XII

—¿Qué haremos con los prisioneros?—preguntó uno de los oficiales á Cortés.

—Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].

Tonatiut con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una hoguera de ocote media apagada.

—Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos estorben el paso.

Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la cabeza.

Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.

Manuel Payno

XICOTENCATL[10]

Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita República.