El año de 1577 comenzó, y la peste seguía asolando á la Nueva España; pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los clérigos seguían luchando con la desgracia brazo á brazo.

En aquel año las estaciones parecían haberse conjurado también contra los desgraciados indígenas, porque aconteció que desde principios de abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estación de las aguas comenzó con toda su fuerza.

Pero esto no era un obstáculo para los que velaban por los apestados. Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su furia sobre la ciudad, cuando el agua caía á torrentes, y se iluminaban fantásticamente el valle y las serranías con la roja luz de los relámpagos, y el trueno se repercutía en las cañadas y entre las selvas, por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se podía continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya avanzaba, ya retrocedía, ya se perdía en una casa para volver á brillar de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, deteniéndose allí como para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras en las negras paredes de las casas.

Eran los frailes que buscaban á los enfermos para curarlos, á los moribundos para auxiliarlos, á los cadáveres para darles sepultura, á los niños huérfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que muriesen de hambre y de frío.

Misión heróica, que debió hacer llorar de ternura á los mismos ángeles.

En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y patéticas.

Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los frailes remaban. Unas conducían esperanzas para los vivos, otras llevaban montones de cadáveres.

Pero aquella lucha debía tener también sus mártires entre los soldados de la caridad, y los tuvo.

El rector de los jesuitas y un gran número de dominicanos, de agustinos y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste—con la cual no se contagiaron—sino de resultas de la terrible fatiga y de la afección moral causada por la continua presencia de escenas tristes y conmovedoras.

La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos héroes y de aquellos mártires al referirnos sus hazañas, y nosotros al recordarlos, sólo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado: