Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste, cabizbajo y vestido de una grosera túnica de henequén.
—Cacique, le dijo Cortés con voz terrible, ¿eres tú súbdito de Moctezuma?
—¿A qué otro señor podía servir?—contestó el cacique.
—Basta con eso, contestó secamente Cortés; y dirigiéndose á los soldados, les dijo: Atad á esos paganos y preparad las hogueras. Las flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de leña.
Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes, y á poco diez y siete hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera había uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba enfrente de su hijo.
Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar en el horrendo suplicio.
Cortés se dirigió entonces á la pieza donde estaba Moctezuma.
—Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia cometida con los españoles.—Soldado, ejecuta la orden que te he dado. Un soldado que había seguido á Cortés, se acercó á Moctezuma y le puso bruscamente un par de grillos en los pies.
Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al Rey y salió del aposento.
Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las hogueras. Se oía el crugido de las carnes y de los huesos que se tostaban. Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.