Miré con grande admiracion la grandeza de aquella república, que siendo tan rica y de tanta estimacion, que se persuaden á que tienen más razon de desvanecerse que todas las naciones del mundo, no lo parecen en el trato de sus personas, porque andan tan desautorizados, que quien no los conociere, no los estimará en lo que son. Y para la vanidad suya pasó un cuento gracioso entre un noble veneciano y un portugués, gente idólatra de sí propia, que no estima en nada el resto del mundo; y fué, que yendo yo á pasar por una puentecilla pequeña, que llaman del Bragadin, me detuve, porque venia un magnífico detrás de mí; túvele respeto, porque ellos quieren que se le tengan; y de la otra parte de la puente venia un portugués, de razonable talle, mirando hácia el horizonte, con unos guantes de nutria en las manos, y unas botas arrugadas en las piernas, muy tieso; de suerte, que llegando al medio de la puentecilla el magnífico entendió que el portugués le hiciera la cortesía que era de razon por estar en su tierra, y el portugués queria lo mismo estando en el agua. Sucedió, que llegando al medio de la puente ambos con mucha magestad chocaron; y por no caer en el agua, el portugués apretó, y el magnífico no osó ladear; cayeron los dos, el magnífico de espaldas, que era delgado de piernas, y el portugués de pechos, que por poco no dieron ambos en la mar. Levantóse el portugués de presto, limpióse el polvo con los guantes de nutria, y el magnífico las calzas de lacre, limpiándose las espaldas; y despues de limpios paráronse á mirar el uno al otro, y habiéndose estado un rato suspenso, dijo el magnífico al portugués: ¿É vu sabi che mi sono veneciano, gentil huomo patricio? Y el portugués al mismo tono respondió, ó preguntó: ¿É vos sabedes que eu saon portugues fidalgo evorense? El veneciano con mucho desprecio le dijo: Ande el bordel, beco cornuto. Y el portugués, dando con el pié, le respondió: Tiraivos la, patife. Fué cada uno su camino, volviendo el rostro atrás; el magnífico, señalando con el dedo al portugués, diciendo con mucha risa: No va il, pazzon. Y el portugués al mismo modo, decia: Ollay, ó parvo. De suerte, que yo no pude averiguar cuál fué más fantástico y loco de los dos, aunque está la presuncion por el portugués, por haberse atrevido en tierra agena, y donde tan poco amados son los españoles; que alabando á los venecianos su ciudad dicen, que no hay en ella calor ni frio, lodo ni polvo, moscas, ni aun mosquitos, pulgas ni piojos, ni aun españoles. Son tan estadistas, que para lo que aman y han menester, no hay encarecimiento en el mundo de que no usen: y para lo que aborrecen no hay palabras tan obscenas de que no se aprovechen.
Llegó un noble de aquellos á comprar un poco de pescado, y con grandes caricias y amores le preguntó el pescador, sin conocerlo, cómo estaba su mujer é hijos; y á él le dijo que era muy hombre de bien; pero en no queriendo darle el pescado al precio que él queria, le dijo que era un cornudo, y su mujer una putana, y sus hijos unos bardajes. Ví otras cosas allí muy de notar, en razon á la superioridad que les parece que pueden tener por su antigüedad y gobierno. Fuíme á mi posada á la hora de comer y apenas hube llegado cuando, habiendo comenzado la comida, me dijeron que me buscaba una señora principal en una silla, diciendo: ¿Dónde está aquí un soldado español? Ví que no habia otro sino yo, levantéme, y fuí á ver lo que me mandaba; ví salir una mujer de la silla, de muy gentil talle y muy hermosa, y no menos bien aderezada, que con muy grandes caricias, palabras dulces y regaladas, me dió la bien venida, de que yo quedé dudoso y confuso, entendiendo que realmente me hablaba por otro, y así le dije: Señora, no me hallo digno de tan grande y autorizada visita como esta; suplícoos que advirtais bien si soy á quien buscais. Ella respondió con alegre semblante, echándome los brazos al cuello: Señor soldado, bien sé á quién busco, y á quién he hallado. Yo soy la señora Camila, hermana del señor Aurelio, de cuyas manos recibí anoche una carta, en que me manda que os hospede y regale, no como segunda persona, sino como á la suya misma, todo el tiempo que gustáredes estar en Venecia. Yo respondí: Bien creo que de un tan excelente caballero me ha de venir todo el bien del mundo, y comenzando por tan gallarda y discreta señora, habrá de suceder todo bien. Ea, pues, dijo ella, seguidme, que aunque toda esta mañana no he podido dar con vuestra posada dejé mandado en la mia que os tuviesen aderezada la comida, como para tal persona. Y rehusándolo yo, por tener ya hecho el gasto, dijo: que habia de hacer por fuerza el mandamiento de su hermano: y así pagando lo que debia en la hostería me llevó consigo, no dudando yo en lo que decia; pero fuí imaginando si acaso seria traza de su hermano, para ejecutar en Venecia lo que no habia hecho en su casería. Mas ella me llevó con tanta blandura y amor á su casa, que se me