El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y silencio cavando sus sepulcros.
Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y el seglar le enterró como pudo.
Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón, pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena, consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares; pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.
Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas. Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí. Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua brotaron de aquello que habían tomado por una roca.
Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta el Maestro Dávila, «las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los colodrillos, se fueron río abajo á la mar.» Fray Ignacio fué socorrido por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día llegaron á la orilla del río, y dejando la embarcación, emprendieron á explorar el terreno hasta encontrar á la desventurada gente en cuya demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían ánimo para pedir agua.
«Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después de media noche comenzaron á caminar con gran prisa, siguiendo cerca de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron á los demás españoles que se habían adelantado, y excusado por eso, hasta entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la playa siempre en la mano, sustentándose de soló el marisco muy miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios, aunque hallaban á algunos españoles flechados y otros muertos, porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron al fin los frailes y la demás gente á un río grande que está antes del de Pánuco, y comenzaron á dar orden cómo pasarle en balsas, muy descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les llevaban de ventaja.»
El resultado de esta maniobra de los indios fué un combate terrible y tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos ó ramas nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos, sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio llegó á tal grado, que prefirieron entregarse á las flechas de los indios, y salieron de aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron á la agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos. Cuando salieron del baño, encontraron inmediatamente una bandada de indios que los habían espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; á Fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso de árbol, y á Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre, cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron buscando á los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías, matando á todos los que encontraron.
Así pasó ese funesto día, y los salvajes se retiraron creyendo haber acabado su misión sangrienta.
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El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra parte; el caso fué que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron cautelosamente á explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes lágrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados, les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración, y encomendándose ellos mismos á Dios, continuaron su peregrinación, en demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.