DESCANSO XVIII.

S

Saliendo de Málaga, me paré entre aquellos naranjos y limoneros, cuya fragancia de olor con gran suavidad conforta el corazon; y púseme á mirar y considerar la escelencia de aquella poblacion que así por la influencia del cielo, como por el sitio de la tierra, escede á todas las de Europa en aquella cantidad que su distrito abraza. Y estando en esta contemplacion, ví venir hácia mí una cosa que parecia hombre sobre una mula hablando entre sí á solas, con un movimiento de brazos, meneo de rostro y alteracion de voz, como si fuera hablando con alguna docena de caminantes. Volví la rienda á mi macho, picándole con toda la priesa posible, antes que pudiese llegar á mí, porque le conocí la enfermedad; que para huir de un hablador de estos querria tener, no solamente piés de galgo, sino alas de paloma; y si ellos supiesen cuán odiosos son á cuantos los oyen, huirian de sí propios. Que la locuacidad, fuera de ser enfadosa y cansada, descubre fácilmente la flaqueza del entendimiento, suena como vaso vacío de substancia, y manifiesta la poca prudencia del sugeto, y tiene tan buena gracia con las gentes, que jamás son creidos en cosas que digan, porque aunque sea verdad, va tan derramada, ahogada y desconocida entre tantas palabras, como el olor de una rosa entre muchas matas de ruda: son estos habladores como el helecho, que ni da flor ni fruta: son el raudal de un molino, que á todos los deja sordos y siempre él está corriendo. No hay toro suelto en el coso que tanto me haga huir como un palabrero de estos, y en resolucion no hay buen rato en ellos sino cuando duermen, como me sucedió en este, que por mucha priesa que me dí á huir, me alcanzó y saludó como el verdugo por las espaldas, y apenas le hube respondido, cuando me preguntó adónde iba, y de dónde era. Á lo primero le respondí, mas á lo segundo no me dió lugar á que le respondiese, y prosiguiendo me dijo: Pregunto de dónde es vuesa merced porque yo soy del reino de Murcia, aunque mis padres fueron montañeses, de un linaje que llaman los Collados. Á lo menos no callados: miréle mientras iba hartándose de hablar (si pudo ser) que tenia razonable cuerpo y talle, aunque era con un gran defecto que era zurdo, y queria parecer derecho. Que aunque la fealdad del zurdo es grande, tengo por peor la del que disfraza, ó quiere disfrazar la falta natural, porque arguye doblez y artificio en lo interior de la condicion; y siendo este género de hombres tan conocidos por este defecto, como los eunucos por el de las barbas, así quieren persuadir á que no lo son, como estotros á que no han llegado á edad de barbar, y los unos y los otros con querer negarlo, ó disimularlo, dan á entender cuán grande falta es, pues la niegan.

