Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras de la bula de la Cena.

—Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.

El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen del Rey, no podía ser excomulgado.

Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.

El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas, atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.

El Arzobispo mandó tocar entredicho, y el son pausado y grave de las campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M. el Rey de España.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo, mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se movería hasta obtener justicia.

Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un escribano llamado Osorio, con este recado:

—«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia; y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil ducados, y saldrá además desterrado del reino.»

El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán poblano.