En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fué pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le había cubierto la piedad de sus amigos. Miró á todos lados y no observó sino cadáveres sangrientos y desfigurados que comenzaban á ser ya pasto de las aves de rapiña. Se encomendó á Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con vida, y él ayudaría á que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia, había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un vigor desconocido y sobrenatural animaba á su ya descarnado y sangriento esqueleto. Uno por uno examinó á sus tendidos é insepultos compañeros, entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de cansancio se habían quedado muertas estrechando á sus hijos en sus brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados é insepultos á quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el dolor y la desesperación, habrían infundido miedo á cualquier otro hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos deberes, y dió sepultura á cuantos pudo, para que los restos de los cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas fúnebres y solitarias tumbas.
Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse que comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen á inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del país un sitio donde exhalar el último suspiro.
Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación exuberante de aquella costa. Había un mullido lecho de musgo, y algunos árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no podía dar un paso mas, resolvió quedarse allí, y dió gracias al Señor porque le había llevado á aquel paraje, donde bendiciendo las obras de la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar á la vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fué uno. Quién sabe cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este tiempo, tan pronto había creído oir en la gloria melodías dulcísimas y desconocidas, como tener delante de sí al demonio «proponiéndole, con locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino engaño de los cristianos.»
Cuando despertó de su sueño vió delante de sí una figura extraña, y de pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos, reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al religioso sus aventuras, que eran parecidas á las de los demás. Hambre, frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen religioso había experimentado un placer igual al que le produjo la vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.
La negra corrió á la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos mariscos. En efecto, durante doce ó quince días la negra aparecía con exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía á desaparecer, ocupándose en las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, á duras penas, podía arrancar á aquella naturaleza salvaje.
Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no pareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la noche sin que la negra se presentase. A los dos días perdiendo toda esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores é inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió á tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección á Pánuco, á ese Pánuco fabuloso que había visto cerca desde el día de su naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma á Dios. Abrió en aquellos momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban desnudos, no tenían arcos ni flechas.
Hízoles una señal, último esfuerzo de que fué capaz, y clavó su rostro en tierra, no pudiendo ya ni aún soportar la fuerza de la luz. Los mancebos saltaron á una barca que estaba en el río, sacaron de ella una sábana blanca, levantaron del suelo á Fray Marcos, le envolvieron en ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con dirección á un pueblo de españoles que estaba á trece leguas de distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le dieron agua y una «torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy bien sazonada», le cubrieron bien con la sábana, é indicándole la población, que distaba sólamente algunos pasos, le dijeron: «Tampico, Tampico» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que solo por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.
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Fué acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la pequeña ciudad española. El refirió sus aventuras y bendijo á las familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino á México, adonde llegó á tocar á las puertas de su santo convento, dejando á los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y á todos persuadidos de que sin la especial intervención de la Providencia, era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir á las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los desiertos que había atravesado.
Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de jara y de pedernal que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don Martín Enríquez salió de Nueva-España para el virreinato del Perú, le acompañaron el Maestro Fray Bartolomé de Ledesma y Fray Marcos de Mena. El primero fué electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.