DESCANSO XXIV.

C

Como los vaqueros ó bandoleros andaban con la sospecha dicha, ni querian soltar á los que tenian en cuevas, ni dejar pasar á los que iban siguiendo su viaje, porque no hallasen testigos tan cercanos, pareciéndoles que no tenian bien averiguados sus delitos. Hallaron un pajecico muy hermoso, que venia solo, y habiéndolo asido cerca de nuestra cueva, le quisieron atormentar porque dijese con quién venia y por qué se habia adelantado de la compañía, creyendo que lo habian echado para descubrir tierra, y que los amos serian, ó gente rica, ó que viniesen á hacerles daño, que despues no pudieron escusar. Negando el paje lo que le pedian, le mandaron que se desnudase, para forzarle á confesar la verdad. Él, con mucha desenvoltura y gracia, les preguntó quién era el caudillo ó cabeza de aquella compañía. Díjole Roque Amador, que así se llamaba: Yo soy; ¿por qué lo preguntais? Pregúntolo, dijo el paje, porque tengo tan grandes informaciones de vuestra justicia y gobierno, que no habeis jamás hecho injuria á quien os trata verdad, y con esta confianza os diré quién soy. Como aquellos bandoleros ó vaqueros tenian aquella Sauceda por defensa y sagrado, vivian como gente que no habian de morir, sujetos á todos los vicios del mundo, rapiñas, homicidios, hurtos, lujurias, juegos, insultos gravísimos; y como por ser grande, que tiene aquella dehesa diez y seis leguas de travesía, y por algunas partes tan espesa de árboles y matas, que se pierden los animales por no acertar á sus habitaciones, no tenian temor de Dios ni de la justicia, andaban sin órden y razon, y cada uno siguiendo su antojo, si no era cuando se juntaban á repartir los despojos de los pobres caminantes, que entonces habia mucha cuenta y razon. Llegó un bellaconazo en camisa y zaragüelles, despues que habia jugado lo demás, y renegando de su suerte, con mucha furia hizo suspender el tormento del paje, diciendo: ¡Maldiga Dios á quien inventó el juego y á quien me enseñó á jugar! ¡Que unas manos que saben derribar un toro, no sepan hacer una suerte! Mas deben estar descomulgadas, pues echan contra mí treinta pintas en favor de un medio gallina, ó medio liebre. ¿Hay álguien que se quiera matar conmigo? ¿Hay algun diablo con sus piés de águila que se me ponga delante, para que ya que no me ayude á jugar, me ayude á matar? ¡Que no llegue blanca á mis garras que no me la agarren luego! ¡Ni me basta usar de trampas, ni aprovecharme de fullerías, para que no vaya todo con el diablo! ¡Voto á tal, que tengo de ir á jugarme á las galeras! Quizá por aquí, ó me llevará el diablo, ó tendré más ventura. Mas alzábame con la zurda siempre que yo tomaba el naipe, que tengo hechos mil juramentos de nunca parar á momo, y me los pone siempre el diablo delante. Y con el barato que yo le dí ha entrado en vuelta para desollarme cerrado; mas púsose al lado otro tan grande gallina como él, que desea siempre que yo pierda. ¿De qué se rien? ¿soy yo algun cornudo? Mienten cuantos se rien. Ríense, dijo el caudillo, de los disparates que decís. Callad, y pues sabeis que sois desgraciado, no jugueis ni digais blasfemias, que os haré dar tres tratos de cuerda. Harto mejor será, dijo él, darme tres escudos para probar la mano y dar de comer á mi moza, que le he jugado cuanto trujo á mi poder. Vicio endemoniado, más que todos los que ejercitan los hombres, que el jugador nunca está quieto: si pierde, por desquitarse; si gana, por ganar más. Este acarrea la infamia, la poca estimacion de la buena reputacion, la miseria que padecen mujer é hijos, ser miserable en lo necesario por guardar el dinero para el juego, y envejecerse en él más presto de lo que habia de ser; y cuando mucho grangea, es alcanzar que los tahures conocidos vayan á jugar á su casa, donde, si los puede acarrear, sufre desvergüenzas de tonos que le abrasan el alma: que como la mayor parte de ellos son hombres sin obligaciones, se arrojan á decir cualquiera libertad, y en no sufriéndolas por callar, no vuelven á darle el provecho; pero son tan grandes poltrones los que dan en esto (trato de la gente ordinaria, y que por comer y beber viciosamente echan la honra á las espaldas), que los caballeros y los que tienen renta y hacienda segura, el tiempo que han de estar ociosos despues de haber cumplido con sus obligaciones jueguen, no es culpable, porque evitan cosas de más daño y escándalo; pero el que tiene cuatro reales para mantener su casa juegue ciento, ¿cómo se puede llevar sin que lo paguen las joyas y vestidos de la pobre mujer, y la desnudez y el hambre de sus hijos, y dar en otras cosas peores como este desventurado, aborrecido aun de aquellos que le acompañaban en sus delitos, robos, homicidios y fuerzas?

