Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo, y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo, pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que poblaban entonces las islas.
Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la dama.
—Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.
Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.
FRAY MARCOS DE MENA
Segunda parte
Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador. Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía, al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente, como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas rápidas del Gulf Stream, otros se quedaron con la vela mayor, y otros atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se aproximaba más el peligro.
La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte, alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los demás el peligro.
No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños, esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta, resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los vientos.
Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.