La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó efectivamente.
—Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á pedir el favor de la justicia.
En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.
Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados, y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.
—Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor, favor, señores!—gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.
Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.
Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios. ¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.
Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.
Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.
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