El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su amonestación con silbidos y mueras, y comenzaron á tirar pedradas á los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.

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El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones, ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe, donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados, las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del Arzobispo para recibir su bendición.

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Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza, provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta refriega.

El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.

El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los arcabuces.