El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado, sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro. Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció retraído hasta que salió para España.
DON JUAN MANUEL
............Pues oid:
Cierta noche apareció
Muerto de herida cruel,
Don Fernando Pimentel
En la calle.—¿Quién le hirió?
Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.
Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios, y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal. Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y tan pronto toman formas colosales y se suben á las cornisas de las azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y fantásticos á los que pasan.
Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para siempre de la vida.
Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones, no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote, que era un hombre blanco con la venerable auréola de las canas............
*
* *