Los españoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano, presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos, deformes, negros, calcinados.
VIII
A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de todos fue la llegada de Pánfilo de Narvaez á Veracruz.
Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la guarda de Moctezuma y de la ciudad á Pedro de Alvarado, Tonatiut (el sol), como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro de su rival.
En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta, que llamaban Texcalt, en memoria de la traslación del dios de la guerra al templo mayor. Se dirigieron á Tonatiut, quien les dió licencia, con la condición de que no llevasen armas ni hiciesen sacrificios humanos.
Cosa de 600 nobles concurrieron á la ceremonia, ataviados con sus más ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y areitos, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados á la alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta soldados armados.
¡¡Tonatiut cae sobre nosotros; Tonatiut nos mata!! exclamaron varias voces. Todos echaban á huir y querían salir; pero eran recibidos por las picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos mataban á diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre corría, y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los españoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos de la nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo á sus cuarteles. Toda la población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta á acabar con sus asesinos.
IX
Hernando Cortés, después de haber vencido á Narvaez, hécholo prisionero é incorporado sus tropas, regresó á México y salvó á Alvarado, que estaba ya á punto de sucumbir.
Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacian salidas, barrían con la artillería las masas compactas de indígenas, que volvían á cerrarse y á cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más furor. Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían frenéticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles volvieron á encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados á los ídolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban á desconfiar, á murmurar contra su capitán.