—Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto, nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de su ama.
Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta, Francisco inmediatamente decía:
—Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.
Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:
«Dormir dos—pues dormir ó platicar tres.»
Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada: Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden, abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á cerrar, diciendo:
—Calle sola y negra.
—Abre, pues, á Don Bernardino.
Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y vacilando como si hubiese bebido vino.
—Don Bernardino emborrachar,—dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la imagen de una Virgen, y notó que era sangre.