Los ánimos comenzaron á turbarse, negras y siniestras preocupaciones se apoderaron de los hombres más audaces, y una nube de tristeza y desconsuelo pareció envolverlo todo desde aquel momento.
El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; sólo que todos se perdían en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que traía la peste.
No hubo desde entonces un corazón tranquilo ni un espíritu sosegado: el presentimiento de la desgracia era unánime.
Duró el cometa algunos días sobre el horizonte, y luego desapareció, pero no con esto tornó la calma.
Una mañana, á cosa de las ocho, brillaron repentinamente también en el firmamento tres soles.
Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo, causando el más terrible espanto á los mexicanos, hasta la una de la tarde, en que dos de ellos se apagaron.
El terror y el sobresalto no tuvieron entonces límites, y aquellos fenómenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo universal ya como el aviso celeste del próximo fin del mundo.
Así, en medio de angustias y de temores, concluyó el año de 1575[17].
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Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna manifiesta, se desarrolló entre los naturales de la Nueva España la peste más terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de la historia.