No puedo hacer aquí in extenso el trabajo documental que reservo para más propicias circunstancias: permítaseme, sin embargo, diseñar un simple bosquejo de la vida del maestro Vicente Espinel sobre la fe de mis investigaciones de veinte años y de los documentos reunidos por mi constancia y diligencia. El nombre del lugar de su nacimiento, Ronda, él lo acreditó en las portadas de sus libros, en las canciones á su patria y en las referencias directas del Obregon á su persona. En el libro II de bautismos de la parroquial de Santa Cecilia, al fólio 36 vuelto, consta la fe de su bautismo en 28 de diciembre de 1550, siendo sus padres Francisco Gomez y Juana Martin. Jacinto Espinel Adorno, en El premio de la constancia ó pastores de Sierra Bermeja, testifica que esta fué de familia de conquistadores. El mismo Vicente Espinel hace al primero oriundo de las montañas de las Asturias de Santillana, y añade que aunque con alguna hacienda la perdió en negocios infortunados. Tambien dice él mismo que su primera instruccion la recibió en Ronda, en las aulas del bachiller de la gramática Juan Cansino, el cual le enseñó á traducir no mal un epígrama latino y á componer otro, y con esto, un poco de música y saber callar, ya estuvo dispuesto en las primeras mocedades para que su padre, tratando de sacar fruto del talento que precozmente revelara, pusiérale al cinto una espada de Bilbao, en la maleta un ferreruelo de ventidoceno de veinte ducados, y con su bendicion y lo que pudo, que no debió de ser mucho, enviárale con un arriero á Salamanca, donde se hiciera famoso en los estudios. La salida de Espinel de Ronda para la Universidad maestra, coincidió con el segundo levantamiento de los moriscos de la sierra de Istan y los alistamientos y la leva de hombres, desde los 18 hasta los 30 años, que juntó para calmarlo el duque de Arcos, don Rodrigo Ponce de Leon: de este deber sólo estaban exentas las gentes de iglesia y los estudiantes.

La aparicion del nuevo escolar en Salamanca la acreditan los libros de matrícula correspondientes á los cursos de 1570 á 1571 y de 1571 á 1572, en los cuales se registra inscrito en la facultad de Artes. Las notas que obtuviera se han perdido con los libros de pruebas en donde constasen. En los de grados no se encuentra su nombre. En las inscripciones de matrículas se le nombra: Vicente Martinez Espinel, natural de Ronda, diócesis de Málaga. En el Obregon no se da ciertamente Espinel aires de opulento, ni áun de adelantado en sus estudios en la Universidad. Acerca de estos él mismo dice en el descanso XII de su primera relacion:—«Yo confieso de mí, que la inquietud natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon.» Respecto á los medios de su vida, añade en el mismo lugar:—«Estábamos despues de esto, tres compañeros en el barrio de San Vicente, tan abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y áun las daba, porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas, y áun dadas al diablo.» Aun así tuvo en 1572 que interrumpir los estudios, á consecuencia de haber cerrado y dispersado la Universidad el corregidor don Enrique de Bolaños, por los disturbios y encuentros de estudiantes que promovieron los bandos formados á causa de la prision y proceso del sabio maestro Fray Luis de Leon. Tenia á la sazon Espinel veintidos años, y emprendió á la apostólica, como él mismo dice, aquella peregrinacion hácia Ronda, su patria, visitando y deteniendose en Madrid y en Toledo, recibiendo en Ciudad Real los regalos y socorros de la monja doña Ana Carrillo, señora muy principal de los Villaseñores de Murcia y de los Maldonados de Salamanca, y tocando y descansando en varios lugares ricos de Andalucía.

Pocos meses despues de la llegada de Espinel al hogar paterno, unos parientes de estos, algo hacendados, Bartolomé Martinez Labrasola y Catalina Martinez, cónyuges, y la última hermana de Juana Martin, se resolvieron á fundar capellanía de una parte de sus bienes, «nombrando por primer capellan á su sobrino Vicente Martinez Espinel, hijo de Francisco Gomez, porque es mancebo virtuoso de buenos padres y confiamos de su persona y virtud que la servirá muy bien,» segun textualmente reza la escritura de fundacion, cuya copia tengo á la vista, y que fué otorgada ante el escribano público Juan Gil Acedo en 3 de agosto de 1572. Consistian los bienes de esta fundacion en unas casas que los Martinez Labrasolas poseian en Ronda, barrio del Mercadillo, arrabal de la Puente y calle de las Peñas, con expresion de ser once moradas lindando unas con otras y en unas viñas de cuatro aranzadas del pago del mismo Mercadillo, cerca de la torrecilla de la dehesa. Tenian estos bienes un gravámen censual de 30,000 maravedis de principal en favor de don Pedro Ponce de Leon, de la casa ducal de Arcos, y despues de imponer al capellan ciertas obligaciones de su ministerio, se determinó el órden de la sucesion en ellos, debiendo recaer en el convento y religiosos de la Merced, cuando concluyeran estos llamamientos, como en efecto se acabaron en 1666. Influyó en 1572 en todas estas disposiciones un religioso de la redencion de cautivos, montañes de orígen, como el padre de Espinel, hombre en su siglo de sumos respetos así por sus grandes dotes personales, como por su mucho influjo y el de sus parientes en la córte de Felipe II, y que frecuentemente hacia largas residencias en el convento de Ronda, situado á la sazon en el lugar aún llamado la cruz de San Jorge, bien próximo por cierto á las moradas en donde Espinel debió nacer y su familia habitar. Llamábase este religioso Fray Rodrigo de Arce, y Espinel en sus Rimas le dedicó luego una de sus más bellas canciones. En las redenciones de África tenia una inmensa reputacion, y á Ronda trajo convertido desde Argel al hijo de Bocazan-bey, que tomó en la pila el nombre de don Diego de Arce, y que disfrutó de por vida una pension que le señaló el rey Felipe II, segun refieren Fray Alonso Remon y Bernardo de Vargas, cronistas de la órden á que Fray Rodrigo perteneció.

Tal vez el favor de éste colmó de valiosas recomendaciones á Espinel en su segunda expedicion á Salamanca. Aunque el poeta declara que esta vez pasó tres ó cuatro años (sólo fueron dos) en esta ciudad, y de que se le dió una plaza en los verdes de San Pelayo, hallándose de escolares en este colegio el que luego fué obispo de Valladolid, don Juan Vigil de Quiñones, y el consejero de la Inquisicion don Juan de Llanos y Valdes, la circunstancia de no aparecer más el nombre del poeta ni en las matrículas de la Universidad ni en los registros de San Pelayo, hace sospechar sobre la condicion de la plaza que en este colegio se le dió, de seguro más humilde que la posesion de una beca. Sin embargo, si hemos de creer á Lope de Vega en el Papel sobre la nueva poesía, de esta época datan las relaciones de amistad y compañerismo que Espinel mantuvo toda su vida con el marques de Tarifa, primogénito del duque de Alcalá de los Gazules, con otros títulos y grandes, como los Alba y los Girones, con Pedro de Padilla, caballero del hábito de Santiago, con Luis Galvez de Montalvo, que lo era de la órden de San Juan de Jerusalen, con don Luis de Vargas Manrique, con los Argensolas, con Pedro Liñan de Riaza, con Pedro Lainez, con Marco Antonio de la Vega, con el doctor Garay y últimamente con el jóven don Luis de Góngora y Argote, recien llegado de Córdoba. De estos, los que no presumian de caballeros, teníanse por hidalgos de renta y caudal, aunque estudiantes y poetas todos. ¿Fué que con ellos solamente lo introdujo su superioridad en la poesía, ó su habilidad, que Lope llamó repetidas veces única, en la música y el canto? Estas facultades le abrieron la casa de doña Agustina de Torres, en la cual, segun Lopez Maldonado, en la Elegía de su muerte, se reunian los más famosos músicos de la ciudad, el gran Matute, el celebrado Lara, el divino Julio, Castilla y otros.