Acabó éste sus quejas, y llegándose la noche, con que se dejó por entonces la averiguacion del paje, le pusieron en un apartamiento dentro de nuestra cueva, porque no fuese á dar soplo á los que pensaban venir con él, mandándonos que no hablásemos con él palabra, ni le aconsejásemos cosa, so pena que nos matarian. El paje estuvo toda la noche suspirando, y si alguna vez se dormia recordaba con grandísimas ansias, y nosotros no teníamos osadía para preguntarle de qué se quejaba, ó qué tenia. Como ellos andaban de paso sobre la sospecha, que no les importaba menos que la vida, recogíanse de noche adonde no los pudiesen hallar, que habia bien donde hacerlo; y de cualquiera ruido de personas ó animales se recelaban y recataban. En amaneciendo fueron á visitar las cuevas, donde tenian presos ó recogidos á los pasajeros, y viniendo á la nuestra nos hallaron como nos habian dejado, sin haber hablado palabra con el paje, á quien llamaron primero que á nadie, queriéndole apretar á que dijese lo que le habian preguntado. El paje con mucha cortesía y donaire, dijo: Sr. Roque Amador, ayer pregunté cuál era la cabeza y caudillo de esta compañía, porque siéndolo vos, tendria mi partido seguro, por el buen nombre que teneis. Que no es hazaña para vos, atormentar una sabandija tan sola y miserable como yo, ni manchar vuestra opinion, empleando vuestro valor en lo que más os puede desdorar, que aumentar vuestro nombre. Si rigiendo y gobernando gente tan desgobernada, cobrásteis la fama que teneis en toda la Andalucía, ¿qué pareceria ahora, si aniquilaseis este crédito, con abatiros á una presa tan humilde un águila tan valerosa? Más gloria es conservar la ya adquirida y granjeada con valor propio, que no ponerse en duda, y aventurar lo que ya es vuestro. Vos os habeis preciado siempre de justicia y verdad con misericordia, no será justo ahora que conmigo solo os falte. Estábamos en la cueva muy atentos, oyendo la retórica con que el paje hablaba: y el Roque Amador, movido de las buenas palabras del paje, aseguróle que no recibiria daño ninguno diciendo la verdad. Yo estaba confuso, porque me parecia conocer la voz y habla del paje; pero no dí en quién pudiese ser. Habiendo hablado con aquella blandura Roque, dijo el paje: Pues si alguna compasion ha llegado á vuestro piadoso pecho de mi tristeza y soledad, dadme palabra por vos y por vuestros compañeros de guardar, como naturalmente debeis, mi persona sin agravio ni en secreto, ni en público. Á esto dijo aquel picaronazo: Ea, sor paje, desnúdese, que aquí no entendemos de rotrónicas ni ataugias, sino de meter un poco de plomo en el cuerpo de quien no trae dineros. Dijo el paje con donaire: Si es tan pesado como vos, el diablo podrá digerillo, que ya yo me acuerdo haberos visto á vos ó á otro que se os parecia asaeteado en Sierra-Morena. Rióse Roque, y le dijo: Óyete, bestia, que el paje habla muy bien: y á vos os digo, gentil hombre, que os doy palabra, por mí y por mis compañeros no solamente de no agraviaros, mas de favoreceros y ayudaros en todo lo posible. Pues con esa confianza, respondió el paje, hablaré como con un pecho lleno de valor, misericordia y verdad. Y estando nosotros muy atentos á lo que pasaba, habló el paje de esta manera: Si yo no me consolára con saber que no soy la primera persona que ha padecido desventuras y trabajos, y desgracias sin gracia, con la que resplandece en vos, me animára en contar mis desdichas: pero como la fortuna tiene siempre cuidado de señalar caidos y derribar levantados, no siendo yo la primera que ha sufrido sus encuentros y mudanzas, me animo á hablar con libertad. Sabed que yo no soy hombre, sino mujer desventurada, que despues de haber seguido á mi marido por tierra y mar, con increibles daños de hacienda y persona, y habiendo navegado hasta todo lo descubierto y mucho más, padeciendo grandes naufragios por regiones no conocidas, por misericordias que Dios usó con nosotros, nos venimos á hallar en el estrecho de Gibraltar, donde viendo nuestra salvacion cierta á vista de tierra, bien deseada, nos acometió un navío de infieles, viniendo el nuestro desmantelado y casi sin gente, y los mantenimientos tan gastados, que á su salvo cogieron las mujeres, asiéndome á mi primero y á un pajecillo que me servia, matando á todos los que se defendieron, y á mi marido con ellos. El capitan del navío, enamorado de mí, quiso por buenas palabras inclinarme á su gusto, y á que ofendiese la pureza y castidad que debia á mi muerto esposo: no le respondí mal, por que no quisiese usar de la fuerza, que sin defensa podia. Yo, llamando al paje debajo de cubierta le puse mis vestidos, y vestíme los suyos, que son los que traigo puestos. Tenia el muchacho muy buen rostro, y en saliendo fuera quiso el capitan acometerle, pensando que fuese yo, pero dando á huir el paje con los vestidos y las jarcias del navío, enfrascándose cayó en la mar, y hundiéndose luego no pareció más. Sobre la desdicha de la pérdida de mi marido y la pérdida del paje, yo me habia tiznado el rostro, porque se quedase con la fé de lo que habia visto, y no me conociese.

