DESCANSO
VII.

S

Siendo ya bien tarde, que queria anochecer, envié los criados á parar la garza, y siendo de noche, víneme con todo el silencio que pude á la casería, y entrando por una puerta falsa del jardin con la llave maestra, fuíme derecho al aposento de Cornelio, y abriéndolo, no lo hallé dentro, sino el aposento con luz encendida. Tomé la luz, y fuí por una sala que estaba pegada á su aposento, buscándole si parecia por allí: anduve toda la sala, y fuí al remate de ella, que iba á dar á otra sala baja en cuyo alto estaba la estancia mia y de mi esposa: ví una escalera arrimada á la pared que llegaba hasta mi estancia, y en el remate de la escalera abierto un boqueron por donde cabia un hombre muy bien, que estaba tapado con un lienzo del Ticiano, del adulterio de Venus y Marte. Hasta entonces no habia creido mi daño. Aparté la escalera de allí con intencion que no tuviese por donde bajar, y como un trueno acudí á mi estancia, y llamando para cogerlos descuidados, mi esposa me vino á abrir la puerta, y él fué muy de priesa á poner los piés en la escalera, y poniéndolos en el aire, dió con su persona abajo, quebrándose ambas piernas por las rodillas. Torné á cerrar la puerta de mi estancia, y fuí á recibir al caido, que iba arrastrando con las manos como toro español desjarretadas las piernas, y díjele: Ah traidor, ingrato á los bienes recibidos, este es el pago que llevan los falsos desconocidos; y arrimándolo á un madero de la escalera, despues de haberle dado muchas puñaladas, le dí garrote, y con la misma furia subiendo á dar de puñaladas á mi esposa, se me cayó la daga de las manos, y todas cuantas veces intenté hacerlo me hallé incapaz de mover el brazo para herir aquel cuerpo que tan superior habia sido á mis fuerzas. Al fin bajéla abajo, y poniéndola junto á su amante, ya que no pude hacerla otro daño, maniatéla de piés y manos, y á él saquéle el corazon, y púselo entre los dos para que ella viese todos los dias el corazon donde tan á su gusto habia vivido. Y al otro criado muerto lo traje arrastrando, y le dije: Veis aquí el testigo de vuestro delito. Torné á quererla matar, y se me tornaron á desjarretar los brazos, y al fin determiné de matarla con hambre y sed, dándole cada dia media libra de pan, y muy poca agua. Hoy hace quince dias que no ha visto luz, ni oido palabra de mi boca, ni ella me la ha hablado, con darle yo esa miseria con mis propias manos. Y á mí no me parecen quince dias, sino quince mil años, y en cada dia he pasado quince mil muertes. Este es el miserable estado en que me hallo, desamparado de todo aquello que me puede dar consuelo, y tan rematado, que quisiera que Dios me hubiera hecho un hombre desechado del mundo, desnudo de obligaciones, para irme donde jamás hubiesen habitado gentes. Y pues os he hecho y dado parte de lo que nadie sabrá de mi boca, tambien quiero que veais por vuestros ojos lo que tiene tan sin luz á los mios, y tan sin esperanza de volverla á ver. Y tomando una vela con un candelero me dijo que le siguiese, y pasando por un pedazo de jardin, abrió la puerta donde estaban encerradas todas sus desdichas. Representóseme luego uno de los más horrendos espectáculos que los ojos humanos han visto. Un hombre arrastrado con muchas puñaladas en el cuerpo, otro despedazado, por el costado abierto, y el corazon puesto en un escalon, junto