El editor anónimo del Márcos de Obregon, en 1804, se propuso un doble objeto con la reproduccion que llevó á cabo, procurando á la vez refrigerar en nuestro público la aficion y el gusto hácia las obras de lo que podemos llamar en la literatura española nuestra antigüedad clásica. Nuestra literatura venia estando plagada, desde hacia un siglo, de traducciones francesas. Volver por los fueros del idioma patrio, tan humillado y maltrecho despues de tanto tiempo en que la esterilidad y el vasallaje literario nacional habian reducido nuestra capacidad á la mera tarea de importar al castellano todos los productos, buenos ó malos, de otra literatura exótica, aunque á la sazon tan en boga, y detener el torrente de las ideas ahora frívolas, ahora depravadas, ó cuando menos peligrosas, que por este medio se nos ingerian, pervirtiendo así los sentimientos puros y las costumbres sanas, como la imaginacion por la inercia aletargada y el habla por los extranjerismos corrompida, eran los dos dignos móviles de aquella publicacion. «Reune este libro en mi entender,—el editor á este respecto decia,—las circunstancias del precepto de Horacio, que es mezclar dulzura con utilidad, y ademas de contener graves sentencias de la mejor doctrina, expresadas con gracia y elegancia y con aquella pureza de lenguaje y castidad de conceptos, que él mismo recomienda, es un dechado de la vida humana para todas las situaciones en que podamos hallarnos con ejemplos curiosos de sus propios sucesos y de sus contemporáneos.»
La crítica sobre la obra de Espinel, aunque sin salir nunca del terreno de la retórica y de la moral, no ha dejado de tener sus progresos, como lo testifican las consideraciones hechas sobre el Márcos de Obregon por el Sr. Rosell en la edicion de Rivadeneyra y áun por el Sr. Cuesta Ckerner en la de 1868. Rosell compara el plan del Obregon con el del Lazarillo de Tórmes y el del Guzman de Alfarache, y encuentra su accion más completa que la del primero y más nutrida y rápida que la del segundo. Sin embargo para este analista el mayor mérito está en que, corriendo la narracion de la fábula inventada por Espinel sobre los sucesos de su propia vida, hasta el punto de que los más la confunden con una auto-biografía, pudiera hacer abundar en ella los brillantes recursos de la imaginacion y del ingenio, y lograra revestir con los insinuantes atractivos de la poesía la materialidad prosáica de una existencia real. Por otra parte Rosell conviene con todos los críticos en que «el Escudero Márcos de Obregon es una obra magistralmente escrita, llena de sábias máximas y advertencias morales, que aunque muy repetidas, gracias á su oportunidad y á la manera ingeniosa con que están amenizadas, se reciben y escuchan con agrado. El lenguaje, añade el académico analista, es puro y sencillo, y en las escenas que se describen no se advierte, como en otros escritores, el empeño de apurar ciertas situaciones peligrosas: lo cual, unido á un plan hábilmente dispuesto, y á una accion animada, que camina sin entorpecimiento, justifica los elogios que en todos tiempos se han hecho de esta composicion.»
La opinion de los comentaristas de Espinel, sobre el mérito del Márcos de Obregon, casi es menos importante que la de los que estudiándole en horizonte más amplio, en el del desenvolvimiento histórico de la literatura nacional, y relacionando con éste al autor y su obra, han tenido que darles dentro del vasto cuadro el verdadero término y relieve que á uno y á otra corresponde. Puede á la cabeza de estos ponerse el discreto Gil y Zárate, el cual colocando la obra de Vicente Espinel entre las novelas picarescas y de costumbres, no encontró otra de este género que se le adelantase en mérito, sino el Lazarillo de Tórmes, siendo muy superior á esta misma y á todas las demás, en que el Obregon ofrece menos truhanadas de las que constituyen la especialidad característica de este linaje de libros; en que abunda en buena moral, y en que á veces el autor introduce á su público en una sociedad más escogida que la que presta su escenario al mismo Lazarillo, al Guzman de Alfarache, al Gran Tacaño y las demás producciones de esta índole. Gil y Zárate halla ademas amenizada la narracion del Márcos de Obregon con cuentos y novelitas agradables, siendo