I
Interrumpieron la relacion que iba dando el doctor Sagredo unos portugueses que venian de la Vendeja con cuatro cargas de lienzo, por una senda, á su parecer, segura de los salteadores, por ser muy nueva; y como ellos la sabian mejor que los portugueses, dieron con ellos á la boca de nuestra cueva; de manera, que turbados del no pensado encuentro, se arrodillaron, diciendo: Por as chagas de Deus naon nos matades como á patifes, nen tomedes venganza en nosas patuvisadas, que fez á santa Forneira á os castelhanos. Sosegaos, mentecatos, dijo el caudillo, que no queremos sino que nos vendais el lienzo á como os ha costado. De muito boa vountade, dijeron ellos, y sacando el libro de caja, donde venian escritos los precios, cada salteador pidió lo que habia menester; y mandando el caudillo que pagasen el dinero antes de tomar el lienzo, de que yo me admiré, que usase de tanta piedad con los portugueses. Tomaron su dinero, y desenfardelando para medir el lienzo, y tomando la vara para medir, dijo el caudillo á los portugueses: Aquí tenemos nuestro contraste y medida, como república libre; y no medimos con las varas que por allá se usan, sino con las que acá tenemos; y pidiendo la vara para medir el lienzo, le trujeron una pica de veinte y cinco palmos, con que ellos midieron, y dieron á cada uno las varas que habian pedido, que les debió de salir á cuartillo por vara, con que ellos quedaron riéndose y contentos, y los portugueses callaron, y se fueron descargados del peso que traian. Reímonos nosotros, sino fué el doctor Sagredo que prosiguió su cuento, diciendo: Antes que la fortuna diese vuelta á la rueda de nuestra prosperidad, nos dimos tan buena maña, que dejamos con el saco la cueva casi vacía, nuestro navío lleno, no solo de frutas secas y frescas, pero de mucho pescado seco, carne, cecina y muchas botas de agua, y otros licores que bebian aquellos jigantes de mucho gusto y substancia; pero no fué tan seguro que á los fines no nos sobresaltasen los jigantes, porque como hallamos la tierra sin contradiccion, y el cansancio y trabajo de la mar pedian reposo en tierra, tomámoslo de manera, que nos dormimos en los descansos frescos de aquella cueva, que ella era de manera apacible por las salas y remansos que tenia llenos de comida, y á trechos unas fuentecillas heladas, que aunque estuviéramos muy descansados, nos obligára á sentar allí nuestros tabernáculos. Duramos dos dias en este regalo y fresco, hasta que al tercero, estando hasta como entre las doce y la una sesteando, sentimos tan gran ruido y alboroto de gente y tamboriles, que recordamos todos, diciendo: Arma, arma, porque venia toda la isla llena de jigantes sobre nosotros, y acudiendo á los arcabuces, no hallamos cuerda encendida, ni fuego en que encenderla, ni hombre que hubiese sacado del navío pedernal, eslabon y yesca; comenzaron á decir: Perdidos somos; pero yo, antes que el temor tomase posesion de los corazones con la imposibilidad de la defensa por verse encerrados, y no poderse aprovechar de los arcabuces, dí órden que la mayor parte de ellos quitasen de aquellos maderos que dividian un apartamiento de otro, y lo pusiesen á manera de trampa, en que tropezasen; despues de haber rompido la dificultad de los árboles, que como arriba dije, hacian la entrada muy dificultosa á los jigantes, y los demás tomamos unos palos muy secos, cada uno dos, que eran unos de moral, y otros de yedra, y de cañaleja, ó como más á mano se hallaban, y fregando el uno con el otro fuertemente, á poco espacio vinieron á humear, sacando lumbre, y nosotros á encender las cuerdas y aprovecharnos de los arcabuces, y tuvimos demasiado tiempo para todo, porque su intento no fué venir sobre nosotros, que ya nos tenian por más que muertos, sino á ver el estrago que su ídolo habia hecho, que los que habian escapado de él habian ido á dar cuenta á su gobernador, que llamaban todos Hazmur, y trayéndolo con mucha majestad sobre cuatro muy grandes vigas, en una silla hecha de mimbres á manera de cesto, le mostraron hecho pedazos á aquel en quien adoraban, y los que él con su caida habia despedazado y destripado, y no supiera que estábamos allí, si el mismo jigante, derrengado, que nos mostró la cueva, no se lo dijera, lo cual sabido, arremetieron á la boca de la cueva, tirando peñascos, desgajando y arrancando de los árboles que les estorbaban á la entrada, aunque el que llegaba primero, ó tropezaba y caia en las trampas, ó los derribábamos con las balas, porque aunque hubo