—«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»

Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:

«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron mano á la espada ó al pomo del puñal[6].

Cortés los contuvo.

Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las amenazas de los españoles.

Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.

VII

Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos. Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era Cuauhpopoca, el mismo que había matado á los soldados españoles y derrotado á Juan de Escalante.

La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y á poco salió y entró con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Cortés tenía todavía sus cuarteles.