Pero ¿quién, ó cómo podrá decir las calidades de la lengua, aunque ella propia tuviese su libre alvedrío sin tener dependencia de otra parte, para hablar de sí? Dicen algunos que es de hechura de hierro de lanza, y engáñanse, porque ni es tan ancha por lo ancho, ni tan puntiaguda por el remate. Á mí me parece que tiene hechura de cabeza de culebra; y quien quisiere advertir en ello, véala mirándose á un espejo, y hallará lo que digo: verá el fácil movimiento que tiene, más veloz que todos los demás miembros del cuerpo, como de su movimiento propio se alarga y se encoge, se angosta y ensancha, con qué ligereza sube á lo alto de la boca, y baja á lo bajo, y se mueve al un labio y al otro, cómo sale afuera, y vuelve adentro, sin ver con qué se alarga, ni dónde se encoge: y mirándola con todos estos accidentes parece víbora que está á la boca de su cueva para salir ó no salir. Y en fin sale, teniendo en su guarda y defensa los dos adarves de dientes y labios, que le estorban la libertad del hablar, pero no por eso deja de hablar cuanto le mandan, y algunas veces mucho más de lo que le mandan. Vicio infame, y que ordinariamente se halla en gente muy humilde, como pescaderas y lavanderas; y si son hombres, son semejantes en nacimiento y costumbres, que si pensasen cuánto importa para la quietud de la vida y seguridad de la muerte, antes querrian ser mudos que hablar tanto y tan mal. Mil veces he pensado por qué llaman á estos deslenguados, teniendo tan larga la lengua. Y dejadas otras razones, digo que como hablan tanto, y tan mal, parece que han de tener la lengua gastada y consumida de hablar; y por eso les llaman deslenguados, siendo lenguados, y aun acedías, pues tantas engendran en quien los sufre. Y dije que parece la lengua cabeza de culebra, porque tan dispuesta se halla para picar ó morder, como para alabar ó persuadir. Mas ¡cuán dulce cosa es decir bien! ¡Qué de amigos se grangean por ello, y qué de enemigos por lo contrario! En cuantas pesadumbres suceden en el mundo habria templanza y moderacion, si la hubiese en la lengua, que por ella se traban cuantas pendencias suceden en las comunidades ó cabildos. ¡Qué fácil cosa es conceder una verdad, y qué dificultoso contradecirla! Pues al fin no se ha de dar razon conveniente para derribarla. El contradecir la verdad, por salir (como dicen) cada uno con la suya, bien se echa de ver que es estimarla en poco, y su misma reputacion. Que aunque por algunos respetos le dejan salir con su intencion, al fin todos echan de ver la vanidad que sustentaba, y él queda corrido y arrepentido; y á todos los que se aprovechan mal de la lengua les viene luego el pesar al pié de la obra. Tristes de aquellos que ponen su justicia en la confianza de su ruin lengua, que si por ese camino la alcanzan, toda la vida pasan con escrúpulo, y la muerte sin restitucion (quizá me engaño). Todas las heridas que un hombre da con el brazo paran allí donde se recibe el daño. Si ofende con la pisada no pasa de allí el daño. Pero la herida que hace la lengua (como dice el doctísimo Pedro de Valencia) va cundiendo y extendiéndose de la misma manera que el movimiento que hace una piedra en un charco de agua, que á todas partes se va estendiendo, ó como la voz que se da al aire, que á todas partes corre, y va creciendo, que la palabra una vez echada no sabe volverse á su dueño, ni es señor de lo que pudo retener en sí y lo dejó ir. Llaman satírico de pocos años á esta parte al que tiene ruin lengua; mas impropiamente, que no tiene lo uno parentesco con lo otro: porque las sátiras no nacen de la ponzoña de la lengua, sino del celo de reprehender un vicio, que por ser insensible él en sí, se reprehende en quien lo tiene. Mas la hambre y sed de la ruin lengua no tiene discurso como el que compone la sátira; y si lo tuviese, ó espacio para pensar los inconvenientes, no se arrojaria tan fácilmente contra la honra del prógimo. Aquel filósofo que preguntándole cuál era el animal más ponzoñoso en la mordedura, respondió que de los bravos el maldiciente, y de los mansos el lisonjero, no declaró cuál se llama verdaderamente lisonjera, que realmente la lisonja es una mentira dicha con blandura en alabanza del presente: como si á un hombre ignorante le llamasen sabio, ó á la mujer fea la llamasen hermosa.
