Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y sin embargo, ninguno de los atacados llegaba á salvarse, ni había médico ni remedio alguno que pudiera darles alivio.
Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, é inmediatamente sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera á los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el vestido más ligero.
Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba, salían con horror de sus habitaciones, y así desnudos y como locos, vagaban por los patios de sus casas ó por las calles, y allí expuestos á la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una constante é inexplicable inquietud, expiraban, después de nueve días de padecimientos, en el último de los cuales tenían una gran hemorragia por las narices.
Aquella calamidad cundía de una manera espantosa, sin que nada bastara á contenerla, y «tenía—dice el padre Cabo—tan maligno carácter, que no se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagiándose casi todos los naturales, los españoles é hijos de ellos gozaban de salud.»
Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se apoderaron de todos los corazones; ni había quien atendiese á los enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no sucumbía por la fuerza de la enfermedad, moría víctima del hambre y del abandono, y el miedo hizo también morir á muchos infelices.
Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la traza, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte y desolación imposible de describir.
En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadáveres; cadáveres en los patios, cadáveres en los canales, en las canoas, en los campos, en los caminos; cadáveres por donde quiera y en todas partes.
Familias enteras morían agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenían sobre su regazo las cabezas yertas de tres ó cuatro de sus hijos, niños inocentes que se arrastraban entre los cadáveres de sus padres buscando el abrigo y el alimento.
Aquello era horrible; aquella confusión de sexos y de edades en los cadáveres; aquella desnudez expuesta á la luz del sol; aquel hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre, pero demacrados, pálidos, contraídos; aquella soledad ante la muerte; aquella raza que moría toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombrío y espantoso.
Algunas veces los moribundos tenían que hacer un esfuerzo sobrenatural para ahuyentar á los perros, á los lobos y á las aves que se arrojaban ansiosos sobre el cadáver del hijo, á presencia de la expirante madre, y sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.