El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las armas de la Iglesia.
Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual, con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su secretario.
Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:
—¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?
—Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.
—Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid antes que...... y vos, clérigo, aguardad.
El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese clérigo que mandé llamar esta mañana?—dijo á un ugier que hacía la guardia.
El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron en el gabinete secreto.
—¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo que os pregunte?—le dijo el Virrey con voz áspera.
El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza, y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que pudo.