Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza maquinalmente.

Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez estaba más alarmado.

Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño de sus espadas.

El monarca dominó su orgullo.

—«Malinche, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que el oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al decir esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la presentó á Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una prenda de mi fe y de mi cariño.»

Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un momento y cambió de resolución.

—«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»

Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió bruscamente de tono.

—«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido de muerte, y todo por la traición de Cuauhpopoca, que es vuestro súbdito, y así he resuelto que entretanto viene este traidor y se le impone el castigo que merece, os llevaré á mis cuarteles, donde permanecereis bajo mi guarda.»

Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey, encendido de cólera se levantó y exclamó con energía: