quien se halla tan abominable inclinacion, en todo se opone: al menor, porque no se iguale, y al igual, porque no le deje atrás, y al mayor, porque no le sujete. ¡Qué templado está á lo viejo! dijo el hablador. ¡Y qué destemplado está él á lo moderno! dije yo. Y prosiguió diciendo: ¿Entre los religiosos y religiosas, puede negarme que no son muy ordinarias las envidias sobre las elecciones de superiores, y oficios? Cuando las haya, que pocas veces las hay, dije yo, al fin son sobre cosas honradas, de mucha calidad é importancia para su Religion, y cada uno sigue el bando que más le parece conveniente para cosas de tanta substancia: pero en palacio, ¿sobre qué es la envidia, sino sobre unas calzas viejas que desechó el señor por más que viejas? ¿ó sobre hacerse secretario de lo que es público en la boca de todos? Pues quiero que entiendan los habladores y zizañeros de palacio, que ya con su argentería falsa pueden traer enlabiado al señor, en tanto que por la tierna edad se deja llevar de congraciadores, que al fin son descendientes de sangres alimentadas con virtud y valor de ánimo, y han de caer en la cuenta mejor que en el yerro, y conocer lo que es bien y mal, y premiarlo conforme á la intencion con que ha corrido. Preguntó aquel gentil-hombre: ¿Pues no ha de tener el Príncipe criados, que por la reputacion del señor sepan cumplir de palabra con los mercaderes, y entretener los acreedores á quien deben? Eso, dije yo, es lo que menos importa á los señores, porque los tales criados no mienten por entretener las trampas de los señores, sino por dilatar las que ellos hicieron á vueltas de ellos. Mas pregunto, ¿es forzoso que por estar un hombre ocioso y vicioso, ha de servir toda la vida, sujeto á las costumbres envejecidas de los que no pretenden más de vivir y morir, y por levantarse tarde y ejercitar la poltronería, han de estar todo el dia arrimados á la pared, como ánima de jiganton en puerta de taberna? Bien sé que no han de ser todos soldados, ni todos estudiantes, oficiales y sacerdotes, que servirse tienen las gentes de las gentes y los Príncipes de los hombres que sean hombres, que no profesan la adulacion por comer y holgar. Estudien, lean, aprendan algo de virtud, que no ha de ser todo congraciarse con el señor, derribando al uno, desacreditando al otro, y amenazando á aquél, y enfadando á todos. Sobre cosas que no tienen más calidad, ni cantidad, que comer y pasearse, y á la vejez contar historias, que ni las vieron, ni las leyeron, ni aun quizá las oyeron, que la necesidad los hace inventores. Ya se me iba desatando el frenillo contra la vida de palacio, como el estómago estaba desocupado y las partes orgánicas obraban más desenvueltamente, cuando entraron achas encendidas, alumbrando toda la casa, que sirvió la visita de que por una saetía entrase la luz á la mesa de los doce pages, y acudiendo cada uno á sus obligaciones, quedé tan solo, que pude desamparar las mias en el tinelo, y deslicéme lo más calladamente que pude sin despedirme de nadie, ni hablar palabra, volviendo de cuando en cuando el rostro atrás, por ver si me seguian por la cosa que habia hecho en el regalo mondonguil, que no comí, ni comiera, y en verme libre de aquel carnero de huesos mondos, entendí que me habia escapado de alguna mazmorra de Argel. Fuíme á mi posadilla, que aunque pequeña, me hallé con una docena de amigos que me restituyeron mi libertad, que los libros hacen libre á quien los quiere bien. Con ellos me consolé de la prision que se me aparejaba, y satisfice el hambre con un pedazo de pan conservado en una servilleta, y á la dieta con un capítulo que encontré en alabanza del ayuno. ¡Oh libros, fieles consejeros, amigos