El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir una mirada fiera á los más insolentes oficiales.
En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el astrólogo, levantó la voz:—Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido al último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá ser de noche.
La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple soldado.
—Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais; pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.
XI
En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.
Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho, más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á su derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un odio profundo.
La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad, descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y entraban instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.
El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su indómito valor[7].