Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche.

Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.

Se dió un día de descanso á las tropas.

Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo que los españoles, á combatir de nuevo.

Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á Xicoténcatl un armisticio.

Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.

Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.

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Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.

Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento del ejército de Xicoténcatl.