Desde este momento el purísimo sol de la caridad iluminó aquella tierra, sobre la que Dios hacía pesar una calamidad tan espantosa.

La historia de aquellos días de llanto y de tribulación para los desgraciados indígenas, es la inmortal página de gloria para el clero mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostólicos varones se presentaron á pisar los umbrales de la eternidad para reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.

Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas, los auxilios de la religión, y sobre todo, el santo y sublime consuelo de la caridad.

Unos curaban con sus mismas manos á los enfermos, otros escuchaban sus confesiones y les administraban el Viático y la Extremaunción, otros sacaban de las casas y recogían de las calles los cadáveres para darles sepultura, y todos, llenos de ese admirable espíritu de amor á sus hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo mismo vino á explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, é inspiraban la resignación entre aquellos millares de víctimas que sucumbían diariamente.

La noche negra de la desolación hizo brillar la estrella pura de la caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la reina de las virtudes.

El triunfo de la caridad se debió entonces á las comunidades religiosas.

El ejemplo de los clérigos y de los frailes de la capital fué seguido con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los españoles.

Las damas más principales andaban en las chozas de los infelices, curando á los enfermos y llevándoles ropa y alimentos.

Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus evangélicas tareas.

Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que á cada paso se tropieza con un crimen ó con un acontecimiento originado por las malas pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos rasgos en que la humanidad se muestra á nuestros ojos, no tal como es, sino como debiera ser, llena de abnegación, de amor, de caridad.