La piadosa gente de Gibraltar, con el valor que siempre ha profesado, acudieron á nuestra defensa, y habiendo estado en ella dos dias con sus noches, no se apartaron hasta rendirlos y dar libertad á los que habian prendido, y queriendo hacer lo mismo de ellos, despues de tenernos en los barcos, diciéndoles que se diesen á prision para traerlos á la ciudad, dieron fuego al navío, y desde allí abrasados bajaron derechos al infierno. En Gibraltar, informándome del camino que habia de llevar para Madrid, me dijeron que habia de pasar por la Sauceda, y llegando á Ronda me encaminarian en él. Estábamos los cuatro, y particularmente el doctor Sagredo y yo, como atónitos, y sospechando que fuese sueño ó ilusion de algun encantamiento, ni determinados de creerlo, ni resueltos de desconfiar en la verdad. El Roque Amador, con gran piedad de lágrimas que al fin de su cuento derramó la bella mujer, la consoló y ofreció encaminarla con mucha seguridad, y darle dinero para su viaje, preguntándole cómo se llamaba, porque historia tan estraña no se quedase sin memoria: ella respondió, diciéndole la verdad como en todo: Llámome doña Mergelina de Aybar, y el malogrado de mi marido, que no era soldado sino maestro, se llamaba el doctor Sagredo. El doctor Sagredo que se oyó nombrar de su mujer, medio ahogándose con la súbita alteracion y gusto, dijo: Vivo es, y en su compañía dormísteis esta noche. Roque Amador, espantado del caso, mandó sacar los que estábamos en la cueva, y preguntándole cuál era de aquellos el que habia hablado. Ella retirándose atrás, como espantada, respondió: Si no es alguna sombra fantástica de causas superiores, este es mi marido, y este es Márcos de Obregon, á quien tuve por mi padre y consejero en Madrid. Pues todos tres os podeis ir en buen hora, y aunque no sea dinero ganado en buena guerra, veis aquí parto con los tres algo de lo que á otros se les ha cogido, que el haber detenido á todos estos presos, no ha sido por hacerles mal, sino porque nuestros contrarios no se encontrasen con ellos, y aviándonos á todos los demás, y rogándonos que no dijesen de haberlos encontrado. Doña Mergelina con muestras de grande agradecimiento, dijo al caudillo: No tengo con que serviros el bien que de vuestras manos me ha venido, sino con deciros lo que oí en Gibraltar, á quien no os quiere mal; que el licenciado Valladares trae órden de dar gran premio, y perdonar cualesquiera delitos á quien os entregare en sus manos: y junto con esto vinieron á ella los pregones y bandos que mandó echar aquel gran juez: con que juntando á cabildo á sus compañeros, les hizo una grande oracion, que tenia entendimiento para ello, y la conclusion fué que todos pensasen aquella noche lo que podian hacer para su defensa, tomando el consejo que mejor pareciese. Fueron á sus alojamientos, y mientras ellos pensaban aquella noche lo que les habia encargado el Roque Amador, como astuto se acogió á Gibraltar, y en el barco de la vez se pasó en África, dejándolos á todos suspensos y engañados. Como quedaron sin cabeza y sin gobierno dispararon, huyendo por diversas partes, cesando los insultos que antes hacian; aunque prendió con grandes astucias el juez á doscientos de ellos, de que hizo ejemplar justicia: nosotros venimos seguros á Madrid sin tropezon ninguno, pareciéndome, como es verdad, que en ella hay gente que profesa tanta virtud, que quien la imitare hará mucho.