Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército apareció á su vista en una extendida pradera.
El espectáculo era sorprendente.
Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la luz del nuevo día.
En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la indómita República.
Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo repitieron confusamente.
El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra: los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.
No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no sintiera un estremecimiento de pavor.
El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del sol.
Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de joyas y de estandartes.
Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.