Ese hombre era el Tapado.

IV.

Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del crimen para que le juzgase.

En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban promesas ni ofrecimientos.

Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira, ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.

Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto, y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.

Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de 1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.

El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se encerró con él.

Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompañaban quedaron en la puerta esperando el resultado de aquella conversación.

La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero nada de cierto podía decirse.