—Dar tormento á Francisco,—dijo espantado el negro. De tres, morir uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí—y sin poder articular una palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.
La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura. Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.
—Mira, esclavo de Lucifer,—le dijo blandiendo el estoque—si gritas ó si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.
Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.
—No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á decir.
Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.
—El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y que á tí te han herido.
—No herir á mí.
—Sí; lo verás,—dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.
—No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.