Esta es realmente adulacion y conocida lisonja, y es grande maldad decirla, y mayor ignorancia consentirla; pero no se llamará lisonja á la mujer que es medianamente hermosa y parece bien, llamarla muy hermosa, ni al hombre que tiene razonable talle, decirle que es gentil hombre; ni lo será al que canta á gusto de quien lo oye, decirle que es un Orfeo, ni al que es muy razonable poeta decirle que es un Horacio, que algo se ha de añadir para que los ánimos se alienten á pasar adelante con los actos de virtud; porque si la honra es el premio de la virtud (como lo es) ¿cómo sabrá el virtuoso la opinion que tiene en el pueblo si no se lo dicen en su cara, y le animan para que prosiga en merecer más y más cada dia? Así que decirle bien de sí propio al que tiene en qué fundarlo no es lisonja, sino dejarlo sabroso para que no cese en su buen propósito; y el que lo dice, sabiéndolo decir, se acredita de afable, y de juez que conoce lo que se debe á las buenas partes. ¿Quién será tan inhumano que tenga por lisonja decirle á Lope de Vega que no ha habido en la antigüedad más escelente ingenio por el camino que ha seguido? ¿Ni tan bruto que porque el otro sabe echar cuatro pullas con donaire, diga que es gran poeta? Todos estos son oficios de la lengua, que si es como la de aquel hablador, todo lo destruye y todo lo daña, así solapando el mal, como desacreditando el bien; porque en la demasía es imposible caber los actos de justicia, y más si el hablar mucho cabe en una mujer ignorante y hermosa, que para un hombre de recogimiento y estudio hace más ruido y ocupa más en una casa que un corral de doscientas gallinas. El hablar mucho está lleno de mil inconvenientes, y pocos habladores ó ningunos he visto enmendados; porque cuanto más viven y duran, crece más la licencia del hablar y el parecerles que lo pueden hacer. El hablar con moderacion regala el oido, cria voluntad y amor en quien lo oye, y hace una armonía en el oyente, que no hay cuatro voces concertadas que así lo suspendan. Mas, ¿qué fuera de la música de voces si no hubiera lengua que pronunciára las sílabas y formára los puntos? Parecieran los músicos vacas en acequias, ó azudas en procesion. Y aunque yo use mal del precepto que doy en hablar poco, no puedo dejar de condenar un género de gentes que en comenzando á hablar son como rueda de cohetes, que hasta que ha despedido toda la pólvora no para. Son descorteses si no oyen lo que les responden, y se hacen odiosos á todo el mundo. Háse de hablar lo necesario, respondiendo y dando lugar á que se responda con silencio justo, ó ajustado con la conversacion, si pudiere ser con agudeza y donaire, si no á lo menos con cordura, moderacion y aplauso, no pensando que se lo han de hablar todo. Como divinamente hace Doña Ana de Zuazo, que usa de la lengua para cantar y hablar con gracia, concedida del cielo para milagro de la tierra. Ó como Doña María Carrion, que si no fuera con tantas ventajas hermosa, con sola la cordura y gracia de su lengua pudiera ser estimada en el mundo. No quiero traer en consecuencia de esto á los grandes oradores, como es el Maestro Santiago Pico de Oro, al Padre Fray Gregorio de Pedrosa, al Padre Fray Plácido Tosantos, y el Maestro Ortensio, divino ingenio, el Padre Salablanca, tan semejante en la vida á la escelencia de sus palabras, y otros escelentísimos sugetos, que parece que hablan con lenguas de ángeles más que de hombres. Pero para reprehender el mucho hablar he yo hablado demasiado, por persuadir á quien tiene esta falta que se reforme en ella. Aquella noche descansé en un pueblo que está cerca del camino que llaman Cazarabonela, abundantísimo de naranjas y limones, con muchas aguas y frescuras, aunque al pié de muy altas peñas.
DESCANSO XX.
P
Por la mañana tomé el camino por entre aquellas asperezas de riscos y árboles muy espesos, donde ví una extrañeza entre muchas que hay en todo aquel distrito, que nacia de una peña un gran caño de agua, que salia con mucha furia hácia afuera, como si fuera hecho á mano, mirando al oriente, muy templada, más caliente que fria, y en volviendo la punta del peñasco salia otro caño correspondiente á éste, muy helado, que miraba al poniente; en lo primero el romero florido, y á dos pasos aun sin hojas, y todo cuanto hay por ahí es de esta manera. Unas zarzas sin hojas, y otras con moras verdes, y poco adelante con moras negras. Todo cuanto mira á Málaga muy de primavera, y cuanto mira á Ronda muy de invierno, y así es todo el camino. Por entre aquellos árboles muy lleno el camino de manantiales y aguas, que se despeñan de aquellas altísimas breñas y sierras, por entre muy espesas encinas, lentiscos y robles; y como solo imaginando en las extrañas cosas que la naturaleza cria, cuando sin pensar dí con una transmigracion de gitanos, en un arroyo que llaman de las Doncellas, que me hiciera volver atrás si no me hubieran visto, porque se me representó luego las muertes que sucedian entonces por los caminos, hechas por gitanos y moriscos; como el camino era poco usado, y yo me ví solo y sin esperanza de que pudiera pasar gente que me acompañára, con el mejor ánimo que pude, al mismo tiempo que ellos me comenzaron á pedir limosna, les dije: Esté en hora buena la gente. Ellos