quitó cualquiera imaginacion y sospecha. Entramos en una sala muy bien aderezada, donde hallé puesta la mesa con muchos y muy escogidos mantenimientos, en que me entregué tan de buena gana como lo habia menester; porque fuera de ser muy á gusto la comida, la partia y repartia la señora Camila con aquellas argentadas manos, no cesando de encarecer la voluntad y fuerza con que el señor Aurelio, su hermano, se lo habia mandado. Despues de haber comido sacó una carta firmada de Aurelio, en que decia estas palabras: «Con cuidado me dejó un soldado español, huésped mio, cuyas acciones descubrian ser hombre principal; no le regalé como quisiera, si bien vuestra hermana y mi esposa le envió al camino una bolsilla de ámbar con cien escudos, y de su persona una cruz de oro, rubíes y esmeraldas, que no pudo más por ahora: buscadle, dándole el hospedaje y regalos que á mi propia persona, sin dejarle gastar cosa alguna en todo el tiempo que estuviere en Venecia; y si hubiere de volver acá, dadle lo necesario para el camino.» Yo, con las señas de la carta, acabé de enterarme en creer que era verdad cuanto la señora Camila me decia, y los regalos recibidos y los que habia de recibir eran por cuenta de aquel gran caballero Aurelio. Díjome luego que trujese mi ropa ó maleta á su casa; porque en todo el tiempo que estuviese en Venecia ni habia de comer ni dormir fuera de ella, ni gastar sino á su costa. Halléme obligadísimo, y díjele, que yo no habia traido maleta, ni otra prenda, sino á mi persona gentil; y ella mandó á una criada que me trujese un cofrecillo pequeño para dármele. Trújolo, que era labrado con toda la curiosidad del mundo: dióme la llave de él, y dijo que echase allí mis papeles y los guardase, porque en Venecia habia mucho peligro de ladrones: holguéme de ver el cofrecillo, y encerré dentro de él mis papeles y dineros, y la joya, que ella se holgó mucho de ver, y le dió mil besos por haber sido de su cuñado, á quien ella dijo que queria infinito. Eché la llave al cofrecito, y roguéle que lo guardase. Ella dijo, que mejor estaria en mi poder, por si queria sacar dineros, aunque no los habia menester mientras estuviese en Venecia. Yo le respondí, que para haberlos menester ó no, mejor estaban en su poder que en el mio. Y al fin porfiando, aunque ella lo escusó, le hice que me le guardase. Á la noche me tuvo muy gentil cena, autorizándola con su gallarda presencia, que realmente era muy hermosa. Pasé aquella noche muy contento, por haber comido á costa de una tan gentil dama.
DESCANSO IX.
E
En amaneciendo vino á visitarme, preguntándome cómo me habia hallado, y si habia menester alguna cosa la pidiese con libertad, porque ella iba á hacer una visita á una gran señora, y que si ella no tornaba á comer sus criados y criadas me regalarian. No vino á comer, ni en todo el dia pareció. Esperé hasta la noche: tampoco vino. No dejé de tener alguna pesadumbre, dando y tomando en si podia por algun camino ser traza ó cautela; porque ella me habia dicho que en Venecia no me fiase de ninguna mujer, por principal que me pareciese, porque me habian de engañar; pero considerando que aquellas señas de aquella carta por ningun camino podian saberlas sino del mismo Aurelio, me sosegué. Por la mañana, como no me visitó á la hora que el dia antes, ni mucho despues, pregunté á una sirvienta de la casa si era levantada la señora Camila, y respondióme que no habia tal mujer en aquella casa. Repliquéle, y tornóme á responder lo mismo. Pero otro sirviente, que debia de estar hablado, acudió, y preguntóme que le queria, qué estaba en cierta visita de una señora enferma. Fingí que me sosegaba con eso, y preguntándole al otro sirviente á solas si era aquella casa suya, me respondió que no sabia más de que habia alquilado aquella sala para un gran caballero español. Callé, y fuíme á la primera posada á preguntar si conocian aquella señora que me habia venido á buscar, ó si sabian dónde vivia, y respondióme uno muy presto: Quien os podrá decir su casa mejor que nadie es el que vino aquí con vos, que es con quien enviasteis el caballo, porque él venia con ella mostrándole vuestro alojamiento; y esa que vos teneis por gran señora es una ramera que vive de hacer estafas y engaños. Sin replicar más palabras me salí desesperado de verme despojado de mis dineros, joyas y papeles con la bellaquería del que habia venido conmigo, que le habia dado las señas de lo que traia, por donde fingió la carta que me mostró: pero visto que ella misma me habia avisado del engaño que me habia de hacer, reportéme, y fuí á ver si podia reparar el daño á la posada donde ella me habia llevado. Y preguntándole al mozo que habia vuelto por ella si habia venido la señora Camila, me respondió: Señor, aquí vino ahora, y como no os halló se tornó á la enferma, pero mirad si la quereis algo, que yo la iré á llamar. Quiérola, respondí yo, para que me dé unos papeles en que están las señas de mi persona, porque tengo aquí una póliza de doscientos escudos que cobrar de un cambio, y sin este papel que digo no se pueden cobrar. Dijo el sirviente: Pues yo iré en un instante á avisarle de eso. Mientras él iba yo fingí la póliza con las señas que en el pasaporte que traia de Milan venian. Apenas acabé de escribir la póliza, cuando vino mi señora doña Camila desalada, pensando coger los doscientos escudos con todos los demás: y es de creer que habria visto ya papel de las señas él, pues estaba en su poder, y tendria otra llave del cofrecito. Díjole mi recado, y saqué la póliza del seno, y en mostrándosela envió á una criada por el cofrecillo; torné de muerto á vivo, y díjele á la señora que me buscase un caballero á quien diese poder para cobrar aquella póliza, porque no queria que el embajador de España me la viese, porque me conocia. Ella me trujo luego un rufianazo suyo, muy bien puesto, diciendo que era un caballero muy principal. Díjele que trujese un escribano para darle el poder; y la señora Camila, por más favorecerme, dijo que queria que fuese de su mano. Fueron por él, y entretanto yo cogí mi cofrecillo, y fuí á buscar un barco en que acogerme. Dejélo concertado, y volví á la posada, donde hallé á la señora, y al rufo, y al escribano; díles el poder y la póliza, y el papel de las señas, con que quedaron muy contentos, y yo mucho más: y porque ya era de noche, les supliqué que se cobrasen muy de mañana aquellos doscientos escudos, porque queria hacer un gran servicio á la señora Camila. Fuí á pagar al escribano, y no me lo consintió. Fuéronse, y yo torné á suplicarles que fuese luego por la mañana la cobranza con mucho encarecimiento: diéronme la palabra que á las ocho estaria cobrado.
Al salir de la calle asoméme, para en saliendo ellos salir tambien yo. Volvió el gayan la cabeza, riéndose de la burla que me hacia, y como me vieron, torné de nuevo á encomendarles la brevedad de la cobranza, de que ellos se rieron mucho, porque como antes le habia dado el cofrecillo con sencillez, creyeron que todo fuera así. En trasponiendo la calle cogí mi cofrecillo debajo de la capa, y fuíme á mi embarcacion; no habia andado treinta pasos cuando me encontró aquel sirviente que andaba en favor de la señora Camila, y preguntándome que á dónde iba con tal priesa, respondíle que iba á llevar aquel cofrecillo á la señora, que se acababa de apartar de mí por aquella calle abajo; y señaléle una calle por donde, aunque anduviera toda la noche, no toparia con ella. Dijo: Pues yo iré á avisarla de ello, vuélvase á la posada. Él fué por su calle, y yo derecho al barco que me estaba aguardando, con tan buenos alientos, que amanecimos treinta leguas de Venecia, y contando á los pasajeros algo de lo que me habia pasado, dieron en quién podia ser por el modo del engaño y el artificio de que usó; pero cuando supieron que habia gastado en regalarme su dinero, holgaron de saberlo para publicarlo en Venecia. No supe si echaria la culpa á mi facilidad en creer, ó la fuerza de su engaño en decir, porque aunque es verdad que es dificultoso librarse de una cautela engendrada de una verdad clara y evidente, con todo eso arguye liviandad el arrojarse luego á creerla; pero es tan poderoso el embeleco de una mujer hermosa y bien hablada, que con menos circunstancias me pudiera engañar. La facilidad en creer es de pechos sencillos, pero sin experiencia, especialmente si la persuasion va encaminada á provecho nuestro, que en tal caso fácilmente nos dejamos engañar. Yo me ví rematado y perdido, no sintiendo tanto el agravio de la persona como la falta del dinero, que tanta me habia de hacer; y así no fué el ingenio quien me dió la traza, sino la necesidad, por verme pobre y en tierra agena, y que ningun camino lícito y fácil podia deshacer mi agravio, sino por otro engaño semejante ó peor. Mas Dios me libre de una mentira con tantas apariencias de verdad, que es menester ayuda del cielo para conocerla, y no rendirse á darle crédito. Aunque mirándolo bien, ¿qué conocimiento, ó qué prendas de amistad ó amor habian precedido entre aquella mujer y yo para que tan fácilmente gastase conmigo su hacienda, y para que yo me persuadiese á que habia sencillez en aquel trato? La resolucion de esto es que yo tengo por sospechosos ofrecimientos y caricias de gente no conocida. Y es yerro sujetarse á obligaciones cuyo principio no tiene fundamento; y así es lo más cierto en semejantes ofrecimientos agradecer sin aceptar, que el mayor contrario que un engaño tiene es no rechazarlo con darlo á entender, sino en entendiéndolo, echarlo á buena parte, que el trato apacible señorea todo lo que quiere. Y dos cosas hallo que grangean la voluntad general y encubren las faltas de quien las usa, que son cortesía y liberalidad, que ser un hombre pródigo de buenas cortesías y palabras amorosas, y no miserable de su hacienda, siempre engendra buena sangre y mucho amor en los que le tratan.