Cortés requirió á Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y cesara la guerra.
—¿Qué tengo que hacer ya con el Malinche?—respondió despechado, dejándose caer sobre sus almohadones.
Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y Olid interpusieron su influjo y le persuadieron á que se mostrase y hablase á su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje real, y subió al baluarte ó piso principal del palacio, y se dejó ver en la parte más saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su monarca, cuando cesó el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra. Hubo un silencio profundo. Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse, que manifestarse el amigo de los españoles, que interceder por ellos. Esto cambió súbitamente al pueblo; su furor redobló, y le gritaron con rabia:
«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo momento.»
Un noble azteca, vestido fantásticamente como una ave de rapiña, se acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al Rey. Esa fué la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la nuca por una piedra, cayó desmayado en la azotea.
X
Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una venda que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores físicos y morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento sombrío; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios, que se habian abierto para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no volvió á proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para que recibiese el bautismo.
En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor. Los oficiales que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida, se fué dispersando lentamente por las calles.
Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»
Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.