sin adulacion, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir, y centinelas para bien morir! ¿Cuántos hombres de obscuro suelo habeis levantado á las cumbres más altas del mundo? ¿Y cuántos habeis subido hasta las sillas del cielo? ¡Oh libros, consuelo de mi alma, alivio de mis trabajos, en vuestra santa doctrina me encomiendo! Reposé aquella noche muy poco, porque como el sueño, que se dió para descanso del cuerpo, se hace de vapores cálidos y húmedos que suben del estómago, y manjar al cerebro, y yo estaba casi en ayunas, fué tan poco mi sueño, que á las seis de la mañana estaba ya vestido. Santigüéme, y encomendándome al Autor de la vida, fuíme á un humilladero del bendito Ángel de la Guarda, que está de la otra parte de la puente Segoviana. El dia amaneció claro, y el sol grande, y de color amarillazo. Fuera de esto en un rebaño de ovejas que encontré cerca de la puente ví que los carneros se topaban unos con otros, y de cuando en cuando alzaban los ojos al cielo; eché de ver la tempestad que amenazaba al dia y díme prisa para volver pronto. Fuí á rezar, y en acabando llegó el ermitaño á mí, que me pareció ser hombre de buen discurso, y me dijo: No hará tan buen dia como hizo el del bienaventurado San Isidro, si se halló vuesa merced aquí. Sí me hallé, dije yo, y he conocido las mismas señales del mal tiempo, por donde este dia no se parecerá al otro. Cierto, dijo el ermitaño, que miré desde este alto, y se me representó con la mucha cantidad que habia de coches y carros, una hermosa flota de navíos de alto bordo, que me trujo á la memoria algunas que he visto en España y fuera de ella. En el mismo concepto, dije yo, estuve aquel dia que venia con un poco de gota, con el espacio y remanso que requiere tal enfermedad, y me acordé de la armada de Santander, que tan hermosa apariencia tuvo, y tan mal se logró. Llegando al medio de la puente me llamaron para subir en un coche dos caballeros del hábito eclesiástico, de muy gallardos entendimientos, acompañados de prudencia y bondad. Subí, y apenas estuve en el coche, cuando se alborotaron los caballos por una superchería que usó un hombre de á caballo con un hidalgo de á pié, de muy buena suerte, sobre haber sido estorbo para no hablar á su comodidad con una cuadrilla de cien mujeres que ocupaban un coche ageno, que en cogiéndole prestado cabe dentro todo un linage y toda una vecindad. Alborotada la flota carrozal, llegóse cerca de nosotros el autor de la pesadumbre, muy ufano de lo que habia hecho. Díjole uno de aquellos dos caballeros, Bernardo de Oviedo: Si fuera lícito á los hombres hacer todo lo que pueden, no se fuera vuesa merced riendo de la sinrazon que ha hecho. Respondió el otro: Vuesa merced no debe de saber qué cosa es ser enamorado. Á lo menos, dijo Bernardo, sé que el amor no enseña á hacer cosas ruines. Pasó acaso por allí el Maestro Franco con su mula, y dijo el agresor: No se desconsuele vuesa merced, que por lo menos ha granjeado la voluntad de doce mujeres, que con esa hazaña y doce pasteles de costa, irán á decir que vuesa merced es un Alejandro y un Scipion. ¿Huélganse conmigo, dijo el valiente? Pues vive Dios que si no fueran clérigos habia de pasar el negocio adelante. Pues por eso, dijo el Maestro Franco, lo hizo Dios mejor, que sin quedar vuesa merced descomulgado nos ha dado harta materia para reir.