á uno de los más bellos rostros que naturaleza ha criado. Y para mayor ocasion de dolor sucedió, que en abriendo la puerta se entraron tras él algunos perros, que en viendo á la desdichada de su esposa llegaron á lamerle las manos y rostro, y hacerle tantas caricias que á mí se me enternecieron los ojos y al marido las entrañas y el alma. Viendo la ocasion de su terneza, le dije: Señor, yo no os he hablado palabra, ni replicado cosa que me habeis dicho, por no haber visto en vuestra pasion puerta abierta, ni por haberme vos dado licencia. Pues ahora, dijo el caballero, os la doy para que digais todo cuanto os pareciere. Y desechado todo el temor por su terneza, le dije estas palabras: Vos, señor, me habeis confesado que la primera idea que se os entró en el alma del amor de vuestra esposa, ni se ha borrado ni se borrará para siempre jamás. Tambien me habeis dicho que este negocio, falso ó verdadero, nadie lo ha sabido sino estos dos que ya no pueden publicarlo, y la honra ó infamia de los hombres no consiste en lo que ellos saben de sí propios, sino en lo que el vulgo sabe y dice; porque si lo que los hombres saben de sí mismos entendiesen que lo sabe el mundo como ellos lo saben, muchos ó todos se irian adonde gentes no los viesen. Vos habeis atajado con la muerte de estos lo que se podria decir. Teneis á vuestra esposa viva, y quizás sin culpa, pues en cuantas veces la habeis querido matar no habeis podido. No os digo más sino que mireis la terneza que han causado las caricias y blandura que estos perros están usando con ella. Antes que el marido respondiese palabra, ella alentándose, y sacando una voz cansada del profundo pecho, como si saliera de algun sepulcro, dijo: Señor soldado, no gasteis palabras en vano, porque ni yo estoy para vivir, ni por cuanto cubre el sol querria tornar á ver su luz. Pero por si alguna vez espantado de tan horrible caso os viniere á la memoria el referirlo, sepais la verdad, porque ni condeneis la crueldad de mi esposo, ni divulgueis la infamia que yo merezco. Estos dos hombres han merecido justamente las muertes recibidas. Aquel arrastrado, porque dijo lo que no vió, ni pudo ver. Y este despedazado no por lo que hizo, sino por lo que intentó hacer como traidor, desagradecido al mucho bien que mi esposo y señor le habia hecho, que procedió con tantas diligencias que yo entendí que tenia pacto con algun demonio, porque le veia en mi propia estancia sin saber por dónde habia entrado, mas de que lo ví salir por debajo de una tabla de pintura, y preguntándole qué queria, me respondia: que venia á entretenerme por la ausencia de mi esposo y señor. Yo no le dije palabra mala por sus pretensiones: lo uno, porque yo jamás la he dicho á nadie; lo otro, porque despues que vió mi entereza no dijo más palabra deshonesta. Y, si me culpare mi esposo y señor porque no le avisé de ello, diré que aun viéndole con enojos muy livianos me despulsaba hasta verle fuera de ellos, cuanto más decirle una cosa que tan al alma le habia de llegar, y no tenia reino, ni imperio el mundo por quien yo manchase mi honra y el lecho de mi esposo y señor: y por la piedad que en vos he conocido, y por la verdad que os he dicho, os suplico que le rogueis que no me alargue la vida, sino que me abrevie la muerte, para que vaya presto á presentar este martirio en la presencia de Dios.

