Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed, y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río, se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.
No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los personajes que más han figurado en esta narración.
Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar las facultades y los medios de convertir á los infieles y de civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la última hora la mano de Dios.
Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano, joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros; pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á un lugar solitario donde morir.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—tenemos pocas horas de vida. Es necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada, última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he dudado de su clemencia y amparo.
—La vida, hermano,—contestó con una voz apagada Fray Diego—es un valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir, y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia infinita.
Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de su cuerpo.
Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—mientras que nuestras fuerzas lo permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras almas.
Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á cavar sus sepulturas.