su estilo puro, natural, fácil y correcto, sin resábios de afectacion ni mal gusto, por lo que aprecia á Espinel por uno de nuestros primeros prosistas[10]. El norte-americano Ticknor dedicó tambien al autor y á la obra noticia bastante individual, tanto por el mérito de uno y otra, cuanto por la grande atencion que confiesa llamó á los contemporáneos de Espinel la aparicion de su escrito. La síntesis de su juicio puede, sin embargo, condensarse en los siguientes conceptos:—«Contiene el Obregon, dice, bastantes reflexiones morales, cansadas y fastidiosas, aunque bien escritas, lo cual hace que la narracion de los engaños, maldades y picardías del héroe resalte más; pero aunque inferior al Guzman de Alfarache y al Lazarillo en diccion y estilo, les aventaja en accion y movimiento; los sucesos marchan con mayor rapidez y terminan de un modo más regular y acertado[11].» En otra historia literaria de España, su autor, Eugenio Baret, profesor de literaturas extranjeras en la facultad de letras de Clermont-Ferrand, considera las Relaciones de la vida y aventuras del escudero Márcos de Obregon como obra superior á las de Hurtado de Mendoza, Aleman y Velez de Guevara en el género picaresco, pues halla en las de Espinel más plan, más arte, mayor decencia y mayor gusto literario que en las de sus competidores[12]. Por último los escritores alemanes, que habian seguido las impresiones de Bouterweck[13], habiendo modificado sus juicios despues de los trabajos de Tieck, de Malsburg y otros, han rectificado algunos de los errores en que hasta llegó á incurrir en su Lexicon el sábio y concienzudo Ebert, y haciendo justicia al mérito del autor español, han proclamado el Márcos de Obregon por una de las más bellas producciones de la literatura española, aunque se hayan señalado algunos de sus lunares. Entran en este número la forma desigual con que, en sentir de Tieck, la obra está escrita; la conclusion que no corresponde á las esperanzas que el principio suscita, y finalmente el prurito que el autor muestra en convertir cada episodio de su novela en artículo de moral, á fin de evitar que el público crea que el escritor no se cuida sino de divertir á las gentes.
III.
Los defectos de que trata la crítica alemana, principalmente el último, nacian de la propia condicion de toda nuestra literatura de aquel siglo. Bajo el cetro de Felipe II, en que floreció el génio, todo en la sociedad española estaba predispuesto al órden, bajo el rudo principio de la disciplina, que es el carácter más relevante del progreso y de la educacion pública, y de la autoridad y de la subordinacion, que estrechan los vínculos de la nacionalidad. Dominaba en la literatura Horacio, que era la autoridad clásica, la autoridad tradicional, la autoridad de los antiguos; para las investigaciones de la moral y de la metafísica, reinaba la autoridad de los textos sagrados, de la Escritura y de los Santos Padres; para la política, el rey. No era solamente la Inquisicion la que imponia trabas á las licencias de la imaginacion y del pensamiento, sino el sentido público, las costumbres generales que prohibian á la mente humana dilatarse en aquellos asuntos que no se podrán nunca examinar sin peligro. Sin embargo, no promovian quejas semejantes limitaciones, que se respetaban sin esfuerzos, tanto más cuanto que no por eso faltaba á la fantasía y áun á la reflexion seria y madura, extenso campo donde vaciar sus obras, como lo justifican las de nuestros filósofos y místicos, juristas é historiadores, médicos y matemáticos, novelistas y poetas. ¿No es, por ventura, completo en todas sus partes el cuadro de nuestro movimiento intelectual en la monarquía de Felipe II? Aquella literatura, diametralmente opuesta en sus tendencias y caracteres á la del dia, era propia de una sociedad sana y tranquila y de unos escritores probos é ingénuos, que no proponiendose por tema constante de sus producciones hacer la felicidad pública, ni dirigir los gobiernos y los pueblos, como hoy acontece en el libro, en el teatro, en la cátedra, en el foro, se contentaba únicamente con deleitar sin corromper. ¿Llena este objeto la donosa narracion de las Aventuras del escudero Márcos de Obregon? La opinion unánime de los críticos, que dejo apuntada, elocuentemente lo acredita.