opiniones que les tirásemos á el ojo que tenian solo, porque sin él no podian atinar á la boca de la cueva, la mia fué, que cebando los arcabuces con dos balas, se les tirase á las piernas, porque el tiro del ojo no era tan cierto como estotro, y todos caian, sirviéndonos de saetera y trinchera, así los maderos que habíamos puesto, como los árboles espesos que estaban á la entrada, y aunque las muchas piedras ó peñas que arrojaban pudieran hacer gran daño en nosotros, como perdian la fuerza de los árboles, cuando llegaban á las trampas hacian muy poco, ó ninguno; fuéles tan mal, que admirado su gobernador de tan grande novedad, mandó que se retirasen del mal que hacian y que recibian de la cueva, pareciéndole que, pues el ídolo habia caido con tan grande espanto, y los que tenian por muertos herian á los vivos, debia de haber alguna fuerza superior que causaba tan grande daño en ellos. Al punto obedecieron y se sosegaron con caida de algunos de ellos, y ningun daño nuestro, y haciendo demostraciones de paz y de amistad, el gobernador, mirando al cielo y alzando hácia él la mano, nos dió seguro que podíamos manifestarnos libremente, y estar sin recelo hablándole y dando razon de quién éramos y de nuestra venida allí, y fué el mejor tiempo del mundo, porque si más tardáran, se nos acabára la municion, y con grande ánimo salimos muy en órden hechas tres hileras, y las cajas sonando en sus puestos con gentil correspondencia y aire. Fué tanto el gusto de aquella sencilla gente, á lo menos de los que no estaban heridos, que en oyendo el són y órden de las cajas, se les cayeron las duras armas de las manos, mirando con admiracion grande y alegría á su señor, que siempre se habia estado en la silla en hombros de los que le habian traido acuestas, y él quedó como suspenso y admirado de ver en tan pequeña gente dos brazos y dos piernas, y las demás partes del cuerpo dobladas, y mucho más del ánimo y traza con que procedíamos; y haciendo alto en la boca de la cueva, nos paramos á ver aquella espantosa gente llena de pieles de animales, y de plumas de muchos colores, y la gravedad de su gobernador, respetado, temido y obedecido en sus mandamientos. Habiendo considerado el modo con que podíamos hablar en nuestra defensa con las señas más naturales y semejantes á la verdad que pudimos declarar lo que sentíamos; dejadas prolijidades y señas, y las demás dificultades que por entonces se allanaron, el gobernador nos preguntó tres cosas: si éramos hijos de la mar; y si lo éramos, cómo éramos tan pequeños; y siendo tan pequeños, cómo habíamos osado entrar entre gente tan grande como la suya. Á lo primero respondimos que no éramos hijos de la mar, sino del Dios verdadero, superior al suyo, y como tal los habia castigado, porque viniendo maltratados del mar á pedirle hospedaje, nos habian querido matar. Á lo demás respondimos que la grandeza no consiste en la altura del cuerpo, sino en la virtud y valor del ánimo, y con él osamos entrar en su tierra y pasar todas las aguas del furioso mar; y que los hijos del Dios, fabricador del cielo y de la tierra, no temian los peligros que les podian suceder de las manos de los hombres, especialmente si no adoraban aquel que era Señor universal sobre todas las dignidades del cielo y de la tierra, y Criador del mismo sol á quien ellos adoraban. Aquí mudó la conversacion, como oyó decir que el sol tenia superior, y preguntó á qué fin habia sido nuestra venida. Respondimos la verdad, refiriendo algunos de nuestros trabajos, y acordándole la obligacion que tenian unas criaturas á otras, en razon de ser hijos de Dios, á socorrerse y ampararse en las necesidades y desventuras, y que esto le pedíamos como á hombre que tenia lugar supremo, y le habia puesto Dios para juzgar las causas de premio y de castigo. Dió muestras de admirarse de nuestra respuesta, y la suya fué que le habia parecido muy bien lo que habíamos dicho; pero que él no podia, sin avisar al rey de la isla de tan grande novedad, recibirnos y ampararnos, porque tenia pena de la vida si lo contrario hiciese; y suplicándole nos concediese licencia para enviar al navío cuatro compañeros, que para todos, ni la quiso dar, ni nosotros desamparar la puerta de la cueva, diciendo que iba por mantenimiento de los de nuestra tierra, y con la mayor diligencia que pudieron entraron en el barco, haciendo señas al navío que tirase de los cabos. Entre tanto el gobernador despachó un correo al rey de la isla á darle noticia de lo que pasaba.
