¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube sombría?
Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno de los impenetrables misterios en esta causa.
El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el siguiente día.
La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.
V.
En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido saber de Benavides, determinaron darle tormento.
El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha; pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al tormento, y pensó en el suicidio.
Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.
El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un agonizante.
—¡Este hombre está enfermo!—exclamó acercándose más y mirándole el rostro.