Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos, pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á encomendar sus almas á la clemencia de Dios.
El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con destreza y energía, y se salvaron.
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Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo, y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural. El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados, pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes, aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró entre los pasajeros.
El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos, se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado. Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables, y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado, fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y cargando ellos con sus heridos y muertos.
Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa, les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena, y había fuego en la cabeza y fuego en los pies. Lloraban los niños, enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas, procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa para descubrirla.»
Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el apostólico varón, autor de la Historia de la Provincia de Santiago de México. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento. Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo. Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos, ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de manera que después del general era el único á quien obedecían y respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas, tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad, heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres que encontraban.
Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena, comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía, arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los diferentes servicios que habían hecho.
Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los salvajes lo habían hecho en sus canoas.
Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios, cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas, sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á proferir una palabra.