Desde el punto que comenzó á hablar la desdichada, tanto como hermosa, fueron tantas las lágrimas que derramó el marido, que viendo la ocasion, le dije: ¿Qué os parece de esto, señor caballero? Á lo cual sollozando me respondió: Que de la misma manera que os dí licencia para hablar, os la doy para que hagais lo que os pareciere que me está bien. Al punto cogí mi daga y corté las ligaduras de aquellos hermosos, aunque debilitados miembros, que lo estaban tanto, que sin poder tenerse, se cayó sobre mi pecho, y despues se asentó en el suelo, como á descansar del gran martirio que habia pasado. El marido se arrojó de rodillas ante ella, y besándole las manos y piés le dijo: Esposa y señora mia, pues no tengo que perdonaros, os pido perdon con toda humildad del mundo. No pudo responder, porque con el descanso le dió un desmayo, tal que yo entendí que quedaba muerta, y levantándose el marido con mucha priesa, trujo muchas cosas confortativas, con que la que habia quedado como azucena volvió en un instante á estar como una rosa, que abriendo unos suavísimos ojos zarcos y verdes, dijo al marido: ¿Por qué, señor mio, me habeis querido tornar á esta desdichada vida? Porque no se acabase la mia, respondió él; y cogiéndola entre los dos la llevamos á su estancia, donde fueron tan grandes los regalos y beneficios que se le hicieron, que al fin la reservaron de la muerte. De todo esto que aquella noche pasó, ningun criado fué testigo. Á la mañana le pedí licencia para irme, para seguir mi viaje; no me dejó ir en veinte dias, que lo hube bien menester para el cansancio del camino, y para el horror que habia concebido de tan triste historia y espantoso espectáculo. Que de arrebatarse de su pasion, sin hacer reflexion en considerar si pudiera ser falso, hizo aquellos homicidios, y llevaba camino de acabar con la inocente é inculpable mujer, con que viviera inquietísimo, si viviera, y ella quedára infamada de lo que no habia cometido; que el caballero se engañase con tantas apariencias de verdad, lastimado de la honra y de los celos, raíz de tantos y tan exorbitantes males, no es maravilla; pero que sea tanta la insistencia ó pertinacia de un pecho doblado y lleno de cautelas, que por llevar su intencion al cabo, lo que habia de gastar con inquietud, lo gaste en estratagema, trazas y bullicios, en ofender la honra agena, y poner en peligro su vida, cosa es que espanta, que parecen estos hombres cautelosos hechos de diferente masa que los otros. Mas parece que anduvo muy arrebatado en dar puñaladas al que le dió la nueva, y que pudiera con aquella revelacion averiguar la verdad sin precipitarse. Mas la misma naturaleza, que la razon, le llevó á hacer aquel castigo justo por muchas causas. La primera y principal, porque es maldad de perversa intencion, y entendimiento corrupto, y de conciencia derramada, decir un hombre las faltas agenas de que no ha sido testigo. Lo otro, porque dar malas nuevas á nadie de lo que le ha de pesar, parece que es tener gusto de los males del amigo á quien lo dice. Lo tercero, porque chismosos y congraciadores con su cizaña tienen destruida la mitad del mundo. Hay tambien que notar aquí el gran sufrimiento de aquella tan hermosa como agraviada mujer, que cuantos golpes le dió la fortuna, viéndose ya á la puerta de la muerte, ni perdió la paciencia á sus desdichas, ni el respeto á su marido. Ojalá todas supiesen cuánto les importa saber tenerla para conservar la paz de su casa y el amor de sus maridos; que les parece que es menos honra no dar tantas voces como ellos siendo más poderosos. Yo habia quedado tan escandalizado y sin gusto de lo que habia oido y visto, que aunque me rogaron encarecidísimamente que me quedase allí por toda la vida, ó por algun tiempo, no pudo acabarse conmigo; pero neguéselo dándoles á entender que iba muy contento de la obligacion en que me habia echado, loando mucho al caballero el valor que habia mostrado en reparar su honra, y á ella la entereza y conservacion de su reputacion. Dentro de los dias que allí estuve eché de ver la razon que tenia el marido de estar muy enamorado de aquel apacible y divino semblante, tan lleno de gravedad honesta, que cierto en la hermosura del rostro, gallardía del cuerpo, mansedumbre de condicion y suavidad de costumbres, era un retrato de doña Antonia de Calatayud. Yo para asegurarme del todo del temor que pudiera haber concebido, y dejarlos gustosos, les dí palabra de volver á su servicio, ó á su casa en acabando mis negocios en Venecia, y con esta condicion me dejaron ir, que como yo tenia algun temor de algun daño de su parte, ellos lo tenian de mí porque no revelase lo que habia visto; que todo este artificio han menester los que son testigos de daños agenos, y no les ha de parecer que son señores de las personas cuyos secretos saben. Que se ven grandes daños y se han visto en esta máquina sobre las personas que han revelado secretos. Al fin yo me despedí de ellos con mucho beneplácito suyo, y regalo que me hicieron. Cogí mi camino encomendándome á Dios, espantado de tan nuevo suceso, y lleno de tantas desdichas; pero muy contento de verme libre de tan intrincado laberinto, y loando mucho en mí la honra y estimacion de las mujeres italianas principales, y el recato con que se guardan y las guardan. Habíame apartado ya cosa de una milla de los jardines, volviendo atrás muchas veces la cabeza hasta que los perdí de vista, que me pareció que estaba ya cien leguas de ellos; cuando ví venir dos hombres á caballo á toda priesa hácia mí; miré si en todo aquel llano habia alguna poblacion ó casa adonde recogerme y ampararme, y víme tan solo, que no pude tener recurso para huir, porque yo entendí realmente que ellos se habian arrepentido en dejarme venir, habiendo sido testigo de todo lo pasado. Yo comencé á llamar á Dios en mi favor, porque cuanto más andaban los caballos más crecia mi temor. Al fin ya que llegaron cerca de mí, parecióme esperar su determinacion. Llegaron con el peor término del mundo, y dijeron: Téngase, señor soldado. Yo respondí: Tenido soy para lo que vuesas mercedes mandaren.

