Alvarado, orgulloso con sus antecedentes, con sus hazañas, con sus riquezas y su poder, con su nombre y con su gloria, despreciaba á los sublevados, como enemigos á quienes estaba acostumbrado á vencer.

Cristóbal de Oñate, más cauto con la derrota de Mixton, y conociendo las inexpugnables posiciones de los insurrectos, aconsejaba la prudencia y desconfiaba del éxito.

Como sucede siempre en tales casos, prevaleció entre ambos pareceres el más desacertado, y el capitán general de Guatemala no sólo determinó salir inmediatamente sobre el enemigo, sino que quiso no llevar más tropas que las que él había traído.

«Dispongámonos al socorro—dijo Oñate cuando le vió partir—que discurro necesario para los que nos le han venido á dar.»

Aquellas palabras fueron como una profesía que no tardó en cumplirse.

Los indios se habían fortificado, según algunos historiadores, en las barrancas Mochitiltic, y según otros en Nochistlán, y esperaron resueltamente á los españoles.

Alvarado no se intimidó, y dando la señal del asalto, se puso al frente de los suyos, decidido á tomar á viva fuerza aquella posición.

Empeñóse el combate y los asaltantes empezaron á trepar por la pendiente con raro denuedo; pero los otros se resistieron con brío, y comenzaron á rodar grandes peñascos, que chocando contra los árboles, los hacían estallar como si fueran de cristal, y arrastrando en su caída cuantos obstáculos encontraban, infundían el pavor entre los españoles, atemorizados por el estrago y el ruido de aquella corriente no interrumpida de rocas.

Pedro de Alvarado comprendió que había acometido una empresa superior á sus fuerzas, y dió la orden de retirada.

Trocáronse los papeles, y los indios, de perseguidos se convirtieron en perseguidores, que saliendo de sus atrincheramientos al observar el movimiento de los españoles, procuraron cortarles la retirada.