Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en brazos de la multitud.
El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral, trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: ¡muera el Luterano! ¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!
Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos; cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida, el resultado de esta ruidosa cuestión.
Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y entonces una voz gritó: «fuego al Palacio,» y todas las voces repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron, comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.
El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad, echaba rayos por sus ojos.
—¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.
Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban al exterminio y á la matanza.
El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.
El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las llamas.
El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro, hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando alhajas y destrozando cuanto encontraban.