Pellicer en la Vida de Cervantes ha querido encontrar el orígen del Márcos de Obregon en un movimiento de emulacion del anciano maestro hácia el génio divino del autor inmortal del Quijote. Preciso es confesar que el diligente biógrafo no ha dado pruebas bastantes de lo que aseveraba, sino meras conjeturas que bien pudieran estrellarse en la nocion que tenemos de la amistad y el respeto recíproco que en vida uno y otro se profesaban. En el Canto de Caliope, en el Viaje y en la Adjunta al Parnaso no sólo habia Cervantes celebrado el raro estilo en que Espinel llevaba el cetro, y su envidiable capacidad ya con la pluma, ya con la lira, sino que haciendo mérito de los viejos afectos que con él le unian, en la Adjunta cariñoso exclamaba:—«Al famoso Espinel dará vuesa merced mis encomiendas, como á uno de los más antiguos y verdaderos amigos que yo tengo.»—Á su vez Vicente Espinel en la Casa de la Memoria, le habia rendido análogo tributo, reconociendo que ni la desgracia, ni el mar, ni el cautiverio pudieron evitar al vuelo colosal de Cervantes tocar las altas cimas de la gloria. Por otra parte, en las realidades de la vida, los dos simultáneamente confluian á la proteccion misericordiosa del cardenal arzobispo de Toledo, D. Bernardo de Sandoval y Rojas, de quien Salas Barbadillo en la dedicatoria de La Estafeta del dios Momo descubrió recibian uno y otro pension contínua «para que pasasen su vejez con menos incomodidad.» ¿Es presumible siquiera que Espinel pretendiera aquel favor por el camino de una envidiosa rivalidad, como Pellicer deja entrever en la alusion á los escuderos pedigüeños y habladores de que en la dedicatoria al prelado hablaba cuando decia:—«No será Márcos de Obregon el primer escudero hablador que ha visto V. S. Ilma., ni el primero que con humildad se ha prostrado á besar el pié de quien tan bien sabe dar la mano para levantar caidos?» Por Zoilo que Espinel fuese, y en que Cervantes lo estimara, lícito es creer que Pellicer necesitó una gran fuerza de sutil suspicacia para notar la malicia en las palabras apuntadas, y mucho más para sorprender una alusion del escudero Márcos de Obregon al escudero Sancho Panza. ¡Eran muy distintos escuderos! Ademas cuando Espinel ponia su dedicatoria á los pies del cardenal Sandoval, hacia tiempo que acerca de lo de Zoilo inválido, Lope de Vega ya habia escrito al Duque de Sesa, su Mecenas:—«Merece Espinel que V. E. le honre por hombre ingenioso en el verso latino y castellano, fuera de haber sido único en la música: que su condicion ya no será áspera, pues la que más lo ha sido en el mundo, se templa con los años ó se disminuye con la flaqueza.»
Espinel fué el primero en descubrir lealmente el fin que se habia propuesto para escribir su Obregon:—«El intento mio, dice, fué ver si acertaria escribir en prosa algo que aprovechase á mi república, deleitando y enseñando, siguiendo aquel consejo de mi maestro Horacio; porque han salido algunos libros de hombres doctísimos en letras y opinion, que la abrazan tanto con sola la doctrina que no dejan lugar por donde pueda el ingenio alentarse y recibir gusto, y otros tan enfrascados en parecerles que deleitan con burlas y cuentos entremesibles, que despues de haberlos leido, revuelto, aechado y aun cernido, son tan fútiles y vanos, que no dejan otra cosa de sustancia ni provecho para el lector, ni de fama y opinion para sus autores.» Por si esto no es bastante, Espinel añade:—«Yo querria en lo que he escrito que nadie se contentare con leer la corteza, porque no hay en todo mi escudero hoja que no lleve objeto particular, fuera de lo que suena.»—Difícil es apreciar, con tres siglos de distancia por medio y una absoluta carencia de toda historia literaria, todo lo que mediante esta advertencia haya en el Márcos de Obregon de circunstancial, local y adecuado á la época en que se dió á la estampa. La crítica no puede ya apreciarlo, desprovista de los necesarios antecedentes, sino en lo que la obra de Espinel tiene de universal, de perenne, de eterno. Reducirla al estrecho círculo de las circunstancias en que apareció, no es ya posible, cuando con bizarro empuje ha logrado dominar los límites del tiempo, abrirse paso en la atencion de otras generaciones, y difundirse hasta romper las barreras de los idiomas extraños. Es preciso, pues, considerarla, y así los analistas precedentes la han considerado, como monumento de una literatura universal.
