—Bien, muy bien, ¡voto á Dios!—exclamó el Marqués luego que vió la actitud respetuosa del pueblo;—no se atreverán á atacar la bandera del Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta canalla.
Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como prisionero del Arzobispo.
La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.
En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría, entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir los escalones.
El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:
—¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!
El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.
Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.
El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.
—¡Fuego, soldados!—gritó de nuevo el Virrey.