Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.

El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura, teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que reconcentra toda su atención para escuchar mejor.

Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.

Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó de la puerta con el rostro sereno.

—¿Qué hay?—preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.

—Nada—contestó moviendo la cabeza con cierta especie de disgusto—nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......

De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los permitía.

Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.

Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso le encontraban.

La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del Virrey.