Á todo esto estaba muy colérico cierto gentil hombre que iba allí, de buena conversacion y poca substancia, y dijo: ¿Es posible que ha tenido aquel hidalgo paciencia para no vengarse de su agravio, aunque le hicieran pedazos? ¿De cuál agravio? dijo Bernardo. Él anduvo muy bien en no hacer diligencia donde no habia de aprovechar, y los agravios que no caen sobre materia, no tocan á la honra, ni aun á la ropa, si bien perturban el ánimo. Jugando suelen decir mil disparates los que pierden, como decir: cualquiera que se huelga que pierda, miente, y es un cornudo. Háse de reir de esto, porque nadie dió materia para la desmentida, y llámase materia la ocasion de agravio hecho con palabras, ó con obras, sobre que caiga la venganza. Si dándole á un jumento de varazos, le alcanzan á dar á un hombre, ó si jugando al mallo ó á los trucos le aciertan á dar un palo, no tiene de qué sentirse, porque aquel agravio no cayó sobre materia, y la paciencia en semejantes casos arguye mucho valor de ánimo. Ea, señor, dijo el otro, que la paciencia en tan notorias injurias descubre pocos hígados en quien ordinariamente la tiene. Por tres cosas, dijo Luis de Oviedo, tiene un hombre paciencia notable, ó por no entender bien las cosas del mundo, ó por templanza natural de condicion, ó por virtud adquirida de muchos actos; y el que sin estas tres cosas sufre injurias que no puede remediar, manifiesta invencible ánimo para ellas, y menosprecio para quien las hace. Al tiempo que acababa esta conversacion con el ermitaño, ví todo el cielo revuelto y turbado, fuíme á despedir para irme, y él me detuvo diciendo, que antes que acabase de pasar la puente me cogeria la borrasca: dentro de poco espacio fué tan grande la tempestad de truenos, relámpagos y rayos, que la creciente en menos de media hora casi vino á cubrir los ojos de la puente, y fué forzoso cerrar las puertas del humilladero, que combatidas del aire, hicieron mucho en no rendirse á su violencia. Mejor está vuesa merced aquí, dijo el ermitaño, que no en el camino. Qué mejor, dije yo, que estando en la casa del mismo defensor de nuestras almas y cuerpos, criado para eso de la inefable bondad del Eterno Padre; más bien guardados estamos que fuera de ella. Guarda á quien no solamente la heredad de Dios reverencia y conoce: pero aun la antigüedad, ciega de la lumbre de Fé, tuvo grande veneracion, dedicándole templos, y levantándole altares en nombre del génio, que así llamaban los antiguos al benditísimo Ángel Custodio. ¡Jesus, y qué contínuos é inciviles truenos! ¡qué gruesa piedra! ¡qué perseverancia tan grande! Desde que yo vine á Castilla, nunca entendí que fuera tan sujeta á tempestades tan desatadas como las que muchas veces he visto, que en mi tierra, por ser llena de grandes montañas muy altas y sujetas á la fuerza de los vientos, no es tan de admirar que se vean estos tan arrebatados turbiones, mezclados con vientos y granizo. ¿De dónde es vuesa merced? dijo el ermitaño. Yo, señor, respondí, soy de Ronda, ciudad puesta sobre muy altos riscos y peñas tajadas, muy combatida de ordinario de ponientes y levantes furiosos; de manera que si fueran los edificios como estos, se los lleváran tormentas. Nunca he sabido hasta ahora, dijo el ermitaño, de dónde fuese vuesa merced, aunque le conocí en Sevilla, y le comuniqué en Flandes y en Italia. Miréle con cuidado, y haciendo refleccion, conocíle, que habia sido soldado donde dijo; holguéme, y abracélo, y supe de él que se habia retirado á la soledad de los montes algunos años á servir á Dios, y por haber enfermado se vino á poblado, ó cerca de él, á pasar la vida eremítica, dándole á Dios lo que le quedaba. Aunque la furia del argavieso no duró más de una hora, el agua que tras él se siguió duró sin cesar hasta el dia siguiente, con furia de vientos deshechos. El buen ermitaño se halló con carbon, encendió un brasero, é hízome quedar á comer con él, de lo que Dios le habia enviado por mano de gente muy devota, de que hay mucha abundancia en Madrid.