estaban bebiendo agua, y yo les convidé con vino, y alarguéles una bota de Pedro Jimenez de Málaga, y el pan que traia, con que se holgaron; pero no cesaron de hablar y pedir más y más. Yo tengo costumbre, y cualquiera que caminare solo la debe tener, de trocar en el pueblo la plata ú oro que há menester para el espacio que hay de un pueblo á otro, porque es peligrosísimo sacar oro ó plata en las ventas, ó por el camino, y trayendo en la faltriquera menudos, saqué un puñado, con que les dí y repartí limosna (que nunca la dí de mejor gana en toda mi vida) á cada uno como me pareció. Las gitanas iban de dos en dos, en unas yeguas y cuartagos muy flacos; los muchachos de tres en tres, y de cuatro en cuatro, en unos jumentos cojos y mancos. Los bellacones de los gitanos á pié, sueltos como un viento, y entonces me parecieron muy altos y membrudos, que el temor hace las cosas mayores de lo que son; el camino es estrecho y peligroso, lleno de raíces de los árboles, muchos y muy espesos, y el macho tropezaba cuanto podia; dábanle los gitanos palmadas en las ancas, y á mí me pareció que me las querian dar en el alma; porque yo iba por lo más bajo y angosto, y los gitanos por los lados superiores á mí, por veredillas enredadas con mil matas de chaparros y lentiscos, que cada momento me parecia que me iban ya á pegar; y en medio de esta turbacion y miedo, yendo mirando con cuidado á los lados, moviendo los ojos, sin mover el rostro, llegó un gitano de improviso, y asió del freno y la barbada del macho, y queriéndome yo arrojar en el suelo dijo el bellaco del gitano: Ya ha cerrado, mi ceñor. Cerrada, dije yo entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado. Preguntaron si lo queria trocar, y habiéndome atribulado del trago pasado, y de lo que podia suceder; mas considerando que su deseo era de hurtar, y que no podia echarlos de mí sino con esperanzas de mayor ganancia, con el mejor semblante que pude, saqué más menudos, y repartiéndolos entre ellos, dije: Por cierto, hermanos, sí hiciera de muy buena gana, pero dejo atrás un amigo mio mercader, que se le ha cansado un macho en que trae una carga de moneda, y voy al pueblo á buscar una bestia para traerla. En oyendo decir mercader solo, macho cansado, carga de moneda, dijeron: Vaya su merced en hora buena, que en Ronda le serviremos la limosna que nos ha hecho. Piqué al macho, y le hice caminar por aquellas breñas más de lo que él quisiera. Ellos quedaron hablando en su lenguaje de gerigonza, y debieron de esperar ó acechar al mercader para pedirle limosna, como suelen, que si no usára de esta estratagema, yo lo pasara mal. Sabe Dios cuántas veces me pesó de haber dejado la compañía del hablador, cuando hablára mucho y me enfadára, mas al fin no me pusiera en el peligro en que estuve. Que realmente para caminar por enfadosa que sea la compañía tiene más de bueno que de malo, y aunque sea muy ruin, la puede hacer buena el buen compañero, no comunicándole cosas que no sean muy justas. Y para tratar de lo que se ofrece á la vista, por el camino es buena cualquiera compañía. Que bien nos dió á entender Dios esta verdad cuando acompañó un brazo con otro, una pierna con otra, ojos y oidos, y los demás miembros del cuerpo humano, que todos son doblados sino la lengua, para que sepa el hombre que ha de oir mucho y hablar poco. Iba volviendo el rostro atrás, para ver si me seguian los gitanos, que como eran muchos, podian seguirme unos y quedarse otros; pero la misma codicia que cebó á los unos detuvo á los otros, y así me dejaron de seguir. Llegué al pueblo más cansado que llegára si no fuera por miedo de los gitanos. Despues ví en Sevilla castigar por ladron á uno de los gitanos, y una de las gitanas por hechicera en Madrid; pero despues que estuve sosegado y sin alteracion, se me representó en aquellos gitanos la huida de los hijos de Israel de Egipto. Iban unos gitanillos desnudos, otros con un coleto acuchillado, ó con un sayo roto sobre la carne: otro ensayándose en el juego de la correguela. Las gitanas, una muy bien vestida, con muchas patenas y ajorcas de plata, y las otras medio vestidas y desnudas, y cortadas las faldas por vergonzoso lugar: llevaban una docena de jumentillos cojos y ciegos, pero ligeros y agudos como el viento, que los hacian caminar más que podian. Dios me ofreció y deparó aquella estratagema, porque los gitanos eran tantos que bastaban para saquear un pueblo de cien casas. Reposé y comí en aquel pueblo, y á la noche llegué á Ronda, donde hallé á mis mercaderes muy deseosos de verme y muy adelante en su trato. Lo que allí me pasó no es de consideracion, porque en una feria tan caudalosa son tantos los enredos, trazas, hurtos y embelecos que pasan, que para cada uno es menester una historia. Yo no iba á tratar ni á contratar, sino á negocios de mis estudios, y visitar mis parientes; pero servíles á los mercaderes de gozquecillo, para mostrarles algunas cosas muy notables y dignas de ver que tiene aquella ciudad, así por naturaleza, como por artificio, como es el edificio famoso de la mina por donde se proveia de agua siempre que estaba cercada de contrarios.
—Ya ha cerrado mi ceñor. —Cerrada, dije yo entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado.