Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de toda su confianza.

—Te voy á hacer un encargo,—le dijo;—y á ningún otro lo haría más que á tí, porque sé cuánto me quieres.

—Yo querer mucho mi ama,—contestó el negro;—mi ama mandar y Francisco dar vida y todo por ella.

—Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento, no digas ni una sola palabra.

El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los habitantes, se quedó callado.

—Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata; quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te necesito, y puedes retirarte.

Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro, conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su ama.

—Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.

—Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando, y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra. ¿Has entendido?

—Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.