El correo era un perro de que usaban para las diligencias importantes, que metiéndole en la boca un cañuto atravesado, y dentro unas hojas de árbol muy anchas con las cifras de lo que avisaban, bien arrolladas las hojas, las ponian en el cañuto, y al perro le ponian un barboquejo bien apretado para que no se le cayese el cañuto, ni se parase á comer y beber; de suerte que solo le quedaba la boca libre para carlear ó resollar, y no para otra cosa, y en teniéndolo bien puesto, le despachaban con cuatro palos, con que lo hacian llegar más presto á su querencia, que debian ser cuatro leguas; y en viéndolo venir le salian á recibir al camino, y regalándolo con comida y bebida, hacian con otro perro lo mismo; de manera que la estafeta podia caminar cien leguas cada dia; pero tenia pena de sacrificarle al ídolo el que le estorbase el viaje al perro, ó le estorbase que no llegase á su manida, ó mansion, ó descansare donde habia siempre perros de las ventas más vecinas, á quien trataban mal, porque volviesen con más amor á sus querencias. Mientras mis compañeros fueron al navío, el gobernador mandó que no les dejasen entrar en la cueva sin ver lo que llevaban, ni á nosotros salir de ella; con pena que si alguno saliese le matasen, y estaba nuestro remedio en la venida de los compañeros, porque habian ido por pólvora y balas, que nos habia quedado muy poco de ambas cosas, lo cual aseguraron con mandar el gobernador que no se quitasen seis guardas de junto á la boca de la cueva de noche, porque de dia todos lo podian ver. Fuénos forzoso cuando los compañeros venian, decirles que se tornasen al barco, hasta que diésemos traza para que pudiesen entrar, y pensando cómo quitaríamos las guardas de noche, díjele, que en oyendo algun movimiento ó ruido, entrasen con toda la priesa que pudiesen; y para esto de dia, cuando las guardas se quitaron de su puesto, estando la gente descuidada, derramé por el suelo, donde se sentaban, pólvora revuelta con algunas chinas menudas, é hice desde allí hasta nuestro puesto, una reguerita de la misma pólvora. En llegando la noche, se pusieron las seis guardas en su lugar, y estando los unos sentados y los otros tendidos sin calzones, porque no los usaban, dimos fuego á la reguerita, y llegando en un instante á la pólvora que tenian debajo, les abrasó aquella parte de manera, que con las chinas y la pólvora, muchos dias no se podian sentar. Ellos y los demás, con su sencillez, entendieron que el fuego habia salido de la tierra, y fueron todos temerosos y admirados á contarlo á su gobernador, y entonces los compañeros con otros dos que habian quedado en el navío, entraron con mucha priesa, trayendo seis costalillos de pólvora y balas, con que nos animamos y pusimos en defensa para lo que nos pudiera suceder. Pasamos la noche con cuidado, haciendo centinelas, y atrincherándonos de nuevo con los maderos; pero como ellos no entendieron que el daño era de la parte de dentro, no hicieron diligencia con nosotros. Á la mañana, al tiempo que el sol salia, se pusieron todos mirándolo, y con una música de aullidos y cañas, le hicieron la salva con muy pocas palabras y muchas veces repetidas.
DESCANSO XXIII.
V
Volvió el perro ó correo con su cañuto en la boca, en que venia escrito con sus señas que no nos dejasen en la isla, porque gente que tenia los miembros doblados tambien tendrian la intencion doblada: y para la conservacion de la paz que siempre habian profesado, no podian sustentarla si forasteros se apoderaban de su tierra, que si en su república habia alguna alteracion, teniendo quien les acudiese seria el daño mayor. Que en tanto se conserva la paz, en cuanto los inquietos no tienen quien los favorezca, y que no habiendo obediencia de los inferiores á los superiores no puede haber paz. Que si los alborotadores de ella no tuviesen quien se les allegase, vivirian en quietud y sosiego. Que los animales de una misma especie tienen paz unos con otros; pero si son de diferente especie, nunca tienen paz, y así haríamos nosotros con ellos. Que lo que habian siempre guardado para sí, sin comunicacion agena, no era bien que forasteros entrasen á gozarlo. Que no podia haber buena amistad con gente de diversas costumbres para vivir en paz. Y que habiéndose de administrar justicia con igualdad, habíamos de ser tan favorecidos como los naturales, y luego entrarian las enemistades á inquietar la paz. Así mandaba que no nos admitiesen en la isla, pero que nos dejasen ir con seguridad. Esta respuesta nos la dieron para la salida, pero con tanta priesa que no nos consintieron estar medio dia en la isla.