¿Y quién duda que llena todas sus condiciones de una manera brillante? No es el Márcos de Obregon una novela moderna que analiza, sino una narracion por exceso subjetiva, en que el autor, haciendo el protagonista, aunque con supuesto nombre, desarrolla la trama indeclinable de una existencia real luchando con la naturaleza, con la sociedad y los obstáculos civiles. En vano será buscar en ella esa variedad de caracteres que el arte agrupa con maña, no como los produce la naturaleza; en vano las agitaciones de la pasion que la musa trágica del drama exalta y acumula para producir los cuadros de negra tristeza que dan á la vida un tinte patético de desesperacion y romanticismo: ni siquiera el autor se propone sistematizar la desgracia, de manera que persiguiendo sin descanso y bajo todas las formas á una misma víctima, resulte la existencia sometida al despótico yugo de una ley fatal eterna é inexorable. El escudero Márcos de Obregon es un tipo comun, que en medio de la sociedad tradicional antigua, se adelanta á la figura del hombre de nuestras democracias modernas, donde los triunfos sobre las adversidades contingentes de la vida real se gradúan por los triunfos que sobre cada individuo alcanza su propia voluntad, su propio albedrio, sin necesidad de sacarle de otra escena que de la ordinaria en que la existencia se desenvuelve, ni de hacerle remontar con plumas de Ícaro á las cimas de mitológicos heroismos. Gira, pues, el interes de la obra entre la observacion constante de la vida y la leccion fecunda de la experiencia; no estudia al hombre, como debe estudiarle quien se propone dictar preceptos; tiende en su fondo y en su forma á una contínua perfeccion, hasta hacer desear la paz de una existencia laboriosa, modesta y solitaria; de este modo, siendo una narracion, aunque ingeniosa, siempre sencilla, hallándose sus episodios todos solícitamente sometidos á la enérgica ley de la realidad, pasma y asombra la portentosa flexibilidad de un talento que ha sabido bordar de pensamientos profundos las fruslerías pueriles del estudiante sin libros, las trivialidades inocentes del calavera sin aventuras, las empresas solitarias del soldado sin batallas y los egoismos sin objeto del corazon sin hogar y del espíritu sin familia. Espinel quiso en el Márcos de Obregon realizar una obra superior á los ensayos brillantes de su juventud, y no puede negársele la categoría de un talento original. Por eso cuando algunos creyeron pudiera incurrir en el hastío de tantas insípidas producciones, como diariamente acometian los serviles imitadores del Lazarillo de Tórmes y del Guzman de Alfarache, viósele elevarse con propio vuelo sobre el nivel de sus rivales, y la crítica de su siglo, representada por la voz pujante del reverendo Padre Maestro Fray Hortensio Félix Paravicino, declaró, como antes he consignado, que de los libros de este argumento, las Relaciones de la vida del escudero Márcos de Obregon son la mejor cosa que nuestra lengua tendrá. Esta opinion persevera insistente despues de tres siglos, y en ella estriba la secreta razon de por qué se ha propagado por uno y otro continente, se ha traducido al frances, al ingles, al aleman y se han multiplicado hasta aquí y aún se multiplican hoy dia sus ediciones.
IV.
Bajo otro aspecto ha sido considerado tambien este libro, cuya importancia no declina: como probable auto-biografía de Espinel, sobre el cual la biografía hasta ahora no ha prodigado sino atroces temeridades. Los primeros errores que se cometieron en este punto los inspiró el celo excesivo del buen deseo. Casi á fines del siglo último la vida de Espinel era absolutamente desconocida hasta por sus más entusiastas admiradores. No se tenia ningun dato seguro sobre el lugar ni la fecha de su nacimiento. Se ignoraba dónde, en qué año, de qué edad, en cuál grado de la fortuna habia muerto; todo el resto de su vida se ocultaba en el misterio. Una frase de Lope de Vega en el Laurel de Apolo le hizo concebir nonagenario y pobre. Un rondeño distinguido, Cristóbal de Salazar Mardones, secretario del Consejo de Italia en la seccion de Sicilia, no habia podido hacerse en 1642 de un ejemplar de las Rimas, impresas en 1591. Nicolás Antonio, en su Bibliotheca Hispana nova, equivocó en diez años la fecha de su fallecimiento. Otro rondeño antes citado, Rivera y Valenzuela, en 1766, fué cómplice de don Cristóbal de Medina Conde en retrasar otros seis años la de su venida al mundo, y á la vez propagó una porcion de datos no menos inciertos, que sin embargo se tomaron despues por base de la biografía. Tratando de trazarla Lopez de Sedano en 1770, en el tercer tomo del Parnaso Español, poco dijo, y eso poco plagado de inexactitudes, por osar deducir ad libitum los datos históricos de Espinel de la lectura poco meditada de sus obras poéticas. Mas crasos errores, y con no menos buena intencion divulgó de 1787 á 1799 Lopez de la Torre Ayllon y Gallo, primero en su correspondencia con el presbítero de Ronda, don Jacinto José de Cabrera y Rivas, y despues con el bosquejo biográfico que insertó en la Coleccion de españoles ilustres, pretendiendo formar tambien el pedestal de la figura del escritor sobre las revelaciones literales del Márcos de Obregon, de donde surgió y se arraigó la idea de que esta era la auto-biografía antedicha. Entre tanto los historiadores y los críticos así propios como extraños, tomando por puntuales las noticias autorizadas desde publicaciones casi oficiales, extendieron la fábula como nocion de la verdad tocante á la vida del poeta, y fábula es cuanto acerca de ella se lee en Sedano y Búrgos, Quintana y Gil y Zárate, Silvela y Castro, entre los nacionales, y en Sismondi, Bouterwek, Ticknor, Tieck, Algernon Langton, Baret, Michaud, Weiss, Bouillet, Höffer y por último en todos los Diccionarios biográficos, entre los extranjeros.