Eran dos hombres con dos escopetas, y unos cuchillazos de monte con que desollaban los animales; las caras tostadas, las palabras desapacibles, como dichas á español que iba solo, y á pié. Porque preguntándoles qué era lo que mandaban, respondieron con el peor modo del mundo: No le mandamos nada, que atrás viene quien se lo mandará; con que me hicieron temblar y confirmar mi temor. Pero señores, les dije, ¿qué ofensa hice yo al señor Aurelio, para que de este modo me traten? Él se lo dirá, respondieron. Yo dije: Déjenme seguir mi camino, señores. Y dijo el uno: Estése quedo, sino arrojaréle dos balas en el cuerpo. Yo eché de ver que no se podian llevar por humildad, y hice una cuenta entre mí: si estos vienen á matarme poco ha de aprovecharme la humildad, porque aquí no hay segundo lance para la disimulacion; y si no vienen á matarme, no quiero que me tengan por cobarde. Y así en diciendo de las dos balas, poniendo mano á la espada de él, dije: Pues si me tirare, aciérteme; sino por vida del rey de España que les tengo de desjarretar los caballos, y hacer pedazos las personas. Bravata de español, dijo el uno de ellos. En esto llegaba ya el caballero en un gentil portante, y como vió la espada desenvainada, preguntando qué era, le respondí: No sé yo en qué se puede fundar una cosa tan injusta como querer dar la muerte á quien ha querido dar la vida. No entiendo ese lenguage, dijo el caballero. Los criados se sangraron en salud, diciendo: Señor, como nos enviasteis á detenerlo, que él queria pasar adelante, entonces le amenazamos con una pistola, y él á nosotros con decir que nos haria pedazos á nosotros y á los caballos. Á lo cual respondió el caballero: Yo no os envié á detenerlo para hacerle mal, sino para hacerle bien, que no me espanto que á dos hombres que yendo á caballo, y bien puestos queriendo tratar mal á un hombre de á pié, solo y honrado, se les atreva á eso y á mucho más. Apeaos vos del caballo, y dadle esa escopeta al soldado español, y suba en el caballo, y acompañadle hasta Venecia; y si os enviare luego, volveos, y sino esperadle, y díjome á mí: Señor soldado, la confusion, causada por mis trabajos, hizo que me descuidase de mi obligacion, y mi esposa con su angélica condicion, enamorada de vuestra piedad y olvidada de mi rigor, os envia en esta bolsita cien escudos para vuestro camino, y esta joya de su misma persona, que es una cruz de oro, esmeraldas y rubíes; y queda con esperanza de tornar á ver quien reparó tanto derramamiento de sangre. Arrojéme á sus piés, agradeciéndole tanto bien y honra, y subí en mi caballo, llevado por el mozo de mulas que me habia querido matar. Llegué á Venecia tan rico, á mi parecer, que la podia comprar toda. Díjele á mi mozo de mulas que me llevase á una muy gentil posada, como práctico en la ciudad, y entrando en ella, no ví la hora de echarlo de mí, porque yo lo traia de tan buena gana conmigo como él venia: reposé aquella noche, y á la mañana despedílo.


DESCANSO VIII.

M