VICENTE ESPINEL Y SU OBRA.
I.
La nueva edicion de las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon, del maestro Vicente Espinel, que, ilustrada por el lápiz de Pellicer y el buril de Páris, Martin, Carretero y Pannemaker, ofrece hoy al público curioso la empresa que saca á luz en Barcelona la Biblioteca apellidada Arte y Letras, ocupa el número onceno en el órden cronológico de las que de esta obra, tambien inmortal española, se han hecho hasta ahora en castellano, desde los felices dias de su ingenioso autor. La primera, la más clásica de todas por el lujo y tono de sus formas tipográficas, fué la de Juan de la Cuesta, dada en Madrid á la estampa á principios de 1618. Es libro tan perfecto que ni una sola errata halla en sus páginas el más prolijo corrector. Juan de la Cuesta, al final de la Segunda parte de las comedias, de Lope de Vega Carpio, publicada en el mismo año, y en nota relativa al auto del Consejo de Castilla, prohibiendo introducir en el reino las ediciones fraudulentas de los libros castellanos que, al punto que en Madrid aparecian, eran reimpresos en la capital de Cataluña, en la de Aragon y áun en Navarra, hizo constar que por esta sola licencia habia dado al autor cien escudos de oro: precio por aquel tiempo desconocido para una obra de imaginacion. El acuerdo del Consejo no evitó que en el mismo año se hicieran en Barcelona otras dos ediciones del libro de autor á la sazon tan famoso; las de Jerónimo Margarit y Sebastian de Cormellas: patentizando del mismo modo la inmensa reputacion literaria que Espinel disfrutaba por Europa la traduccion francesa que Vital de Audiguier, señor de la Menor, en Rovergue, se apresuró á arrojar en Paris á las prensas de Petitpas, el mismo año de 1618, segun Brunet[1]. No terminó el siglo XVII sin otras dos distintas ediciones castellanas: la cuarta, que Pedro Gomez de Pastrana costeó en Sevilla en 1641, y la quinta, dedicada en Madrid por el impresor Gregorio Rodriguez, en 1657, al Sr. D. Juan Bautista Berardo, Tesorero general del Real Consejo de las Indias.
Rivera Valenzuela en los Diálogos de memorias eruditas para la historia de Ronda, no sólo manifestó que en su concepto se habian agotado ya hasta su tiempo doce ediciones españolas del Márcos de Obregon, sino recordó haber oido á su padre D. Bartolomé, cuya vida corrió de 1685 á 1746, que en su primera edad todos los niños llevaban este libro á las escuelas[2]. Confieso no haber sido tan feliz como el autor referido en el numeroso hallazgo de tan profusas ediciones; y aunque á la segunda parte de lo que Rivera afirma, conspira á dar cierta probabilidad de certeza la circunstancia de ser muchos los ejemplares antiguos, principalmente de la edicion de Juan de la Cuesta, encontrados con rótulos manuscritos que acreditan haber pertenecido á personas que al poseerlos se hallaban recibiendo alguna instruccion, con todo ni las tiradas por aquel tiempo eran tan abundantes, ni las ediciones tan repetidas, que se brindasen á aceptar lo propuesto por Rivera Valenzuela como artículo de fé. En la Biblioteca Nacional de Madrid consta un ejemplar que, despues de haber pertenecido á Jerónimo de Salazar en el siglo XVII, era en 29 de noviembre de 1743 propiedad de Enrique Ruiz, paje de S. M. Otro que posee en su rica coleccion el librero Murillo, en esta córte, lleva tambien el reclamo manuscrito de su dueño, del mismo oficio que el anterior. No obstante manténgome en mi opinion, en la cual me corrobora el hecho de que durante todo el siglo XVIII, el Márcos de Obregon no fué reimpreso sino una sola vez, en Madrid, en 1744[3].
Desde la séptima edicion inclusive, todas las restantes son del presente siglo. Abrió la marcha en 1804 la salida en Madrid de las oficinas de D. Mateo Repullés, cuando con motivo de las Observaciones sobre el Gil Blas presentadas á la Academia francesa por el español Llorente[4], discutióse con cierto calor por toda Europa y áun por el lado de la América del Norte[5] acerca de la originalidad de la obra de Mr. Lesage y de los plágios hechos por el escritor transpirenáico á las de Espinel. Sobre esta edicion, que circuló mucho por aquel tiempo, se empeñó el Sargento Mayor Algernon Langton en su traduccion inglesa, publicada en Londres en 1816[6], y el erudito Ludwig Tieck en la alemana, que apareció en Breslau en 1827[7]. La octava española es la de 1851 y está contenida en el tomo XVIII de la Biblioteca de Autores Españoles de D. Manuel Rivadeneyra, habiendo sido en él coleccionada por el diligente académico D. Cayetano Rosell juntamente con el Quijote de Avellaneda, El Español Gerardo y la Fortuna vária del soldado Píndaro, de Céspedes y Meneses, Los tres maridos burlados, de Tirso de Molina, y El donado hablador, de Jerónimo de Alcalá. Finalmente los editores de las Obras, en prosa, festivas y satíricas de los más eminentes ingenios españoles, publicaron en las máquinas de Narciso Ramirez, en Barcelona, en 1863, otra vez más la produccion de Vicente Espinel, y áun otra últimamente en Madrid, en 1868, la empresa de la Biblioteca escogida, titulada Tesoro de autores españoles, con prólogo y biografía de D. Juan Cuesta Ckerner.—Tales son las diez ediciones españolas de las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon, y áun las tres extranjeras, que conozco y preceden á la actual.
II.
Los elogios de este libro han sido siempre idénticos; pues cuantos antes y despues, y dentro y fuera de España, se han ocupado de él, le han reconocido una misma importancia en nuestra bella literatura del siglo de oro bajo el cetro de los Austrias. Los primeros en encomiarlo fueron los contemporáneos del autor, aunque el Márcos de Obregon fué de las pocas producciones literarias que se dieron á luz en el siglo XVII sin precedencias de versos laudatorios, como entonces estaba al uso, sin duda para que los prosélitos de ultratumba que áun dos años despues de su muerte conservara Cervantes, el cual se habia mofado en las entradas del Quijote de aquella obsequiosa costumbre de la amistad ó de la admiracion, viesen que la obra de Espinel bastábase á sí misma para su propio crédito. No obstante, al censurarla de oficio, si el abad de San Bernardo, observando que tenia doctrina moral y pintaba con deleite, auguraba seria libro de mucho provecho y gusto, y el vicario y doctor D. Diego Gutierre de Cetina se extasiaba con su mucha moralidad y entretenimiento, Fray Hortensio Félix Paravicino, que tambien la graduó por órden del Consejo, no titubeó en declarar explicitamente que «de los libros de este género, que parece de entretenimiento comun, el Márcos de Obregon, es el que con más razon debe ser impreso, por tener el provecho tan cerca del deleite, que sin perjudicar enseña y sin divertir entretiene.» En cuanto al estilo, la invencion, el gusto de las cosas y la moralidad que deduce de ellas, el reverendo fraile trinitario calzado, natural de Madrid, aunque hijo del milanés D. Mucio, tesorero general de aquel Estado, entendia argüir bien la pluma que los habia escrito «tan justamente celebrada en todas las naciones.» Por último el padre maestro Paravicino concluia diciendo: «Á mí, á lo menos, de los libros de este argumento me parece la mejor cosa que nuestra lengua tendrá.»[8]
Bien que en el Índice expurgatorio de 1667 se mandase tachar y se tachara, en efecto, un breve pasaje perteneciente á la Relacion tercera, Descanso quince, del Márcos de Obregon[9], la opinion sobre las excelencias de la obra de Vicente Espinel perseveró conforme durante todo el siglo XVII. En ella insistió, entre otros, el canónigo magistral de la santa Iglesia de Barcelona D. Luis Pujol, cuando el obispo de aquella diócesis, D. Luis Sanz, le dió comision de examinarla de nuevo para las reimpresiones de Margarit y de Cormellas. Á Pujol pareció este libro «lleno de mucha gravedad de sentencias, con apacibles cuentos para un honesto y provechoso entretenimiento.» La escrupulosa estrechez de miras de la comision eclesiástica encargada del Índice expurgatorio nos es hoy bien conocida, y á ningun autor ha dañado á la larga el peso de sus censuras. Á Miguel de Cervantes se le mandó borrar del capítulo XXXVI de la segunda parte del Quijote, la sencilla proposicion de que «las obras de caridad que se hacen flojamente, no tienen mérito, ni valen nada.» En el Índice de 1667 aparecen prohibidas las ediciones del Lazarillo de Tórmes, anteriores á 1573, la Letanía Moral de Andrés de Claramonte, la Cárcel de amor de Diego de San Pedro, todas las obras de Fernan Perez de la Oliva, la traduccion castellana de los Triunfos de Petrarca, toda la edicion de la Historia Pontificial de Gonzalo de Illescas, hecha en 1573, el libro de la Veneracion de Miser Gaspar Gil Polo, las novelas de Bocaccio, el tratado manuscrito del P. Juan de Mariana titulado De regimine societatis, el Ramillete de flores divinas de Fray Pedro de Padilla y otras obras semejantes; á más del inmenso catálogo de las que se acordó cercenar. Por último en el ejemplar de las Rimas de Espinel, que, habiendo pertenecido al erudito Bölh de Faber, poseyó la Biblioteca Nacional de Madrid, donde fué por mí examinado hácia 1865, y que ha desaparecido despues, se encontraba al fól. 105 una nota manuscrita, letra de últimos del siglo XVI, en que á la cabeza de la epístola al marqués de Peñafiel, se leia: «Vedado por la Inquisicion y descomunion á quien lo leyere.» Y sin embargo, examinada aquella poesía, nada se encuentra en ella, como no se encuentra nada en el pasaje del Obregon que fué tachado, que repugne á la religion, y á las costumbres, ni que veje la fama del poeta.