V.

La ambicion y el amor sacáronle de Salamanca á vida más activa. Por órden del rey Felipe II formábase en el otoño de 1574 armada de más de trescientas velas y veinte mil hombres en el puerto de Santander. Por capitan general de ella iba el más intrépido marino que á la sazon tenia España, Pero Menendez de Avilés, el famoso adelantado de la Florida. Su mision permanecia secreta y reservada; bien que todo el mundo creyera fuese la primera invencible de Felipe II contra Isabel de Inglaterra. Era el almirante don Diego Maldonado, caballero de bonísimo gusto, de los de esta casa en Salamanca y algo pariente de linda moza que acaso á la sazon Espinel platónicamente cortejaba. Por todos estos merecimientos dióse al novel estudiante alférez la bandera del segundo capitan. Mas aquella escuadra portentosa no llegó á cumplir su destino. La peste la asedió en el mismo puerto, destruyéndola sus hombres, y entre otros cabos que murieron, hizo la muerte presa tambien del bizarro caudillo que habia de mandarla. Un viento de dispersion sopló por los escasos restos de los que habian quedado, y Espinel, aunque convaleciente de unas fiebres malignas, cedió á la inquieta condicion de su carácter, no tomando la vuelta hácia Salamanca, sino escapando por Laredo y Portugalete á la capital de Vizcaya; desde Bilbao á Vitoria, donde lo hospedó y mimó, un gran caballero y amigo suyo, don Felipe de Lezcano; desde Álava á Navarra, por visitar al condestable de la casa de Alba, de la cual ya comenzaba á recibir proteccion; de allí á Zaragoza, donde le obsequiaron los Argensolas y otros ingenios amigos, durante su larga estancia en la capital de Aragon, y despues de haber trafagado toda la Rioja, y visitado á Búrgos, vino á recaer en Valladolid y en el escuderaje del egregio conde de Lemos, don Pedro de Castro, gran amigo de la gente alegre de bizarro ingenio.

Cerca de cuatro años consumiéronse en esta vida, que á aquel robusto amparo tal vez se hubiera prolongado, sin la ocasion de la infortunada empresa del rey D. Sebastian de Portugal, á África, á donde fueron 5000 españoles en las 50 galeras con que le auxilió el rey Felipe II, á quien Lemos á su llamamiento acudió presuroso para servirle. «Víneme de Valladolid á Madrid, dice el mismo Espinel, y siguiendo la variedad de mi condicion y la opinion de todos, fuíme á Sevilla con intencion de pasar á Italia, ya que no pudiese llegar á tiempo de embarcarme para África.» En efecto, no llegó; quedóse en Sevilla al abrigo de ilustres camaradas, y en el largo año que residió en la ciudad del Guadalquivir hizo de su vida una contínua tempestad de desvanecimientos juveniles. Arrastró su musa por el lodo de la obscenidad y del sarcasmo; su vivo ingenio y sus músicas habilidades disipáronse entre los lupanares de Baco y Venus; púsose espada al flanco; echóla de valiente; suscitó pendencias; anduvo á cuchilladas y al ojo de la justicia y, como él mismo dice, comenzó á alear más de lo que le estaba bien, y áun tanto que el marqués de la Algaba, D. Luis de Guzman, que le amparaba, llegó á mostrarse reacio en su refugio, viéndole empeñado en tales causas que tuvo que tomar sagrado tal vez para evitar mayores inconsideraciones. No por eso faltáronle amigos: por tal se le declaró un jóven príncipe, tan gallardo de presencia, como amable de carácter, que vino por aquel tiempo á Sevilla á visitar á su tio el arzobispo D. Cristóbal de Rojas y Sandoval: llamábase él D. Francisco Gomez de Sandoval: llevaba por título el de marques de Dénia, y estaba destinado á representar en la política y el gobierno de España el papel más importante, bajo el de Duque de Lerma, con el que reconoce la historia al poderoso valido del rey Felipe III. Influia en la borrascosa conducta de Espinel por aquel tiempo la fiebre del despecho á causa del desengaño sufrido en aquellos amores puros, juveniles, risueños que comenzara en Salamanca, y Dénia descendió á mitigar aquel violento estado, favoreciendo á Espinel en sus necesidades y allanándole los obstáculos para alejarle del lugar de los combates de su espíritu, haciendo descubrir ante su mente aventurera los poéticos horizontes de Italia, sonrosados con la compañía y el favor inmediato del Duque de Medina-Sidonia, D. Alonso Perez de Guzman, á quien acababa de darse el gobierno de Milan, para donde él ya disponia el envío de ajuares y criados en un galeon arragocés[14], que se hacia á la vela para el golfo de Génova.