Salimos con más priesa de la que nos dieron, adivinando lo que nos habia de suceder; porque apenas estuvimos en el barco cuando entraron en su cueva, y como la hallaron sin mantenimientos, acudieron á la orilla del mar, arrojando piedras y peñascos sobre nosotros, tan espesos, que si el barco no fuera tirado y ayudado del navío, nos hundieran mil veces. Llegamos, y hallé á mi esposa y á las demás mujeres del navío tan deseosas de vernos como si hubiera muchos años que estábamos ausentes. Y sosegados en nuestro navío como los marineros se habian refrescado, no habian estado ociosos, hallámosles velas remendadas, jarcias, y obras muertas reducidas á mejor estado, y todo cuanto era necesario reparado, y con el viento que á los marineros les pareció salimos de aquella isla inaccesible, y con el mantenimiento que bastó para dar una vuelta al mundo, que para no ser prolijo, al cabo de un año, con hartos trabajos, nos vinimos á hallar cerca del estrecho de Gibraltar, donde fué mi mayor desdicha y desventura; porque como nuestro navío venia maltratado de tan contínuos movimientos y trabajos como habia sufrido, llegó un navío de infieles, y á vista de Gibraltar nos cañonearon á su salvo, de suerte que nos hubimos de rendir, y matando algunos de los compañeros, lo primero que hicieron fué entrar dentro y llevarse á mi esposa y un pajecillo que nos servia, con otras mujeres de los compañeros, y como fué á vista de Gibraltar, y la gente tiene valor y piedad, acudieron con toda la presteza posible á nuestro socorro en diez ó doce barcos, llevando por cabeza á don Juan Serrano y don Francisco su hermano, que dió una cuchillada á un valeroso caudillo, como la de don Félix Arias, que le cortó el casco de hierro y le abrió la cabeza, de que cayó muerto en el agua, que nos importó la vida; pero á mi esposa la muerte, porque los enemigos se retiraron del daño que nos iban haciendo, recogiéndose á su navío con las mujeres. El que habia robado á doña Mergelina, enamorado de su hermosura, quiso forzarla, y huyendo de él, delante de mis ojos, asióse con las jarcias y cayó en la mar, sin ser socorrida de los herejes. Llegó la noche, y la gente de Gibraltar, llenos de piedad y misericordia, nos echaron en tierra, y nos albergaron con regalados alojamientos en casa de don Francisco Ahumada y Mendoza, y estos tornaron á ver si podian destruir aquellos enemigos de la fé y de la corona de España. Partíme ayer de Gibraltar, deseando más la muerte que la vida, aunque no tan de espacio como va esta. Acabó su relacion el doctor Sagredo, y haciendo las exequias de su mujer con lágrimas, los dos que estaban con nosotros quisieron consolarle, ayudándole á llevar su pena muy pesadamente, porque querian por fuerza que se alegrase; ignorancia de gente que sabe poco, que mucho más se consuela un desconsolado en decirle que tiene razon de estarlo, que no con querer que con la reciente pasion muestre contento; que quieren forzar al paciente á que dance y baile el cuerpo, teniéndolo casi sin alma, con razones bárbaras y consuelos tan pesados como ellos, que es como hacer que un rio vuelva su corriente atrás. Las aflicciones de los atribulados y tristes se han de aligerar con darles á entender con el semblante, que les alcanza parte de su tristeza, que les sobra la ocasion para estar tristes, que teniendo quien los ayude á sentir, ya que del todo no se consuelen, á lo menos vase templando la pasion. Á dos géneros de gente no tengo por acertado que se oponga nadie, siendo fresco el accidente, á los coléricos y á los tristes, que es venir á ser muy mayor el daño en ambas personas. Á un cierto juez, no muy sabio, acabando de cenar se le antojó de azotar á un hombre honrado, y habiendo mandado encender hachas para la fiesta, como la ciudad se alterase, y diesen voces sobre el caso, él se encendia más, de modo que llamó al verdugo con gran determinacion de hacerlo, por la contradiccion que le hacian. Estando ya del todo perdido llegó un hombre de buen discurso, y dijo: Bueno es que teniendo tanta razon el señor corregidor, le vayan á la mano. Castíguelo vuesa merced, que todos se holgarán de ello; pero porque estos no le pongan en la residencia esta determinacion, llame vuesa merced un escribano, y haga un poco de informacion. Satisfízole al juez esto, y al segundo testigo que tomó se le fué la pasion y alteracion del celebro, que estas dos pasiones no admiten contradiccion, sino templanza.