—¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra firma?—le dijo el Virrey.
El clérigo tuvo que revestirse de energía y le contestó que por miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero que nada firmaría sin licencia de su prelado.
—Por última vez ¿no firmáis?—preguntó colérico el de Gelves.
El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:
—No, no, señor; nada firmaré.
—¡Armenteros!—gritó el Virrey.
Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus armas, se presentó por la puerta del costado.
—Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.
El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del brazo y le sacó del gabinete.
—Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.