Surge, durante esta navegacion, una cuestion histórica, que hasta ahora ningun biógrafo se ha atrevido á abordar para darle una explicacion definitiva. Espinel, refiriendo los azares de aquel viaje, dice que habiéndose refugiado el galeon á la isla Cabrera y habiendo saltado alguna gente á tierra en busca de agua, fué con otros sorprendido por unos piratas africanos que los llevaron cautivos á Argel: narra luego prolijamente la vida y las vicisitudes del cautiverio, y por último, despues de mil lances novelescos la manera como preso el galeon de su amo cerca de las aguas de Mallorca por las galeras de Génova que gobernaba el Sr. Marcelo Doria, fué primero maltratado teniéndole por renegado tambien, luego reconocido por Francisco de la Peña, uno de los músicos de á bordo, presentado al general más tarde, y remediado y conducido á Génova, á casa del embajador Julio Espínola, que él habia tratado como amigo en Valladolid, y que juntamente con Marcelo Doria, le proveyó de dinero y cabalgadura para que se trasladase á Milan. Ó hay que aceptar como cierto en el Márcos de Obregon este episodio autobiográfico de Espinel, ó hay que negarlos todos. En ninguno el autor pone entre él y el lector mayor número de testimonios vivos: él cita las personas con abundancia, y es uno de los pasajes en que casi descubre que el nombre de Márcos de Obregon, adoptado para el protagonista de su obra, no es sino el pseudónimo bajo el que oculta el suyo verdadero. La glosa de las octavas cantadas á bordo y á cuya música suspiró, son de las más conocidas de sus canciones; él dice ademas: cantaron unas octavas mias. Peña lo denunció despues al general como autor de la letra y de la sonata. Y cuando el general le preguntó: ¿Cómo os llamais? y él le respondió: Márcos de Obregon; Peña se apresuró á rectificar diciendo:—Fulano (es decir Espinel) es su verdadero nombre, que por venir tan mal parado debe de disfrazarlo.

Cotejando los hechos en que Espinel refiere haber intervenido con las fechas de estos acontecimientos históricos, preciso es confesar que existe una perfecta, absoluta correspondencia sin que jamás se le sorprenda en el menor desliz: de modo que lo que narra lo cuenta, no como el contemporáneo que recuerda lo que ha oido, sino como el testigo que tiene presente y muy presente hasta el menor detalle de lo que ha visto. Á fines de 1578, en efecto, desembarcó en Génova; por Alejandría de la Palla, de donde era gobernador D. Rodrigo de Toledo, pasó á Milan, donde esta vez no se detuvo, continuando su marcha á Flandes, y yendo á parar al ejército que mandado por Alejandro Farnesio, príncipe de Parma, desde la muerte de D. Juan de Austria, disponíase á dar el asalto general de Maestrich, uno de los hechos de armas más grandiosos de aquella época militar. Allí encontró á D. Hernando de Toledo, el tio, y á D. Pedro de Toledo, marques de Villafranca, en quienes, como en todos los de la casa de Alba, la amistad á Espinel era cosa como del hogar ó de la sangre; allí al ingenuo caballero D. Alonso Martinez de Leiva, á quien el mar de Irlanda en 1588 abrió la tumba, al más dulce prodigio de las musas; allí, por último, á aquel bizarro príncipe Octavio de Gonzaga, casado con D.ª Sicilia de Médicis, en cuya morada en Milan y Mántua el poeta de Ronda habria de hallar luego la hospitalidad más noble y la proteccion más espléndida. Con solo repasar el libro de las Rimas se viene en conocimiento de lo que fueron estos príncipes para Espinel. Á D. Hernando de Toledo, el tio, dedicada está aquella Égloga, sublime, resúmen de la historia de sus amores con doña Antonia de Calatayud[15], en Salamanca y Sevilla; en las dos Canciones á los jóvenes consortes Gonzaga y Médicis, de la casa ducal de Mántua, se espresa la abundante felicidad que aquellos ilustres magnates derramaron con su favor en el alma de Espinel. Desde la rendida fortaleza del Brabante el poeta siguió á Octavio de Gonzaga en la vuelta para Milan, y aquí el generoso príncipe, con ocasion de la muerte y los funerales de la reina doña Ana de Austria, que en la capital de Lombardía se lloró con soberbias exequias, colmóle de honor, haciendo que á Espinel se le designase para las leyendas en verso castellano y latino que habian de adornar el túmulo levantado en la incomparable catedral para la fúnebre solemnidad en que él mismo celebró despues haber oido la palabra inspirada del santo arzobispo, Cárlos Borromeo, en el elogio póstumo de tal reina. Tambien los versos castellanos que entonces Espinel compuso forman parte de sus Rimas desde el fólio 100 al 103.

Aunque en los tres años, próximamente, que residió el poeta en Lombardía, quéjase de no haber disfrutado salud, ni de haber hecho en ellos cosa alguna literaria de importancia «por lo poco que entre soldados se ejecutan los actos del ingenio,» casi todas las composiciones que escogió despues para coleccionarlas, fueron escritas en Italia. Concurriendo allí diversas naciones de franceses, alemanes, italianos y españoles, él mismo confiesa que hubo de escoger el latin para entenderse. Por último, en el Descanso V, de la Relacion III, dice que en Milan concurria á casa de D. Antonio de Londoño, presidente de aquel magistrado[16], muy sabio en las artes filarmónicas, en cuya morada habia siempre junta así de excelentísimos músicos, como de voces y habilidades, donde se hacia mencion de todos los hombres eminentes de la facultad. «Tañian, añade Espinel, vihuelas de arco con grande destreza, tecla, arpa, vihuela de mano por excelentísimos varones en toda clase de instrumentos.» Todo esto revela que la permanencia de Vicente Espinel en Italia, lejos de ser perdida, fuéle muy provechosa, pues allí pudo perfeccionarse y perfeccionó de hecho sus facultades, como se notará más adelante, cuando en ellas veámosle encontrar el más sólido refugio de su vida. No dejó de luchar, sobre todo con la escasez, que fué el torcedor perpétuo de sus gustos mientras vivió; y en su propio testamento, hecho cerca de medio siglo más tarde, todavía debia acordarse de los apuros que pasó en Milan, cuando dictaba al escribano Juan Serrano:—«Item, declaro que debo en la ciudad de Milan, en Lombardía, veinte ducados á un mercader que se llama Ludovico Mato de Recto, de un ferreruelo de gorgueran que me vendió habrá tiempo de treinta y seis años, los cuales quiero que se le paguen, y si fuese muerto á sus herederos, y caso que no los haya el señor Maestro Franco se los diga de misas para sus almas.»