Este buen hombre, jugando de una y otra mano, y arqueando las cejas, que tenia grandes, con dos rayas entre ellas profundas, ojos aunque no pequeños, cerrados siempre que hablaba, como si con los ojos se oyera, y todo el rostro acabronado, quiero decir, libre, alto y desvergonzado; dijo mil disparates, á que yo nunca estuve atento, porque le conocí luego. Contó valentías suyas, á las cuales yo estuve tan atento, como á todo lo demás, de suerte que nunca me dió lugar para responderle á lo que me habia preguntado, hasta que habiendo andado dos leguas, como de tanto hablar habia gastado la humedad del celebro, labios y lengua, en una venta que llaman del Pilarejo, pidió un jarro de agua, y en comenzando á beber le respondí á su pregunta, diciendo: De Ronda. Quitóse el jarro de la boca, y díjome: Huélgome porque voy hácia allá de llevar tan buena compañía. Tornó el jarro á la boca, y mientras acabó de beber, le dije: Antes es la peor del mundo, porque no hablaré palabra en todo el camino. ¿Esa virtud del silencio, dijo, tiene vuesa merced? Será prudente y estimado de todo el mundo, que del poco hablar se conoce la prudencia de los sabios, que es una virtud con que un hombre asegura los daños que por su causa sola pueden venir. Yo no soy amigo de hablar: cuando dan tormento á alguno si no habla ni confiesa, lo tienen por valeroso, por haber callado lo que le habia de dañar. En un banquete, los callados comen más y mejor que los otros, y hablan menos, porque oveja que bala bocado pierde, aunque yo no soy amigo de hablar. El sueño tan importante para la salud y vida, ha de ser con silencio. Cuando uno está escondido, como suele suceder, en casa ajena, por callar se salva, aunque se le salga algun estornudo. Que el silencio es virtud sin trabajo, que no es menester cansarse con libros para callar. El callado está notando lo que los otros hablan, para echárselo despues en cara. Yo no soy amigo de hablar. Con estos disparates y otros tan materiales, iba alabando el silencio, y cansándome á mí y prosiguiendo con su inclinacion, dijo: Yo no soy amigo de hablar, sino por entretener en el camino á vuesa merced, que me parece hombre principal, voy aliviando el cansancio. Yo busqué mil invenciones para librarme de él, y seguir mi camino á solas: pero no fué posible dejarlo, y al fin le dije: Señor, yo tengo necesidad de apartarme á la mano izquierda, y pasar este rio, porque tengo qué hacer en Coin. ¿Pues por tan desconversable me tiene vuesa merced, dijo él, que no le habia de acompañar? Él prosiguió, y como no salió bien lo primero, fuíme divirtiendo con los ruiseñores, que nos daban música por el camino, admirándome de ver con cuánto cuidado se van poniendo delante de los hombres para que oigan la melodía de su canto, á veces llevando el canto llano con la quietud del tenor, y luego con la disminucion del tiple, convidando al contrabajo á que haga el fundamento, sobre que van las voces saliendo á veces sin pensar con el contralto. Concierto no imitado de los hombres, sino enseñado á los hombres, á quien sirven con gran cuidado de darles gusto, pues en la orilla de aquel rio, y en cualquiera parte que los haya, tanto con más escelencia usan de su armonía, cuanto más cerca se hallan de los hombres. Con esto pude disimular, y sufrir algun tanto la gotera y continuacion de este impertinente hablador, hasta que llegamos á una venta, donde fué forzoso comer. En acabando yo me hice enfermo, por quedarme sin él, mas él dijo: Juntos salimos de Málaga, juntos habemos de llegar á Ronda; que como yo callaba y él hablaba cuanto queria, le parecí bien para compañía. Víme cansado, atajado y molido; porque aunque confieso de mí que sé usar de la paciencia en muchas cosas, sé que no la tengo para oir hablar mucho y prolijamente, y así me determiné á usar del remedio contra los habladores, que es hablar más que ellos. En acabando de comer el buen hombre, estendiendo los brazos con un gran bostezo, comenzó á decir: Por aquí pasó el Rey Don Fernando y su gente, cuando despues de ganada Ronda vino sobre Málaga, y habiéndole faltado recursos, por los muchos gastos que se le habian recrecido, y por haber acosado á los pueblos circunvecinos con los contínuos rencuentros, trazas y estratagemas de que habia usado por ganar á Ronda, estuvieron dos ó tres dias los soldados sin recibir mantenimiento, por donde pensaron perecer de hambre. Yo le atajé con gran furia, diciendo: Y aun yo me acuerdo, que lo oí contar á mi bisabuelo, que habia traido de la campiña de los pueblos circunvecinos de cristianos de Ronda una gran manada de ganado de cerda, de que ahora hay más abundancia que en toda España, para mantenimiento del real: como se hubiese acabado ya todo el ganado vacuno, y quedasen algunos cochinos, mandó el Rey Católico que le guardasen una docena de ellos, y que por ningun camino tocasen á ellos, por ser grandes y largos, para casta. Como los soldados, gente sin paciencia, se veian perecer de hambre, y la provision que esperaban se tardaba, aunque estaban atrincherados, y cercados de enemigos de toda la Hoya de Málaga, donde por fuerza habian de vivir con recato; vieron dos ó tres camaradas que se habian desmandado los puercos hácia la espesura de estos árboles, por la ribera del rio, que como llevaban seguridad y salvoconducto, nadie tocaba á ellos. Acudió un arcabucero de la camarada, y por entre las ramas le encerró dos balas en el cuerpo á un cochino de aquellos. ¡Arma, dijeron todos, arma, enemigos, arma! Púsose todo el real en arma; los soldados arrastraron el puerco hácia su tienda, y metiéronlo entre la ropa de un baul. Acudieron á todas las partes por donde se podia temer flaqueza ó peligro, porque en semejantes ocasiones ninguno sino los centinelas puede disparar un arcabuz; y como hallaron seguridad, mandóse que se hiciese pesquisa por un sargento mayor adónde y por qué se habia disparado el arcabuz: echóse de ver que habia sido por la muerte del cochino. Los tres soldados con los piés borraron el rastro de la sangre, y envolviéndole entre sus vestidos y camisas, lo encerraron en el suelo del baul, que le sirvió de sepulcro hasta que llegó el sargento mayor, é informándose de tienda en tienda. Llegando á la de los soldados, negando ellos lo del cochino, llegó el sargento mayor á mirar detrás del baul, y en meneándolo, el cochino de lo entrañable de las tripas en contrabajo dió un profundo gruñido, porque no era muerto, y secundó con otro más recio.

El sargento mayor, que se enteró del caso, y padecia tanta hambre como ellos, mirólos sin hablar palabra. Ellos erizado el cabello, temblándoles las manos, y confuso el rostro, cuando entendieron que los habia de ahorcar, ó hacer otro castigo muy grave, el sargento mayor, poniendo el dedo en la boca, les dijo: Envíenme mi parte, y comamos todos. Con mucha disimulacion tornó á su pesquisa de tienda en tienda, y cuando llegó á la suya, halló entre unos drapos sucios la parte del cochino, que le pareció que habia venido del cielo. Entonces dijo el hablador: Pues á propósito de esto contaré: y al momento atajéle con decir: Pues no paró aquí, ni he contado la mitad del cuento, y diciendo mil disparates, semejantes á los pasados, lo rendí de manera que cogió su mula y se fué camino de Alora sin despedirse, y yo me quedé en la venta de Don Sancho, descansando de lo mucho que habia hablado y habia sufrido hablar, que con ser el medio con que se entienden los hombres unos con otros, la demasía destruye el buen fin para que fué concedido á los hombres, y no á los demás animales; la comunicacion del hablar, y la dulzura de la lengua que tantas excelencias tiene, y que ella es el intérprete del alma, satisfactoria á lo que le preguntan, exhortadora al bien, consoladora en el mal, relatora fiel de las sentencias, medianera en las amistades, agradable para el oido, en la soledad compañera, declamadora para persuadir, y voz para comunicarnos. Dejo otros muchos provechos, que aunque son materiales, son muy necesarios, como es traer la lengua el mantenimiento de una parte á otra, para que si está muy caliente se temple, y si está frio se acaliente, y baje al estómago, de manera que lo abrace bien. Mas, ¿qué asquerosa y babosa fuera la boca, si no hubiera lengua que recogiera la saliva que sin licencia se destila del celebro, y sube del estómago? ¿Como si pudiera arrancar la flema del pecho si no ayudara la lengua? ¿Quién negará la gracia que tiene para pedir, y la desgracia para despedir? Maravillosas propiedades tiene para lo material.


DESCANSO XIX.

P